TUMEREMO

A estas alturas, hay algo claro: más de veinte venezolanos están desaparecidos en los alrededores de Tumeremo y sus familiares presumen, con base en algunos testimonios, que fueron asesinados.

La palabra masacre inunda las redes. Las hipótesis que pretenden explicar la desaparición de estos venezolanos son escalofriantes. Después de algunas horas de silencio, y en algunos casos de negación polarizada, las autoridades comenzaron a investigar.

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Están buscando cuerpos en una selva que parece hecha para ocultarlos. Esperemos que también estén buscando la verdad.

El propio Defensor del Pueblo pidió una investigación. Pero no una cualquiera: pidió, como si una investigación pudiera ser de otra forma, “una investigación objetiva, independiente, imparcial, que determine finalmente la verdad de los hechos y que se esclarezcan los hechos en función, repito, de la verdad”.

Todos esperamos que la verdad sea encontrada, a pesar del silencio como consecuencia del miedo a esos que matan como único método de resolución de conflictos.

Los testimonios de los familiares desaparecidos repiten un patrón: no piden justicia ni claman venganza, sólo piden los cuerpos. Abatidos por el dolor, verbalizan el requerimiento básico de constatar el final de quienes hasta hacen poco los acompañaban. Piden los cuerpos, aun a sabiendas de que son un sustituto imperfecto de la verdad.

Quizás sea porque, en este momento, ellos no pueden exigir justicia. Quizás sientan que es inútil esperar alguna actuación que los acompañe en su dolor por parte de las instituciones terrenales, esas mismas instituciones a las que hay que pedirles que se comporten de modo imparcial e independiente. Porque hallar los cuerpos no bastará. Nunca ha bastado.

Tomado de www.prodavinci.com

 
Angel AlayónAngel Alayón

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