SI ES BRUTO, MARQUE 8

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Los venezolanos no somos masoquistas, salvo, claro está, algunas personas de la alta jerarquía chavista, como la que declaró que las colas eran “sabrosas”. En ella, realmente, eso no es resultado de masoquismo, sino de no haber hecho nunca una cola, en razón de su pertenencia a la alta esfera gubernamental. Por ahora. Y, por no ser masoquistas, no nos parece nada “sabroso” hacer una cola desde la madrugada hasta la noche para conseguir un kilo de azúcar. Por el contrario, nos resulta de lo más traumático, así como no saber en qué momento se nos interrumpirá el suministro eléctrico o del agua. O nos robarán la batería del carro. Cualquier hora y lugar son buenos para el hampa.

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Y podríamos hacer una lista de situaciones que nos traumatizan, a pesar de aquellas promesas de “la mayor suma de felicidad posible”, pero hoy quisiera comentar lo terrible que nos resulta llamar a un servicio telefónico automatizado. No puedo generalizar, pues no tengo cuentas en todos los bancos, ni mucho menos. Solamente puedo escribir sobre el banco de los “puntos verdes”, y cuyo dueño ha sido clasificado por Forbes como el más rico de Venezuela. Hay que aclarar que en esa clasificación no han sido consideradas las fortunas de los jerarcas del chavismo y sus amigos y familiares.

Hace unos días (era domingo) acudí a una agencia de ese banco “de los puntos verdes” a retirar algo de dinero en uno de los cajeros automáticos. Probé en tres de ellos, siempre con el mismo resultado “inhabilitado para suministrar efectivo”. No bien había regresado al carro, recibí un mensaje que me informaba sobre un retiro efectuado y que, si lo desconocía llamara al número que allí se indicaba, seguido de una secuencia de otros dígitos que debía ir pulsando a medida que una fastidiosa e impersonal voz femenina iba instruyendo para qué era cada opción. Cuando hube terminado de marcar los números que la grabación me iba indicando, resultó que me pedía pulsar en mi teléfono los números de la tarjeta que quería anular. No se trataba de eso. Yo lo que quería era hablar con alguien, un ser humano como yo, para decirle que la máquina automática no me había dado ni un céntimo, y que me habían cargado la pequeña cantidad (¿de dónde más?) que había intentado sacarle a mi mermada cuenta. Inútil gestión.

Igualmente pasa con CANTV. Internet se tarda en enterarse de que Corpoelec (o Cortoelec, como la llaman algunos) nos había restablecido el servicio eléctrico, luego del apagón del día. Un paciente monje no me ganaría. Espero un largo tiempo, sin desespero, a que en la pantalla de la computadora aparezcan las rayitas y el aviso de “Acceso a Internet”. Pero el lunes me ganó el hipotético monje. Perdí la paciencia y marqué el 0800-2268800 y esperé, luego de una repetitiva melodía, a que me dijera la voz femenina grabada (nunca es masculina) que era bienvenido al “Servicio Telefónico de CANTV”. Y de nuevo: para tal cosa, marque 1; para esta otra, marque 2, etc., etc. Cuando llegué a la opción de ABA, marqué mi número telefónico, e hice lo que me iba indicando la grabación; tuve que esperar unos cuantos minutos para que me atendiera una cansada y mecánica voz ¡un ser vivo! que me ametralló verbalmente con su rutina: que si me encuentro frente al equipo, un largo y tortuoso caminar por menús, números, códigos y “aceptar”, etc. Finalmente la voz me pidió anotar el número del reporte. Y que me llamarían. Todavía no me han llamado, pero al menos pude enviar este artículo. Y tarde, por cierto…

 

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