Y AMANECIÓ…

Siempre que hay elecciones parlamentarias recuerdo una canción según la cual “Para subir al cielo / se necesita / una escalera grande / y otra chiquita”. Es que, hasta 1973, con las elecciones venezolanas para Presidente de la República iban pegadas las de los parlamentarios, que entonces estaban divididos en dos cámaras: Senadores y Diputados. En un mismo proceso se votaba por el presidente y por los parlamentarios con dos tarjetas, ambas del mismo color y con los mismos emblemas de los partidos: la primera más grande que la segunda, llamadas respectivamente “la grande” y “la chiquita”.

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En las elecciones siguientes al derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez figuraba entre los candidatos Wolfgang Larrazábal, quien había sido presidente de la Junta de Gobierno que asumió la jefatura provisional al huir Pérez Jiménez, y era entonces muy popular y querido por quienes veían en él a un apuesto oficial de la Armada, impecable en su uniforme blanco,cuatrista consumado, y provocador de suspiros entre la población femenina. Aprovechando tan apolínea imagen, el partido URD decidió lanzarlo como candidato a presidente. Identificado con el color amarillo, creó un “jingle” basado en la canción antes dicha y cuya letra decía: “Para votar por Wolfgang / se necesita /una amarilla grande / y otra chiquita”. El pueblo que se identificó con “Guorfan” metió en las urnas la tarjeta grande (aunque no en cantidad suficiente como para que el marino ganara) pero también la chiquita como por inercia. Lo mismo hizotodo aquelque votó con las tarjetas blancas de Acción Democrática, con las verdes de Copei, o con las de los demás partidos que intervinieron en la contienda.

El voto por los candidatos a los cuerpos deliberantes siempre fue en Venezuela un acto reflejo, sin importancia, y se llegó a decir que éramos un país presidencialista. Nos acostumbramos a que en nuestro suelo se hacía lo que mandaba el presidente, y punto. Los senadores y diputados no tenían ninguna representatividad ni importancia, y la imagen popular era que los parlamentarios eran un grupo de ociosos que disfrutaban de inmunidad y demás prebendas sin trabajar.

El pueblo comenzó a tomar conciencia sobre la importancia del parlamento venezolano, hasta entonces bicameral, cuando,tras una lamentable decisión de abstenerse los partidos de oposición, el que preconizaba el “socialismo del siglo 21” alcanzó una aplastante mayoría en la “Asamblea Nacional”, recién creada a imagen y semejanza del régimen parlamentario cubano, unicameral y sumiso a los caprichos del dictador.

Las elecciones del 6 de diciembre nos hacen pensar que el pueblo venezolano ha dejado de ser presidencialista, en tanto y cuanto ha aprendido que el parlamento puede ser un instrumento garante de los caprichos de un déspota, pero también una herramienta para mostrar descontento y para obligar a torcer el rumbo señalado por un grupo hegemónico empeñado en llevar al país a la ruina.

El pueblo ha corroborado lo que el refranero popular resume en una sencilla oración: “Amor con hambre no dura”. Refrán que los dirigentes del partido de gobierno se empeñaron en ignorar hasta que la dura realidad se lo puso delante de los ojos. Y para tratar de contrarrestar el descontento, recurrieron a la imagen de los ojillos entrecerrados del difunto dictador, creyendo que podrían ablandar el corazón de quienes otrora lo siguieron con los suyos cerrados.

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Nunca antes tuvo tanta relevancia el parlamento venezolano como ahora. Los ojos de los venezolanos apuntarán a lo que ocurra desde esta elección hasta el día en que asuman sus curules los nuevos diputados. El poder ejecutivo, con la complicidad del poder judicial, tratará de forzar la voluntad del pueblo, pretendiendo insistir en un sistema que ya la mayoría ha rechazado, mediante decretos dictados “entre medianoche y gallos”. Debemos estar alerta, vigilantes ante los intentos por matar antes de nacer el cambio que los venezolanos hemos exigido.

Y el presidente Maduro se enfrenta a una encrucijada: insistir en su cacareada “guerra económica” a sabiendas de su falsedad, con lo cual quedará como un gran embustero, o demostrar que realmente cree en tal fantasía, lo cual reforzará nuestras dudas sobre su inteligencia.

No tiene una para ganar.

 

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Un Comentario;

  1. Carmen Solórzano A. said:

    No tiene una para ganar. Asi sea. Excelente resumen acerca del Parlamento Vzlano

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