EL PESO DE LA OPINIÓN

Los defensores de lo indefendible aluden a las eventuales salidas del poder de los presidentes Dilma Rousseff y Nicolás Maduro como si se tratara de una estrategia conspirativa promovida por el imperio gringo. Según nos hacen saber, lo dejaría en claro  la simultaneidad de ambas demandas dado lo extraño que sería el estallido coetáneo de semejantes procesos en dos naciones fronterizas. Pero bastaría analizar las causas de la amplísima movilización popular contra los dos gobiernos para demostrar lo contrario. Los motivos, los factores intervinientes y el papel de las instituciones difieren en los dos casos y por  lo tanto, salvo vagas alusiones a una derecha innominada formuladas por Lula desde el agujero en que parece encontrarse, solo al borde del sepulcro la presidente Rousseff se ha aferrado al fantasma in extremis del golpe de estado, recurso favorito de Maduro. Es verdad que Brasil y sobre todo Venezuela –a tenor de indicadores y consultoras- se hunden en un turbio pantano; pestilente además, dada la masiva corrupción que de modo tan escandaloso y desenfadado los arrastra.

dilma

Lula, Rousseff y  los numerosos líderes del PT atrapados entre Petrobras y Odebrech gozan, no obstante, de beneficios procesales como la presunción de inocencia y el derecho a la defensa. Quien los persigue es un poder judicial verdaderamente independiente. Lo conforman magistrados autónomos que no le temen al gobierno sino a su propia conciencia. Muy diferentes son los que controlan la justicia en Venezuela y de cuya miseria humana o lamentable obsecuencia dan pruebas todos los días. En Brasil hay separación de poderes, en Venezuela no, aunque en lo que toca a la Asamblea Nacional se ha producido un vuelco notable a partir de la victoria democrática en las parlamentarias del 6 D 2015.Por cierto, la nueva mayoría legislativa, ejercida con valor y sabiduría por la coalición opositora, ha puesto en aprietos a la autocracia encarnada en Nicolás Maduro y su incondicional entorno, y contra viento y marea colocó sobre la mesa la salida anticipada del presidente.

 Como saben hasta los escolares, los venezolanos ya no dan más. La miseria y la acumulación de infinitas desgracias han sido determinantes para que el 80% del país se manifieste a favor de que Maduro suelte el timón y se vaya a su casa.La MUD y destacadas personalidades democráticas han subrayado una y mil veces que todo debe ocurrir conforme a Derecho, para lo cual la Constitución incluye cuatro posibilidades, que no se “pisan la manguera”, a saber: la renuncia, que facilitaría las cosas y evitaría confrontaciones cruentas, el referendo revocatorio, la enmienda para acortar el período y mandar al basurero la reelección presidencial, y en el fondo del escenario la Asamblea Constituyente y el nuevo contrato social, libres de impurezas y manipulaciones.

Hay gente de buena fe que envuelta en suspicacias inmerecidas contra la coalición que logró victorias tangibles y rescató la importantísima Asamblea Nacional, condena su orientación pacífico-constitucional.

  • ¡Asombra su candidez! –braman. Este gobierno nunca dialogará ni aceptará sus inocentes iniciativas. Las aplastará el Tribunal Supremo de Justicia o la fuerza militar.

Semejante premisa los lleva al clamor usual:

  • ¡Engañan al pueblo por motivos inconfesables! ¡Aquí no habrá salida pacífica!

No vale la pena recordar que semejante retórica tuvo elocuentes desmentidos el 6D 2015 y en la tenaz actividad de la Asamblea Nacional, que puso a la defensiva al prepotente gobierno obligándolo a balbucear argucias contra la lógica opositora. Las iniciativas emanadas de la MUD y respondidas en forma tan estólida, no transcurren en cámaras al vacío sino en un entorno social y político cada vez más involucrado en el desenlace. Y eso es esencial porque en la política como en la guerra las batallas no se ganan únicamente con mayoría de votos o superior fuerza militar. Tan importante y a veces más que tales factores viene a serel respaldo de la opinión pública interna y mundial. No importa si se trata de buenas o malas causas, si una de las partes conquista la simpatía general tendrá la mitad o más de la confrontación ganada. Y en caso contrario (lo sabe perfectamente Maduro) hará bien dando por perdida la batalla, no importa cuánto se arrastren los jueces, repleten las cárceles, compren y expropien medios  y vivan encadenados a ellos.

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Así como influye en el desenlace, la opinión pública también lo condiciona. Los líderes democráticos están siendo reconocidos por las organizaciones internacionales probablemente como pocas veces en la historia del país, entre otras cosas porque predican coherentemente el camino pacífico, democrático, constitucional y electoral. Si cambiaran el lenguaje no solo desmentirían su índole democrática sino que minarían el ascendiente laboriosamente ganado.

Tomaré un ejemplo entre cientos. La revolución cubana fue una guerra publicitaria de pequeñas escaramuzas adornadas con espectaculares piezas de propaganda que respondieron por el resultado más que las balas. Los deslumbrados por el impacto publicitario, que fueron todos, habrán tenido mucho tiempo para reflexionar. Militarmente, el dictador Batista salió corriendo posiblemente antes de tiempo, dejando al azar a sus leales. El poder pasó de un dictador a otro. Para conquistar los tendidos y mirones, Castro se aferró a la moderada Constitución de 1940 y con teatral solemnidad anunció que convocaría elecciones impecablemente libres.

Si la alternativa democrática venezolana  se sale de cauce, se da a proclamar salidas de “puño alzado y adoquines” y desprecia el papel de la opinión internacional, perderá la batalla material y la simpatía planetaria. Entonces la que debía ser la madre de las victorias, terminaría siendo  la suegra de las derrotas.

 

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