ERIC DIER, ACERO INGLÉS Y TÉCNICA LUSA

El autor del gol de la victoria de Inglaterra ante Alemania se crió en Portugal y en la academia de fútbol del Sporting

 

Juan L. Cudeiro

“Soy inglés, pero soy como cualquier extranjero”, previene Eric Dier (Cheltenham, 1994). La globalidad era también que Inglaterra superase a Alemania en Berlín con un gol en el último minuto marcado por un chico con sus raíces y su historia vital, la de un joven criado en Portugal. Allí llegó con siete años para asentarse primero en el Algarve y después en Lisboa en cuanto a su madre le salió un empleo para trabajar en el catering de las zonas VIP en la Eucoropa de 2004. Su padre, Jeremy, fue una gran promesa del tenis británico a finales de los setenta, pero no llegó a mayor gloria que la de superar en 1983 una ronda en Wimbledon.

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Portugal es un buen sitio para rentabilizar el poder de la libra esterlina al sol y los Dier así lo entendieron tras unas festivas vacaciones. Compraron una casa y allí creció Eric con sus cinco hermanos, con un talento también que no pasó desapercibido para los reclutadores de la mayor academía balompédica del país, la del Sporting. En ella ingresó con apenas nueve años para empezar a sumergirse en una idea que distaba mucho de la que captaba cuando podía regresar a su país de origen. “Los entrenadores en el fútbol base son muy diferentes”, rememoraba hace unos meses en una conversación con TheTelegraph. “En Inglaterra hay gritos y reproches si fallas un pase, en el Sporting dejan que te equivoques al menos una vez y que intentes resolver los problemas que plantea el juego. Luego aconsejan, no imponen. En el club la primera pregunta no era si habías ganado sino si lo habías pasado bien”.

Con catorce años Eric Dier dio el paso de entrar como interno en la residencia del Sporting en Alcochete, a treinta kilómetros de Lisboa. Allí entre fotos de Futre, Figo, Cristiano Ronaldo, Nani o Quaresma aprendió conceptos que ahora destila. El primero de ellos tiene que ver con la polivalencia porque ha jugado como lateral derecho, central y ahora descolla como mediocentro. El segundo tiene que ver con el trato aseado del balón y una cierta elegancia en todas las acciones. Pero hay un tercer matiz en su fútbol con su genética y origen, con la fortaleza y el poderío aéreo que mostró con un testarazo impecable que dio un vibrante triunfo a Inglaterra en Berlín.

De Portugal al Tottenham

Dier nunca perdió el hilo con Inglaterra. Allí regresaron al fin sus padres mientras él continuaba en Alcochete. Inglaterra le conoció cuando en una campaña publicitaria previa al Mundial de Sudáfrica, con apenas 16 años, Umbro le seleccionó para posar con Rooney, Hart y Wilshere. Los medios se preguntaron quien era aquel chico de tan curiosa peripecia lusa, los técnicos pusieron su radar sobre él y se convirtió en un habitual en el sistema del fútbol base inglés. Una cesión al Everton sub-18 le sirvió para conocer otra realidad y tuvo la ductilidad precisa para, de vuelta en Portugal, emerger en el primer equipo del Sporting. Hace dos veranos el Tottenham decidió invertir cinco millones de euros en su fichaje pese a que apenas tenía un bagaje de 27 partidos como profesional en la liga portuguesa.

En sus dos primeras apariciones en la Premier marcó gol y desde entonces no deja de mostrar un carácter que seguramente le viene de familia. Su abuelo materno, Ted Croker, un expiloto de la RAF en la Segunda Guerra Mundial, fue primer ejecutivo de la sacrosanta federación inglesa durante 16 años que coincidieron con el grave problema generado por el vandalismo en los estadios, un tipo que plantó cara a la mismísima Margaret Thatcher. La primera ministra le invitó a resolver un problema que entendía era tan solo del fútbol. Croker, que murió un año antes de que naciera su ahora afamado nieto, le habló muy claro: “Es un problema de la sociedad. No queremos a sus hooligans en nuestro deporte, señora”. Dier vive ahora en Londres, pero reconoce saudades de Portugal y cree que en la mezcla está su éxito, en aunar la calma lusa con el esfuerzo inglés, la técnica y el acero.

Tomado de El País

 
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