Los míticos clavadistas recuerdan con nostalgia los viejos tiempos
LOS SALTADORES TRISTES DE ACAPULCO

La ola de violencia que asola a la metrópolis ha expulsado el gran turismo

JAVIER BRANDOLI

En los 35 metros de caída libre en los que Ismael Vázquez, Mike, va pensando que ojalá vuelva a tener suerte y no se le partan los huesos, se le reviente un tímpano o pierda un ojo al chocar con el agua a cerca de 100 kilómetros por hora, como le pasó alguna vez a otros de sus compañeros, hay también un último pensamiento: “Pinche violencia. Acapulco lo chingamos entre todos”.

Luego, cuando su cuerpo se abre paso tras el golpe entre las olas, con la pericia suficiente para no haberse partido la crisma contra el fondo de rocas, saca la cabeza, escucha los tímidos aplausos del a veces poco público y recuerda con nostalgia los tiempos en los que entre la platea de la famosa Quebrada de Acapulco estaban el general Eisenhower, el mariscal Tito, el Sha de Persia, Frank Sinatra o Elizabeth Taylor. Muchos de la llamada pandilla de Hollywood acababan entonces sus noches de farra en la casa, que no muy lejos de allí, poseía el mítico Johnny Weissmuller que murió y fue enterrado en la ciudad en 1984.

Pero un día huyeron todos, se fueron uno a uno, lenta y cruelmente, como lo hicieron también los grandes cruceros, y el turismo internacional, y la alta sociedad mexicana. Huyeron todos cuando llegaron los cadáveres y las nuevas modas, y dejaron allí olvidados a los saltadores de la Quebrada y sus huesos de sal y olas.

acapulco

“Yo salté una vez para Charlton Heston. Luego vino y me saludó”, recuerda Ignacio Sánchez, 66 años, el más veterano de la Asociación de Clavadistas Profesionales de la Quebrada y tres veces campeón del mundo de saltos en acantilado. Hoy su cuerpo no soporta ya el envite del viento y el mar y es uno de los taquilleros del show.

“Antes venían 180 cruceros al año a Acapulco. De pronto se pasó a sólo tres, luego seis, el año pasado hubo doce y en 2015 esperamos que haya veinte, tenemos fe en recuperarnos un poco. La verdad es que los siete últimos años hemos perdido el turismo, asegura Mike, el presidente de la asociación de clavadistas profesionales. ¿Cuánto se saca? Antes ganábamos más de 15.000 pesos (hoy unos 800 euros), y ahora hay quincenas que sacamos entre 1000 o 2000 pesos (algo más de cien euros). Se cobra dependiendo del rango que se tiene”, responde.

‘Durante los escasos tres segundos que dura su vuelo, Acapulco renace un poco’

“Siempre tienes miedo antes de saltar. Nos encomendamos a la Virgen de Guadalupe (lo hacen en un altar que tienen justo en la cima de las rocas y en el que se persignan antes del vuelo) y nos lanzamos. Hay lesiones cada día. El público ha bajado ahora mucho por la violencia”, dice Moisés López, de 28 años justo antes de doblar la espalda en caída libre contra el mar.

Todos hablan con una cierta tristeza y nostalgia de los tiempos que vivió el veterano Ignacio, la época dorada en la que en Acapulco el aceite de los coches deportivos se rellenaba con vino espumoso francés.

‘Nosotros somos Acapulco y lo recuperaremos’

Ignacio comenzó a aprender en el año 1961 el noble oficio de despeñarse por un acantilado. “Con diez años vine a Acapulco, conocí a mi hermano, que era clavadista, y comencé a aprender”. Ese es el comienzo de casi todos. Saltar en Acapulco es una tradición que se esparce por núcleos familiares. “Tenemos niños que empiezan con nueve años lanzándose desde un metro de altura y que años después acaban brincando desde 35. En la actualidad somos 70 clavadistas profesionales en la asociación, el más joven de 17 años y el mayor de 52. Tenemos hasta un grupo de niñas a las que estamos enseñando”, explica Mike.

“Nosotros somos Acapulco. Es un orgullo para nosotros saltar en esta Quebrada. Representamos la ciudad, el país. Es un lugar tocado por Dios y es una pena cómo está ahora, pero lo vamos a recuperar. Hemos perdido como familias los valores”, concluye Mike.

Todo comenzó cuando Acapulco, símbolo antaño del viejo y alegre México, quiso también incorporarse al México que imponen los nuevos tiempos. Entonces comenzó una guerra de narcos por controlar una plaza importante para el tránsito de la droga hasta Estados Unidos. Los Beltran Leyva, los Z, los michoacanos… todos forman parte de una liturgia narco que se desparramaba por el país y que puso sus ojos en la gran ciudad.

“Acapulco pasó a tener 1,2 millones de habitantes que se agolparon en la periferia, en las colonias. Es allí donde ocurren los crímenes y el clima de violencia es constante. El criminal respeta al turista, no le hace nada, sabe que ese es su negocio y lo cuida”, afirma el Jefe de la Policía local, Esteban Juárez, que ha visto a algunos de sus compañeros morir en esta batalla sin cuartel. Ese mismo día que hablamos con él hay cinco personas ejecutadas en los barrios.

Pero los titulares no saben de particiones y Acapulco, como un todo donde no se distingue la zona turística de las barriadas, se hace famoso por algo más que sus saltadores. La ciudad pasa en 2014 a ser la más peligrosa de México y tercera del mundo según algunos informes con un promedio de 113 asesinatos por cada 100.000 habitantes. “En Guerrero por cualquier cosa la gente se mata”, resume el propio jefe de la Policía que recientemente ha licenciado a más de un tercio de sus agentes, 439 de 1200 efectivos, por “no pasar los exámenes de buen trabajo”.

Una guerra abierta y sangrienta

Las cuentas eran entonces fáciles e inversamente proporcionales entre muertos y turistas. Aumentaba una y bajaba inmediatamente la otra. En 1998, la ciudad acogió 391.705 visitantes extranjeros con sus correspondientes 391.705 carteras llenas de divisas. En 2013, la cifra era sólo de 18.820, con el consiguiente dramático recorte de ingresos. Ahora, cuando todo apuntaba a una leve mejoría del turismo, las calles vuelven a convertirse en esta mitad de 2015 en un campo de batalla donde se descubren semanalmente fosas comunes que “venden” la palabra Acapulco delante y la palabra muerte detrás por toda la aldea global.

La detención en marzo pasado de El Gordo Aguirre, líder del Cartel de Acapulco, ha generado una nueva guerra sin cuartel de los grupos narcos. “Las bandas, divididas en muchos grupos, están peleando por tomar el control”.

La guerra allí es abierta, sangrienta y ha evaporado el comienzo de este sueño de volar desde el aire hasta el océano que, curiosamente, también tuvo como origen una disputa en el año 1934. “Los pescadores venían a pescar a la Quebrada. Se les enganchaban los anzuelos al fondo y como eran muy pobres se tiraban al agua para recuperarlos. Un día algunos comenzaron a retarse a ver quién saltaba desde más alto y se empezó a hacer costumbre que hubiera duelos. Empezó a correrse la voz entre la gente del barrio y comenzaron a llegar señoritas a las que los saltadores dedicaban clavados. Ellas les pagaban con una flor o un beso”, recuerda el veterano Ignacio.

Hoy todo se mantiene ahí, intacto, midiendo la capacidad del agua y el aire de quebrar carne y músculos. Saltan, cada día, al vacío, tras trepar con las manos los 35 metros de roca. Luego, durante los escasos tres segundos que dura su vuelo, Acapulco renace un poco. No se escuchan disparos, se escucha el mar batiendo contra las rocas. Luego se pone el sol.

Tomado de www.elmundo.es

 

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