DE GOLPE EN GOLPE

La evidencia histórica es definitiva sobre el fracaso de los gobiernos militaristas iberoamericanos. Sencillamente son incapaces de lograr auténtica legitimidad

Domingo Irving

Desde que fui arrastrado a la actividad política, año 1953 para ser preciso, he escuchado decir que Venezuela estaría al borde de una guerra civil o, en su defecto, de un inminente golpe de estado que lo arrasaría todo. La retórica de las guerras civiles es recibida hoy en tono de befa, probablemente porque ningún humano viviente –salvo los que cumplieron 113 años- ha visto  alguna, y es natural que así sea pues la última que martirizó nuestro país fue la Libertadora del general Manuel Antonio Matos, cuyo postrer vagido ocurrió en 1903 aplastada por la superior calidad del armamento de Cipriano Castro y la tenacidad montuna de Juan Vicente Gómez.

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De golpes militares (o de “Estado”) solo puede decirse que desde 1908, cuando Gómez desplazó de la presidencia al enfermo Castro, hubo ciertamente innumerables tentativas pero hablando con propiedad únicamente dos tuvieron éxito, ambas con presencia protagónica del oficial superior Marcos Pérez Jiménez y aun cabría recordar que el primero, el célebre 18 de octubre de 1945, triunfó porque el presidente Medina Angarita, cansado y decepcionado, resignó el mando cuando contaba con fuerzas suficientes para desvirtuar o cambiar el resultado. Y el segundo se benefició de la absurda disociación entre el presidente Gallegos y el expresidente Betancourt para que el aventajado líder de AD, quien había desbaratado varios golpes, saliera de Venezuela, circunstancia aprovechada por los complotistas para apoderarse de Miraflores.

Las tentativas contra Gómez sucumbieron al igual que la de don Eustoquio contra López Contreras y las aventuras militares contra la Junta Revolucionaria de Betancourt, las intentadas contra la Junta Militar de Delgado, la dictadura de Pérez Jiménez, las acometidas contra los gobiernos democráticos a partir de 1958 incluidos los de Chávez en 1992 contra CAP. Anticomunistas, comunistas, derecha, centro, izquierda. Un fracaso sin atenuante. A la vista de semejante panorama no parece fácil salirse con la suya mediante operaciones golpistas. Pero en cualquier caso es absolutamente inconcebible que, –fuera de desearlas,- grupos de civiles estén en capacidad de ejecutarlas. Algunos se plegarán, alentarán desde afuera pero de ahí no pasan… ni los mismos militares lo permiten, como podrían testimoniarlo Douglas Bravo y Gabriel Puerta, puestos a un lado por Chávez a la hora de la verdad.

Perón incluso hizo teoría al respecto. En su obra Tres Revoluciones (Peña Lillo Editor S.A.) habla de tres etapas en la planificación de un golpe: concepción, ejecución y legitimación. En las dos primeras no pueden figurar civiles, que seguramente estropearán todo. En cambio, después del triunfo de los militares y la toma del poder, serán llamados para que aclamen y griten loas a los militares.

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Por eso, Maduro jamás podrá presentar ni vestigios de prueba para cimentar sus maniáticas alusiones a magnicidios, golpes o invasiones que prepararían la MUD y las restantes organizaciones civiles que lo adversan, y nunca podrá convencer a nadie de sus obsesiones. ¿Y los militares, dónde están? le responderán sus interlocutores,con un punto de ironía.

A diferencia de Venezuela, Brasil es un país democrático. El Supremo Tribunal Federal afirma su independencia y actúa conforme a su conciencia, en lo mismo andan el Congreso, los medios, la gente en la calle. Más importante es que las Fuerzas Armadas no salen en defensa ni en contra de la presidente y su vapuleado régimen. Entienden que ese no es su papel. El ministro de la defensa y el alto mando no atan su suerte a la del poder como ocurre en la atormentada Venezuela ni el poder les pide que lo hagan, por muy trágico que sea el momento que vive.

Dilma no es Maduro, desde luego, pero muy desesperada debe ser su situación para que lo único que esté alegando en su defensa es que sus adversarios están organizando un golpe de estado contra ella. Si a eso se reduce su alegato –supongo que presentará algo más serio en el Senado- perderá el poder y por añadidura irritará a todos los civiles que han llevado adelante el impeachment y la investigación a fondo de la fétida corrupciónque parece envolver a decenas de líderes de su partido, incluyendo en lugar estelar, al fundador, al hábil y exitoso Lula da Silva, arrinconado en un lugar no especialmente honorable.

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Maduro hace anuncios repetitivos de magnicidios, golpes e invasiones pero sin prueba alguna.

¿Por qué tendrían que irritarse? Ah, porque si no apuntan a los militares voluntariamente distanciados de la cuestión, lo que Dilma y Lula están sosteniendo virtualmente es que el Supremo Tribunal, el pueblo en calles y aceras, los senadores y diputados que se pronuncien por el impeachment son, todos ellos, los golpistas del cuento. Sin armas, sin mandos militares, sin preparación para operaciones de este género, serían un caso único en la historia de Brasil, con sus brutales dictadores militares.

Si Dilma ha de ser excluida del mando, cosa que no estoy en capacidad de anticipar, quedará demostrado que la institución militar de su país no quiere el poder. Sería una muestra de sabiduría y progreso cívico, además de buena experiencia, habida cuenta del certificado naufragio de los  gobiernos militaristas a lo largo del continente.

Pero quedaría sepultado, una vez más, el desteñido recurso de arrojar el cargo de “golpistas” sobre el movimiento civil y democrático, para encubrir el desastre que ha causado la falacia de ciertos gobiernos y de sus estólidas banderas.

¡Hombre! Por lo visto la ignorancia es la fuente del 90% de los dislates que ornan la gestión del presidente Maduro

 

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