MEMORIA CONTRA OLVIDO

“La mentira impersonal es un género del arte político que el totalitarismo maneja perfectamente”

Vaclav Havel

Dado que ABC, semanario amigo al que me siento muy unido, circulará antes y después de las elecciones del 6D, y aunque en puridad no violaré la prohibición de llamar a votar por la tarjeta de mi preferencia, prefiero no dar pretextos que puedan usarse maliciosamente contra este medio o contra su dueño y directivos, razón por la cual me limitaré a hablar del cambio democrático que nos espera y no de las elecciones parlamentarias que ya tenemos frente a la nariz. Por supuesto que los impunes voceros del gobierno gozarán de la libertad de decir lo que quieran, pero no le hace: el resultado está escrito.

Más allá de las consultas electorales, la gran cuestión es tratar de definir la naturaleza del cambio que Venezuela espera y necesita. Toda América Latina, con sus más y sus menos y guardando diferencias, enfrenta el reto del desarrollo estable, autosostenido, diversificado y bajo democracias dignas de ese nombre, que no es otra cosa que la superación de la vasalla condición subdesarrollada. Hay países de la región que marchan por cauces más bien sólidos, pero los de porvenir en este momento más seguro son los de la plataforma del Pacífico, con sus cuatro emblemas: México, Colombia, Perú y Chile. Instituciones estables, partidos de mentalidad moderada y sin exacerbaciones personalistas, han tomado gradual distancia del “populismo”, el caudillismo, el manejo fundamentalista de las relaciones exteriores y los modelos estato-revolucionarios dominados por el dogma ideológico. Y por eso avanzan hacia la condición primermundista.

hombre-piensa

En Venezuela, como en ningún otro caso la contraposición básica se libra entre la autocracia de vocación totalitaria y la democracia que se propone hacerla retroceder. Es una batalla de titanes escenificada en cada pulgada del territorio. Dos bisontes encornados que no se dan tregua. La autocracia quiere pasar de la voluntad o el deseo totalitario, al sistema totalitario a secas. Desea cerrar el círculo y si no lo ha completado y por el contrariova en visible retroceso, es porque el movimiento democrático y la sociedad civil, lejos de rendirse, están inmersos en plena y amplia lucha político-social. Sin mayor rigor se homologa  autoritarismo, con dictadura, caudillismo, autocracia, que si bien son de la misma familia tienen diferencias sustanciales que inducen a errores de política o de respuesta.

El totalitarismo es la dominación completa de la sociedad, una vez subyugada toda resistencia o diferencia. Como escribiera Claude Lefort en 1981:

´- Todo sistema totalitario elude o borra el conflicto y las diferencias, para imponer a las actividades sociales un común denominador.

Mientras ese desideratum no se alcance, no habrá en puridad sistema totalitario sino, a lo sumo, “vocación o deseo de serlo”. Muchos autócratas avanzan en esa dirección sin poder completar la operación porque el movimiento civilista-democrático les cierra el paso y hasta puede derrotarlo. Por eso la lucha entre democracia y totalitarismo no observa treguas ni excluye espacios. La abstención por supuesto no cabe. El que se abstiene deja un vacío que el otro llenará inmediatamente.

Puede decirse que el montaje totalitario consagra su ideología (fascismo, nazismo, marxismo-leninismo, nacionalismo fundamentalista) como mentira totalitaria. La mentira no es para ellosuna simple perversión o defecto individual o de grupo, sino que es parte constitutiva y necesaria para la existencia misma del modelo gobernante. Vale decir: la mentira no es ocasional sino sistémica y tiene dos propósitos tan indispensables como lo es ella: primero: monopolizar la palabra (logocracia) e imponer un lenguaje o neolenguaje que la consolide; y segundo y principal, la destrucción de la memoria individual y colectiva, pasajera o, sobre todo, histórica.

Se comienza a dominar el lenguaje exterminando la libertad de expresión y de medios, convirtiendo a sus trabajadores en enemigos diabólicos, comprando medios de comunicación, expandiendo la censura y la autocensura, criminalizando protestas, avasallando el espacio publicitario, amedrentando a la disidencia y judicializando la opinión diferente.

George Orwell dio una asfixiante versión de este ominoso sistema en 1984, su emblemática novela de agobiante ficción. Uno de los departamentos del régimen totalitario está  destinado a revisar día a día obras y periódicos para readaptarlas al servicio del autócrata totalitario. Un leal hasta ayer, caído en desgracia hoy, hará que los funcionarios del departamento borren su nombre en cuanta publicación haya figurado o lo reescriban en sombría tinta negra. En eso y a ese fin sirve la destrucción de la memoria.

En Venezuela se está aplicando semejante despropósito, afortunadamente con la resistencia implacable de las fuerzas democráticas. Salvo el caso de Cuba, ápice de esta práctica totalitaria, en el resto de América Latina no se ha marchado por estos siniestros vericuetos en el grado en que ocurre en nuestro país. Por eso, ponerle el pecho en la mano, vencerlo con el voto es tarea de extrema importancia.

Aleksander Solsyenitsin escribió con  gran fuerza y verdad:

  • Un pueblo cuya memoria haya sido nacionalizada y convertida en propiedad del Estado, estará a merced de los gobernantes, porque no hay conciencia sin memoria

Quiere decir que cuando se enfrenta una amenaza o una voluntad totalitaria lanzada a aplastar la opinión diferente, la lucha justifica la más amplia unidad y hace incomprensible cargarle la mano a quienes integren esa unidad.

No es una batalla contra un perverso sino contra la perversidad en tanto ideología que ocupa tu pensamiento para destruir recuerdos. En el fondo y en la superficie confrontar el asedio totalitario es también la gran lucha de la Memoria contra el Olvido.

 

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