ENTRE EL BIEN COMÚN Y EL MAL COMÚN

Hay razones de sobra para creer en ese país que construimos y reconstruimos diariamente

En su reciente visita a la ciudad de México, el Papa Francisco ha hecho hincapié en la necesidad de construir un compromiso solidario, con el esfuerzo individual y colectivo, a fin de establecer una cultura donde prevalezca el bien común. Si bien el mensaje fue claramente expresado a los dirigentes políticos y a la Iglesia, el Santo Padre extiende -en todos sus discursos- el significado de la interdependencia colaborativa a todo el sistema social.

La búsqueda del bien común otorga plenitud de sentido a la vida. Nace en el seno del hogar, cuando padres, abuelos, hijos, nietos, en fin tanto la familia nuclear como la extendida, consolidan modelos de comportamiento signados por normas respetuosas y dignas que generan beneficios a todos sus integrantes. La escuela complementa este papel afianzando el modelaje de patrones empáticos deslindado claramente el uso y abuso individual de la autoridad y del poder. El entorno potencia o anula las tendencias egocéntricas, dependiendo básicamente de las intenciones expresas o veladas de los conductores sociales.

Camino escogido

Mientras escribo no puedo dejar de pensar en lo que sucede a nuestro alrededor. Si bien resulta fácil teorizar sobre educación y formación ciudadana lo difícil es visualizar y concretar vías de acción que nos permitan vivir en un país donde dignidad, transparencia, igualdad y libertad sean convicciones tangibles. Se aprecia una marcada diferenciación entre quienes profesan y ejercen el bien común como brújula existencial y quienes se conducen y son conducidos por el “mal común” como camino escogido. A veces me pregunto si denunciar distorsiones socioculturales desde la tribuna de un diario es realmente efectivo. Mover a la reflexión a los lectores es definitivamente una meta, pero… ¿Cómo hacer para que a los responsables de las políticas sociales les llegue y les impacte también el mensaje?

La razón de ser de los dirigentes es procurar el bien común y como dice Tomás de Aquino: “toda ley ordena al bien común”. Ahora bien, para que el bien común sea asimilado como el equilibrio esencial de la convivencia es necesario el concurso de todos. Lamentablemente asistimos a una especie de involución donde la tolerancia se confunde con la permisividad y de esta manera se torna normal que cada quien haga lo que venga en gana sin tomar en cuenta las consecuencias en el medio social y ambiental.

Algunas escenas del “mal común”, vividas a diario o reseñadas en los medios y redes sociales, me pasan por la cabeza como un thriller: Peatones que atraviesan calles y avenidas indiferentes a los semáforos y al cruce obligatorio en las esquinas. Autobuses que se paran en cualquier lugar a dejar o recoger pasajeros. Motorizados que hacen piruetas en zigzag alrededor de los automóviles en marcha, para espanto de los conductores. Un metro atestado de pasajeros donde reina la ley de la selva y el sálvese quien pueda. Calles convertidas en urinarios públicos a la vista de todos. Malandros que hacen del atraco y del asalto su trabajo regular. Pranes que paralizan ciudades a punta de amenazas y poderío armamentista. Y ante el mínimo y justo reclamo se desencadena un caudal de ataques y agresiones que puede desembocar hasta en la pérdida de vida.

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Historias de vida

Por fortuna, otras escenas remiten a la esperanza. Basta leer las Historias de vida que diariamente publica El Universal para constatar la presencia del rostro amable y fraternal del país. Allí está el testimonio de héroes anónimos que han superado grandes adversidades y otorgan su tiempo y experiencia para el progreso de otros. Están asimismo los vuelcos de vida de hombres y mujeres que descubren la satisfacción de ser útiles brindando su apoyo al prójimo.

La maestra jubilada que convoca a sus vecinitos para ayudarlos a hacer las tareas escolares. El músico ciego que forma corales en las escuelas. El muchacho en silla de ruedas que crea una microempresa para dar trabajo a varios miembros de su familia. Una sobreviviente de cáncer de mama que funda una asociación para promover la prevención entre las mujeres de su barrio. Un deportista que perdió sus miembros inferiores en un accidente y se dedica a enseñar beisbol a los niños y jóvenes de su comunidad. Un exdrogadicto que se convierte en un eficiente líder social. Una abogada que recoge animales en la calle, los cura y les busca hogares de adopción. Un ama de casa que cocina todos los viernes una gran olla de sopa para dar de comer a indigentes. Un médico que dedica sus pocas horas libres a ser bombero. Un artista plástico que forma grupos de abuelos pintores.

Vivimos pues entre el bien común y el mal común, pero hay razones de sobra para creer en el país posible. Ese país que construimos y reconstruimos diariamente con solidaria buena voluntad.

 

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