PAT‘E PALO

Ya los venezolanos ni nos preguntamos qué pasará con nuestro pobre país, acogotado por la guerra económica y “El Niño” juntos, si es que vamos a creerle a los irresponsables que manejan el país a su antojo. Todos los días los medios nos traen información sobre la escasez, la inflación, la inseguridad, la fuga de jóvenes, el cierre de empresas comerciales e industriales, la quiebra de los mercados Bicentenarios, del Banco Industrial, del deterioro de la vialidad, de los edificios públicos, de todo el país, en fin.

La conflictividad es permanente, y el venezolano, otrora amable y cordial, se ha convertido en un ser amargado, agresivo y estresado, pronto a la respuesta violenta y, lo que es peor, a tomar la justicia en sus propias manos, a falta de otra. Ya no es noticia el asesinato de policías para apoderarse de sus armas de reglamento, la desaparición de ciudadanos, la muerte violenta de personas por los más triviales motivos. Basta que alguien mire con malos ojos al vecino para que éste le vacíe un cargador de 9 mm o lo haga picadillo a machetazos.

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Nos hemos convertido en un país sin ley. Las películas del oeste de Hollywood son cuentos de hadas, comparadas con nuestros duelos entre bandas de delincuentes. La peor imagen de lo que nos acontece, gracias a este gobierno corrupto y derrochador, son las unidades de transporte colectivo, convertidas en chatarra ambulante, con los racimos de pasajeros colgando de puertas y ventanas, poniendo en peligro sus vidas. La mitad de los autobuses está parada por falta de repuestos.

Y ya no hay que comer. Nuestros campos, antes destinados a producir alimentos, son hoy llanuras y colinas donde sólo crece el gamelote, que tampoco sirve de alimento a algunas reses, pues éstas han sido sacrificadas para satisfacer el hambre de un pueblo desasistido por quienes le prometieron “la mayor suma de felicidad posible”. Los pollos y gallinas de los granjeros tuvieron que ser sacrificados, pues no había alimentos que darles. Los pescadores no salen a faenar, temerosos de los piratas que les arrebatan los motores de las lanchas y los dejan a la deriva.

Me convertiré en “agricultor urbano”: hace tiempo que no me como un buen lomito a la parrilla, con una buena guasacaca. Ahora, con este asunto de la “agricultura urbana” (un conuco en tu balcón) podré hacerlo. Posiblemente no será de lomito de res, porque reses no hay, mucho menos sus cortes. Así que será un muslo de cerdo. Para eso, tendré que hacer como la familia del viejo chiste, que contaba lo del viajero que pasó por un pueblo y vio un cochino con una pata de palo. Imaginó que algún carro lo habría atropellado, y una familia caritativa lo rehabilitó poniéndole esa rudimentaria prótesis. Se detuvo en una venta de chicharrones y comentó lo de la caritativa familia; los empleados y la clientela local del parador se rieron antes de explicarle que el cochino pertenecía a una familia que, en un momento de mucha hambre, decidieron alimentarse con la pata del animal, pero no quisieron matarlo porque se habían encariñado mucho con él.

Así que, si los vecinos no tienen inconveniente, me compraré un cochino y lo tendré en el balcón. Me compraré un aguacate y sembraré su semilla. Dentro de tres o cuatro años, el árbol me dará aguacates para la guasacaca, junto con tomates y cebollas del huerto que también plantaré. Para entonces, el cochino habrá crecido lo suficiente como para que me “preste” una pata. Se la devolveré cuando le corte una rama al aguacate. Ya no estará maduro.

 

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