EN LA ÚLTIMA CURVA

El cambio ha sido tan acelerado que ya casi no hay nadie que no lo quiera. A pesar de la opacidad y el secreto, sombras del autoritarismo, comienzan a filtrarse quejas y a sonar, aun tímidamente, propuestas de rectificación. Sólo la cúpula del Gobierno insiste en la versión guerra económica del cuento del gallo pelón y en insuflarse ánimos vociferando que ni por malas ni por buenas van a salir de la fortaleza de los privilegios.

Pero Maduro ya perdió de hecho el poder.

La crisis se lo comió.

Después que destruyó la economía productiva llama a rehacerla con las mismas medidas que usó para liquidarla.

Angustiado por el consentimiento de la fuerza de las armas, un día ordena que todos los militares regresen a sus cuarteles y al otro les entrega el manejo del petróleo y el oro.

A fuerza de sacar del juego a sus rivales internos ha terminado por perder su propia fuerza.

chuo-henry

A Maduro lo derrotaron las necesidades básicas del ser humano: comida, medicina, seguridad, libertad. El sueño se hizo una pesadilla, se volvió una cola interminable, un retroceso, la repetición de una mentira que a las mil veces queda al descubierto: el hombre no da la talla. Sus indecisiones destruyen su popularidad y arrastran al PSUV a un precipicio.

Buena parte de los que votaron por el Gobierno en las parlamentarias, ahora claman por el revocatorio. La imposición de una vida en emergencia ha creado un consenso popular que no tiene que ver con los términos de viejas divisiones entre gobierno y oposición. La tortilla dio vuelta y aumentan las posibilidades de entendimiento, de acción conjunta y de ganar juntos entre quienes vienen de un enfrentamiento en el pasado.

Todas las condiciones están dadas, si se sigue actuando con tino y serenidad, para acelerar la escogencia de un mecanismo constitucional que produzca un cambio de gobierno con los menores traumas posibles y colocando una decisión de tanta monta en manos del soberano. Esta semana se abrió el debate para que esto ocurra con la mayor amplitud, incluida la participación del PSUV o de sus bases.

Pero el mecanismo es un método. El medio más blindado frente a la capacidad de bloqueo de la brigada roja del Tribunal Supremo de Justicia. Un camino que no debe separarse de una estrategia de cambio que sustituya la desesperación por la confianza. Una política que responda a la urgencia, pero que no se deje orientar exclusivamente por el criterio de la velocidad.

Un requisito de esa estrategia es el de contar con las fuerzas institucionales, sociales y culturales necesarias para hacer efectivos los cambios y para competir por un rumbo progresista durante el intervalo de la transición. Sin fuerza no hay paraíso.

Otro de sus condiciones es mantener y elevar el papel de vanguardia de la Asamblea Nacional.

Seguir nutriéndose de la agenda social, de la aprobación de leyes que serán el marco de la nueva institucionalidad, de las investigaciones para documentar responsabilidades sobre la destrucción del país y del debate decisivo sobre la clase de sociedad que es deseable tener bajo un nuevo gobierno.

2016 se avizora como la recta final.

En la elección de gobernadores se ampliará la voluntad de cambio, una victoria vinculada a remover el obstáculo principal para ponerle fin a este dolor de país que es Maduro.

Tiempo para templar todos los esfuerzos, para acelerar sin riesgo de caer, para acertar en el de avanzar hacia otra época.

 
Simón GarcíaSimón García

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