DE CARACAS A PARÍS

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El avance lineal y supuestamente irreversible hacia un mundo cada vez más civilizado resulta una mera ilusión.

Una de las grandes diferencias, entra muchas otras, entre los países desarrollados de occidente y la mayor parte del conglomerado de los pueblos del sur, ha sido la seguridad, la certeza y la paz, atributos contrastables con la incertidumbre, la zozobra y el miedo. Así, a grandes rasgos, mientras en el norte reina la abundancia, el Estado de derecho y una vida relativamente larga, previsible y pacífica, que el Estado se encarga de hacerla incluso placentera, en el sur prevalecen la pobreza, la anarquía, la violencia y el miedo.

Pero más allá de una realidad histórica marcada por la sujeción colonial y el control ejercidos por las grandes y medianas potencias sobre países y continentes, que se extiende hasta nuestros días, lo cierto es que las otrora metrópolis se han convertido en receptoras, entre hostiles y necesitadas, de una gran masa de inmigrantes, muchos de ellos provenientes de sus antiguas colonias.

El sur se instala en el norte y París, la ciudad luz, símbolo de la modernidad y precursora del sistema de libertades en occidente, recibe el mensaje de que las cosas han cambiado radicalmente y los bienes de la paz, la seguridad y la certidumbre se diluyen progresivamente, luego de los atentados contra las Torres Gemelas, Atocha, Londres y más recientemente el avión ruso que explotó en el aire.

Solo que en este caso no parece tratarse de una operación largamente meditada, que implicaría una acuciosa tarea de inteligencia, la preparación sicológica y técnica de los ejecutores (quienes aprendieron a pilotar aviones en escuelas de Estados Unidos)  y la participación de decenas de personas en diferentes fases de la planificación, como ocurrió  en el caso de las Torres Gemelas. Aquí estamos ante la perpetración de un hecho de violencia elemental en la que ocho fanáticos enloquecidos disparan a mansalva sus ametralladoras contra civiles inocentes, se tiran, sin lograrlo, la parada de llegar al presidente Hollande y luego se inmolan, en una acción chapucera y con visos de improvisación que, sin embargo, da cuenta de cuán fácil resulta poner en jaque a una ciudad, a un país y en realidad a todo el planeta con unos recursos tan escasos y un número tan corto de victimarios suicidas.

Cuando un enemigo como este (y el viernes pasado París se convirtió en un escenario bélico) abomina de la democracia, de la convivencia pacífica, de la tolerancia, de los derechos humanos y exterioriza su desprecio total por la vida, tanto de la suya como la de sus víctimas, se comprende la ventaja que tiene sobre una civilización que, con todo y sus graves contradicciones e injusticias, sostiene el derecho a la vida como valor fundamental. Queda claro, entonces, como el avance lineal y supuestamente irreversible hacia un mundo cada vez más civilizado resulta una mera ilusión y también que los países desarrollados no pueden darle la espalda a una realidad que ya se les metió en el cuarto y los aguijonea desde sus propias entrañas.

Por el camino surgen regresiones que nos devuelven a la premodernidad de un solo golpe, como ocurrió en París y como ocurre en países del sur, Venezuela entre ellos, donde se pensó que después de la democracia lo que venía era más democracia y ya sabemos cuán equivocados estábamos.

 

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