DOS GOLPES

El 7 de noviembre de 1917 los bolcheviques rusos, bajo la jefatura de Vladimir Ilich Ulianov (Lenin) y de León Trostky protagonizaron un golpe de Estado, disolvieron el gobierno provisional de Alexandr Kerenski y  con el apoyo armado de la Guardia Roja (milicias del partido), expulsaron a la mayoría conformada por los mencheviques y socialistas revolucionarios del denominado Congreso de los Soviets.

Lenin y Trotsky

Lenin y Trotsky

Fue así como un partido de 200 mil militantes tomaba el control de 170 millones de rusos atrapados, para el momento, en el foso de la Gran Guerra e ignorantes de estar ante un naciente poder que extendería su dominio e influencia hasta los lugares más recónditos del planeta detrás de una quimera que fue dejando, a lo largo de 74 años, una estela de  desgracias y millones de víctimas. Desgracias que, como en el caso cubano, aún sobreviven o peor aún que, como en el venezolano, nacieron luego de desaparecer el imperio soviético.

No vayan los lectores a suponer que pretendemos hacer de Nicolás Maduro una suerte de Kerenski tropical o que queramos convertir a Aristóbulo  en el Trotski venezolano, no señor. Las diferencias de tiempo, lugar y de proporciones históricas entre aquellos personajes y éstos nuestros de hoy en día resultan abismales y cualquier intento de equiparación resultaría una ociosidad. Consideremos, además, que lo de aquí, en medio del drama, tiene unas apariencias demasiados visibles de farsa, muy distante de la terrible y despiadada seriedad que caracterizó a los bolcheviques cuando se trataba de liquidar al enemigo de “clase”.

Sin embargo, he traído a colación el ejemplo porque ciertamente existe un vínculo entre la tragedia de allá (sin apellidos) y la farsa trágica de aquí. En primer lugar lo último, los resultados: el fracaso del modelo económico, similar en ambos casos, con las consecuencias de escasez de toda clase de bienes, la liquidación de la propiedad privada y el fantasma del hambre asomando el hocico. Segundo, la condición, en ambos procesos, de un Estado tan débil que fundamenta su poder en un único factor económico, en este caso la renta petrolera, de manera que cuando esta decae, como ocurrió en los 90 y cómo ocurre hoy en el día, el sistema colapsa y eventualmente desaparece. Es ese el caso de la  URSS y parece que también será el de Venezuela. Tercero, la existencia de un modelo político que intenta el control total de la sociedad por parte de un partido, que a su vez es gobierno, es estado y también fuerza armada. Cuarto, el dogma según el cual la revolución es infalible e irreversible y en cuyo nombre se comete toda clase de desaguisados y el secuestro de un país entero. Quinto, el dominio prolongado que  convierte a la clase dominante en factor generador de corruptelas y de una impunidad absoluta, en una mezcla donde se confunden los intereses de la revolución con los particulares.

Queda, sin embargo, un cabo suelto que se presenta cuando tu trabajo político se desarrolla en un marco donde aún sobreviven rasgos básicos de la democracia, tales como el derecho a elegir, de manera que cuando te sometes a la voluntad popular y pierdes el apoyo de las mayorías, entonces huyes hacia adelante, te dejas de remilgos democráticos y acudes al expediente del golpe de Estado, como lo hicieron Lenin y Trotski en 1917 y como se  hizo en Venezuela este febrero del 2016, donde se pasó por encima de la Asamblea Nacional y se desconoció el mandato  de casi 8 millones de votantes para satisfacer la  ambición de una minoría ínfima que hace rato perdió la compostura y no está luchando por la defensa de los intereses populares, sino por conservar el poder sin importarle las consecuencias.

 

Artículos relacionados

Top