BALAS ELECTORALES

La muerte no es chavista ni opositora, y no merece ser invitada a la tarima electoral. Lo sano, lo lógico, es que tales eventos sean espacios para la confrontación y que, al apuro de debates, consignas y promesas, quien aspira a ocupar un cargo de representación popular exponga sus ideas y ofertas. Hacer uso de la violencia y que un mitin en un pueblo se salde con piedras, botellazos y disparos lleva a un inevitable fin: la demostración de las debilidades de quienes ordenan y ejecutan tales acciones. La muerte, en fin no se le desea a nadie. Mucho menos en una contienda electoral.

Pero extraña que esta obviedad no haya movido de su sillón a Tibisay Lucena, la funcionaria con mayor experiencia en elecciones, puesto que su facción la ha escogido una y otra vez como presidente del CNE, y que en esta semana de repetidos ataques con disparos y agresiones físicas a los candidatos, la rectora se acoja al silencio cómplice, igualándose a los matones tarifados que olisquean excitados los actos de la Unidad para disparar, es ya de por sí muy grave.

lucena

Para que la vergonzosa parcialidad sea perfecta habrá que sumar las omisiones de Lucena frente al uso indebido a toda hora que hace el presidente Maduro de Venezolana de Televisión, en abierta campaña promocional de candidatos del Psuv. De allí emanan las frases inspiradoras de “ganar como sea” y “salir a la calle para dejar claro que no gobernará más nadie sino los hijos de Chávez”. La distancia entre estas proclamas y el acto de jalar el gatillo se achica cuando se lanzan en cadena nacional de radio y televisión.

Vamos más lejos: a la señora Lucena le parece apropiado que el escatológico presidente del Parlamento emplee su espacio en el canal de todos los venezolanos para denigrar, insultar y amenazar al estilo de la vieja mafia a los ciudadanos opositores o empresarios, mientras divulga conversaciones telefónicas y videos privados, y se despide lanzando advertencias de cómo imagina a Venezuela si una mayoría opositora lo desplaza de la presidencia de la Asamblea Nacional.

Ahora, el asesinato a tiros en Guárico del secretario general de AD en Altagracia de Orituco, Luis Manuel Díaz, la noche del miércoles en acto donde estaba la activista de derechos humanos Lilian Tintori, es un caso que traspasa la tenue línea que separa unas elecciones libres de las que no los son. Pero inquieta más allá del homicidio mismo las reacciones del gobierno. Como era de esperarse, no solo hubo total silencio presidencial sino que, tal y como pasó con la detención de los sobrinos de Cilia Flores, responden 24 horas después para acusar a la víctima de delincuente solicitado por la justicia.

Es decir, su muerte no habría sido un atentado sino un “ajuste de cuentas entre bandas”, como lo declararon el alcalde de Caracas, Jorge Rodríguez, y el gobernador de Guárico (recordado por cierto por su intervención en la masacre de El Amparo), Ramón Rodríguez Chacín. Les faltó decir que la MUD debería de estar agradecida por haberles hecho el favor.

¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Maduro con la obsesión de atornillarse al poder? Como gobernante lo ha hecho mal. Peor aún: lo hace cada vez peor. Basta con leer los artículos que publica Aporrea, portal exento de escualidismo o de penetración por la embajada de EEUU en Caracas, para darse cuenta que su paso por Miraflores ha sido costoso para todos los venezolanos.

Inclusive para los familiares de los 36 escoltas de sus diputados y ministros, víctimas injustas de una inseguridad que parece estimulada desde el poder. Tiene, además de las desesperanzadas encuestas que le ponen sobre su escritorio cada mañana, ese fardo pesado y pegajoso llamado Diosdado Cabello y su gestión a la sombra, lo que explica las deserciones desde el PSUV hasta en los cargos medios y superiores de los poderes ejecutivo y judicial.

Maduro sabe que cada día es menor en el país el número de seguidores de la “revolución”, porque entre las colas en la morgue para retirar el cadáver de sus familiares y las colas para comprar pañales se esfuma el capital político que atesoró Hugo Chávez, igual de nefasto, pero en fin, hombre con carisma y salidas inteligentes en mitad de las dificultades. Y ahora, es tarde, Nicolás, para que te arrimes a la foto del difunto y que lo imites de forma torpe.

Fuiste escogido para pasar del drama al lado grotesco de la tragedia. Como lo ha dicho de manera acertada Lilian Tintori, eres tú el culpable de la violencia que se ha desatado a escasos días del 6D. Suma a tu cuenta el asesinato de Luis Manuel Díaz. Entiéndelo: las muertes no sirven, como soñaron los revolucionarios inspirados del siglo XX para sumar voluntades. Las muertes siempre restan.

Tomado de www.talcualdigital.com

 

 
Elizabeth AraujoElizabeth Araujo

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