¿CÓMO MURIÓ STALIN?

El ejército de médicos que se afanó en salvarle la vida fue insuficiente frente al derrame cerebral que se apoderó lentamente de su órganos respiratorios

José María Zavala*

El 2 de marzo de 1953, Svetlana Stalin, de 27 años, subió a una limusina negra que poco después se detuvo al final de un camino empedrado a la entrada de una hermosa dacha en Kuntsevo. La hija de Stalin, pelirroja y pecosa, se temía lo peor. Habían encontrado a su padre tendido sobre una alfombra, junto a un diván, a las tres de la madrugada. Enseguida lo trasladaron a otra estancia, tendiéndole en el canapé donde solía descansar. En la gran sala donde yacía Stalin había numerosa gente afanada en una misión concreta. Parecían las oficinas del Politburó. Mientras una enfermera aplicaba al moribundo sanguijuelas en la nuca y en el cuello, otra le ponía inyecciones a cada instante. Había facultativos que le hacían cardiogramas y otros, radiografías de pulmón. Otro hombre iba anotando con detalle, en una especie de diario, la evolución del enfermo y todos los cuidados que se le administraban.

stalin

En Moscú se había reunido la Academia de Ciencias Médicas en sesión extraordinaria para intentar salvar al hombre más grande de Rusia, que a sus 73 años se debatía entre la vida y la muerte. Las más alta autoridades médicas habían sido designadas para cuidar del moribundo: los profesores de la Academia Lukoski, Konivalov, Yasjinov y Taraviev, y los neuropatólogos Kilinov, Glazunov e Ivanov-Zemanov. El propio ministro de Salud de la URSS, Tretiakov, supervisaba su evolución.

En una pequeña sala contigua a la de Stalin se hallaba en consulta permanente el Consejo Médico que decidía cuál era el paso más conveniente en cada momento. Un equipo de especialistas llevó un aparato para hacer la respiración artificial. Sólo un hombre se comportaba de manera casi indecorosa: el repulsivo Laurenti Beria, causante de tantas muertes. Solía encaramarse al lecho y permanecer largo rato contemplando ensimismado el rostro del enfermo. Stalin abría a veces los ojos y miraba a su lacayo con la conciencia obnubilada.

Los médicos comprobaron que estaba inconsciente. La hemorragia cerebral le había dejado sin habla, paralizándole la mitad derecha del cuerpo. Ahora era Svetlana la que, sentada a la cabecera, agarraba su mano. La besó y se acercó a él para acariciarle la frente. Nada más podía hacer. Un derrame cerebral, si el corazón era sano y fuerte, como el de Stalin, se iba apoderando lentamente de los órganos respiratorios, hasta que el enfermo moría asfixiado. La respiración de Stalin era cada vez más jadeante. En las últimas doce horas se apreciaba que le faltaba el oxígeno. El rostro fue oscureciéndose, mientras sus rasgos se desdibujaban y los labios se tornaban renegridos.

Svetlana jamás pudo borrar de su recuerdo aquella patética imagen de su padre justo antes de expirar: «Hubo un instante –no sé si fue así en realidad o nos lo pareció–, por lo visto ya en el último momento, en que abrió de súbito los ojos y recorrió con la mirada a cuantos nos hallábamos a su lado. Fue aquella una mirada horrible, una mirada de locura, de cólera tal vez, y de pavor ante la muerte y ante los desconocidos rostros de los médicos que se inclinaban sobre él. Aquella mirada se posó en todos durante una fracción de segundo. Y entonces –aquello fue incomprensible y aterrador, aún sigo sin comprenderlo, mas no puedo olvidarlo–, entonces alzó de pronto la mano izquierda (la que conservaba el movimiento) y pareció como si señalara con ella vagamente hacia arriba o como si nos amenazara a todos. El gesto resultaba incomprensible, pero había en él algo amenazador, y no se sabía a quién ni a qué se refería… Un momento después, el alma, en un último esfuerzo, abandonaba el cuerpo».

Minutos después, los miembros del Gobierno se retiraron para dirigirse a Moscú, donde el Comité Central del Partido aguardaba de un momento a otro la noticia, confirmada el 5 de marzo. El cuerpo permaneció algunas horas más en el lecho de muerte, como era costumbre en Rusia.

La sala, al apagarse la mitad de las luces, quedó sumida en penumbra. Qué contraste entre el mutismo que invadía ahora el recinto y la algarabía de los banquetes de largas sobremesas que reunían allí mismo al selecto círculo del Buró Político. La radiogramola ya no reproducía ni uno solo de los discos de canciones populares rusas, georgianas o ucranianas que tanto agradaban a Stalin.

Finalmente, fueron a buscar el cadáver para hacerle la autopsia. Lo despojaron de la ropa y lo tendieron desnudo sobre una camilla. Un automóvil blanco se perdió en la lejanía con los restos mortales en su alargado maletero.

LA TÉTRICA VOZ DE LEVITÁN

A la seis de la mañana del 5 de marzo de 1953, la voz timbrada de Levitán, el célebre locutor de Radio Moscú, anunció a todo el país la muerte del sanguinario dictador: «El Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética –decía la nota oficial–, el Consejo de Ministros de la URSS y el presidente del Consejo Supremo de la URSS anuncian con un profundo dolor al Partido y a todos los trabajadores de la Unión Soviética, que el 5 de marzo, a las 21:50 horas, después de una grave enfermedad, el presidente del Consejo de Ministros de la URSS, secretario del Comité Central y del Partido Comunista, Yosef Vissarionovich Stalin, ha fallecido». El hombre más grande Rusia se había ido al otro mundo llevándose antes por delante a millones de víctimas inocentes. En sus memorias, Nikita Jrushchov aseguró sin pruebas que Laurenti Beria lo había asesinado.

@JMZavalaOficial

(*) Historiador

 
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