‘THE BIG SHORT’:
¿QUIÉNES PUEDEN PREVENIR LAS CATÁSTROFES ECONÓMICAS?

La crisis de la hipotecas subprime en Estados Unidos, en 2008, arrastró a la pobreza instantánea a millones de ciudadanos y sumió a la economía mundial en una recesión de la cual no fue fácil salir. Y todas las crisis económicas son como esas olas grandes, capaces de ahogar a los desprevenidos que nunca llegan a enterarse de qué fue eso que los arrolló.

Las innovaciones financieras han estimulado el consumo, la inversión y el desarrollo económicos y un país que no sepa aprovecharse de ellas siempre estará rezagado. Pero ni vender humo es finanzas ni estafar es hacer negocios.

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La industria estadounidense de las hipotecas subprime se construyó sobre una ficción convenientemente soportada por muchas instituciones que se beneficiaban de una fuente de riqueza que parecía no tener final: los directivos de los bancos no hacían muchas preguntas sobre lo que estaba detrás de esa máquina de dinero, las calificadoras de riesgo no veían las amenazas subyacentes detrás de sus honorarios, las firmas de contadores cerraban los ojos (y abrían sus manos a discreción), los reguladores sólo leían los titulares que ofrecían esas buenas noticias que ocultaban las noticias verdaderas y muchos sólo aspiraban a ser, algún día, parte de los felices regulados.

Hasta que, en algún lugar de Estados Unidos, alguien dejó de pagar su hipoteca ante el incremento de la tasa de interés y pronto fueron miles los que entraron en mora. El colapso de la economía fue inevitable.

Michael Lewis, en su libro The big short (2010), narró con maestría el desmoronamiento de los mercados financieros en la crisis del 2008. Lo hizo desde la perspectiva de un pequeño grupo de banqueros que supieron leer a tiempo la evidencia que muchos se negaban a ver: que todo estaba por venirse abajo, que no hay forma de construir sobre el barro sin terminar hundido.

Advertir que venía la ola no sólo les evitó el dolor de ser arrollados: también les permitió beneficiarse de actuar a contracorriente de esos que continuaban embriagados con un presente que no podía continuar. La economía siempre regresa a su cauce.

El libro de Lewis es ahora una película. Su director, Adam McKay, logró una película que combina el inevitable drama que subyace a todo engaño masivo, un humor hiriente y reflexivo y una pedagogía que se aleja de la condescendencia, algo que será agradecido por quienes no dominan el lenguaje que pretende oscurecer el entendimiento del mundo de las finanzas.

La historia de Lewis y la versión de Mckay muestra que las olas solo pueden ser vistas por quienes estén dispuestos a mirar. Y que alguien debe bajarle el volumen a la música cuando no hay razones para festejar.

 
Angel AlayónAngel Alayón

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