PROPAGANDA GRATIS

Los medios tienen todo el derecho de informar sobre lo que sucede en el mundo, y especialmente lo que atañe a las personas que mañana pueden ser víctimas de un atentado terrorista. Aunque toda la información que se pueda tener sobre los peligros que se viven en el mundo entero a causa del fanatismo religioso no son suficientes para garantizarnos el estar a salvo de sus ataques.

Pero supongo que lo peor que le puede pasar a un terrorista suicida es que su “sacrificio” no sea reconocido. Que no sea difundido mostrando su identidad, su imagen, su formación como fanático de una creencia que asesina y causa dolor en familias que pierden a sus seres queridos o enfrentan el terror infundido por la amenaza constante y agazapada tras la aparente inocencia de un pasante cargado de explosivos.

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Me imagino la cara de satisfacción, por el triunfo conseguido, que pondrán los jefes del terrorismo. Supongo que lo importante para ellos no son la veintena de muertos más la centena de heridos que puedan resultar del atentado criminal, sino el ver en las televisiones del mundo las imágenes de los destrozos causados, las palabras de condolencia de los presidentes y primeros ministros de las naciones afectadas y sus amigas, la impotencia de las autoridades ante la amenaza que nos arropa a todos con su sangriento manto, y su  desorientación ante enemigos escurridizos e inidentificables, sin uniformes o emblemas que los distingan como terroristas. Las simples facciones con rasgos moros u orientales no son suficientes para levantar sospechas, pues la mayoría de los seres con esas características son ciudadanos pacíficos y amantes del prójimo. Son una pequeñísima fracción los que militan en las filas de los fanáticos asesinos.

El amarillismo puede ser el mejor aliado de los terroristas. El regodearse de los periodistas y camarógrafos en las imágenes de los edificios derruidos, de los cuerpos destrozados, de las calles llenas de escombros, carros de bomberos, ambulancias y gente herida que deambula sin saber qué ha pasado, deben ser elixir para el tortuoso cerebro de quien provocó,  programó o inspiró la cruel acción. La repetición de tales imágenes y descripciones orales son la mejor propaganda para los fines que persiguen. Mientras más alharaca, más cerca estarán los suicidas de alcanzar ese paraíso en el más allá común a todas las creencias. Lo peor para ellos, insisto, será el olvido, la minimización de su “hazaña”, la condena firme pero lacónica. Peor aún sería que sus cadáveres quedaran insepultos, alimento de carroñeros, pero todo hombre de bien debe preferir la misericordia y condenar tan terrible negación a la dignidad de quien no la ha reconocido en sus víctimas.

Toca a los medios de comunicación reflexionar sobre sus actuaciones ante las tragedias de este tipo, sobre su difusión en forma especulativa y buscadora de “rating”, sobre la utilización de tan poderosos medios de comunicación como altavoces que hacen eco de los logros de estos fanáticos, para satisfacción de los terroristas que ven cómo estos medios sirven inintencionadamente a sus propósitos.

Tal vez hagan más daño que las promociones comerciales de cigarrillos y licores, y hasta de la misma pornografía, tan controladas por regulaciones pacatas y de un falso puritanismo. Y conste que no se trata sólo nuestra arbitraria legislación, que permite los insultos en los canales del estado, y condena cualquier comentario expresado por algún opositor en alguno de los pocos medios no plegados aún al régimen.

 

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