DESPUÉS DEL DÍA DEL CAMBIO

No se podían dar resultados de encuestas. Pero ellas circularon gracias a dos mecanismos democráticos, el boca a boca y las redes. También las opiniones de los analistas. Se prohibió llamar votar por los candidatos, aunque el Estado no cesó de poner su peso a favor de los suyos.

El fin de semana recrudeció la campaña oficialista indicando que se acabaría la misión Vivienda, se le quitaría la pensión a los viejitos y comenzaría la tercera guerra mundial. Pero la oposición insistió en su compromiso de convertir las misiones en Ley para que sus beneficiarios no dependan de la arbitrariedad del gobierno de turno, dar la propiedad sobre las viviendas o extender el cesta ticket a los jubilados y pensionados.

En el fondo todo el mundo pensó que ya el gobierno nos había quitado los alimentos, las medicinas, el poder adquisitivo del salario, la seguridad personal, los hospitales, la capacidad de producir o una buena educación para sus hijos. La esperanza fue más poderosa y el miedo no funcionó.

Los resultados comprobaron que las encuestadoras midieron bien el estado de ánimo de la población. El deseo de cambio se pudo observar a flor de calle, también en las colas que la gente celebró porque sabía que obtendría lo que buscaba. Los miembros de mesa tuvieron que soportar a los “como sea” que no lograron realizar la parte más importante de la orden de la cúpula. O no se empeñaron.

Hubo numerosos incidentes, pero todos fueron controlados, incluso con una participación adecuada del Plan República. A pesar de las caras largas todo el mundo tomó los resultados como lo había predicho Bernal: “Otras veces se ha perdido y no ha ocurrido nada”. En las calles corrió la alegría, pero la mayoría terminó celebrando su voto a ganador en familia.

La participación fue buena. Se comprendió la importancia de una elección para crear un contrapeso y un equilibrio que le conviene al país. Se impuso la paz, la convivencia y el deseo de poner fin a tantos años de división, de exclusión y de tratar a otros venezolanos como enemigos, en vez de hermanos. Es lo que ahora podemos comenzar a practicar.

Los resultados demostraron el vínculo entre las crisis – económica, cultural y de valores, social, institucional – y la élite que ha detentado el poder durante un ciclo que está llegando a su fin. Fracasaron. No pudieron mantener la mayoría que logró Chávez ni preservar su línea a favor de los que menos tienen.

Por lo tanto, en el campo oficialista han surgido dos reacciones. Las de quienes piden que el presidente haga cambios en el modelo, en el gabinete, en su gestión y en sus políticas públicas. Y los que piden la renuncia, primero de la dirección del PSUV y luego ver si se debe llegar a otros niveles para salvar el proceso y buscar una recuperación con miras a las elecciones para escoger un nuevo presidente. Tal vez ofrecer un gobierno de unidad nacional. ¿Quién determina los boquetes que abrirá la exigencia de cambio contenida y desviada bajo el sistema general de controles?

En la oposición priva una visión interesante: no considerar la alternativa como una opción exclusiva de la MUD. Los partidos buscan aprovechar el triunfo para fortalecerse. Pero saben que las fuentes de su reconstrucción no están en el pasado. Prometen enfocarse en hacer útil la nueva mayoría cooperando con el Ejecutivo para generar soluciones a la crisis, preservando dos productos: sociedad fuerte, próspera y justa combinada con un Estado descentralizado, que maneje la regulación con alicientes y sepa reconducir socialmente las fallas del mercado. Hay una minoría radicalizada que pide todos los cambios de una vez.

Lo más importante es que todos, dentro de la nueva recomposición de fuerzas, han decidido competir en el terreno de cómo hacer avanzar a Venezuela y no en cómo durar mil años en el poder. La lección ha sido clara: no hay sociedad que resista a un mal gobierno.

 
Simón GarcíaSimón García

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