HISTORIA DE VIDA

conuco

Narciso Pastor Jiménez Alvarado, nació en Chivacoa, estado Yaracuy. Ahora mismo tiene 50 años, de los cuales más de 15 residenciado en Estados Unidos y con más de 10 años sin regresar a Venezuela. Esta es su historia.

El padre, don Pastor, campesino, dedicado siempre al cuidado de sus tierras, es decir, el patio de la casita de bahareque donde estaba el gran cultivo: el conuco histórico y nada revolucionario. La madre, doña Jacinta, experta cocinando a la leña, en budare y con historial envidiable en el arte de freír topochos y otras opciones culinarias de la extrema pobreza. Piso de tierra “zapateao”, siete hermanos, cinco hermanas, dos chivos, una vaca vieja, tres perros, una carreta, y una burra, la eterna Azucena, completaban el capital humano y patrimonial de esta familia típica de un poco más allá de la autopista o de la carretera.

La infancia de los muchachos transcurrió entre la escuela Rómulo Gallegos que fundó el gobierno de Leoni, cazar iguanas y conejos y ayudar en el conuco. Terminada la primaria y cumplidos los 15 años a trabajar como Dios manda. Mesonero en el bar del pueblo, machetero a destajo, ordeñador en la finca de los Álvarez, vendedor de caraotas en la carretera. Las muchachas, si no estaban preñadas ya, podían lavar y planchar la ropa de la casa o del pueblo a bajo costo, cocinar en la finca de los Álvarez, atender en la barra de la arepera de los portugueses ubicada en el cruce de caminos entre San Felipe y Yaritagua o, hacer cachapas para la venta en la alcabala, si acaso la Guardia Nacional no se quedaba con la mitad del queso de mano.

doctores

Pero Narciso tenía otros planes, siempre con la mirada más allá del conuco y de esa pobreza heredada, familiar, amistosa, cercana y metida en los huesos de la familia desde los tiempos de Zamora.  Después de terminar la primaria en la vieja escuela que le dejó al caserío la administración adeca, se fue a Barquisimeto donde a punta de lavar carros terminó el bachillerato en el liceo Lisandro Alvarado. Luego a Caracas, pensión en el Centro de por medio y empleo de vigilante en la noches, se comió Medicina y se hizo doctor. Dos posgrados, ya en mejor condición, le sirvieron de base para obtener una beca Gran Mariscal de Ayacucho y, previo inglés a empujones, matar la liga en Boston con otro par de postgrados.

Allá se quedó. Trabajando para una Universidad llena de irlandeses y en un hospital de alto impacto. Se casó con una gringa y tuvo par de catiritos con unos ojos azules que jamás hubieran pintado por los lados de Sabana de Parra. Casa financiada a 30 años, carro que cambiaba cada tres años, buenos colegios para los catiritos, seguridad tanto en la urbanización como en la ciudad, buen sistema de transporte, una red hospitalaria de primera, canchas deportivas aquí y allá. Inflación casi cero. Y un horizonte amplio y claro, que si se observa desde el montón de monte de la infancia no deja ver sino oportunidades.

Eso sí. Lamenta mucho lo que está ocurriendo en Venezuela, le desea la mejor de las suertes a sus paisanos y que, de todo corazón, espera que al menos tengan chance de mandar a sus muchachos a la escuela que dejó Leoni en Chivacoa. Manda a decir que por ahora no puede ir al caserío en Yaracuy porque solo tiene dos días libres cada tres semanas. Pero, no ha perdido sus raíces y siempre envía leche, medicamentos, azúcar y hasta vitaminas para Azucena.

Más allá de cualquier cosa hay que resaltar que hay patria, cadenas, desfiles militares, colas, hambre, mentiras y bolívar fuerte. ¿Para qué más?

hospital

 
Elides J. Rojas L.Elides J. Rojas L.

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