SIMEONE Y GUARDIOLA, UNIDOS POR TODO MENOS POR EL FÚTBOL

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Son obsesivos, trabajadores y atentos al detalle. El ‘Cholo’ controla las básculas personalmente, mientras Pep analiza desodorantes

FRANCISCO CABEZAS / EDUARDO J. CASTELAO

En el Vicente Calderón, el pasado sábado, había sonrisas ocultas. Todos los comentarios eran para la misma acción, claro, ese lanzamiento de un balón por parte de uno de los recogepelotas cuando el Málaga lanzaba un contragolpe en el último suspiro de la primera parte. Y esas sonrisas expresaban todas lo mismo: «Hasta eso está preparado aquí». Así es. Más allá de probar si Diego Simeone ordenó o no al chico que tirase el balón -parece obvio que sí-, hasta el desempeño de esos recogepelotas está dirigido por el Cholo. Saben los chicos cuándo dar rápido el balón y cuándo ocultarlo, cuándo darlo en la mano del rival o cuándo echarlo al suelo. Cuándo tirar un balón al campo para parar el juego y cuándo no. Josep Guardiola probablemente nunca recurra a eso, pero es capaz de ordenar un análisis de un desodorante y de una colonia para encontrar los motivos de las constantes lesiones de un jugador. Dos tipos obsesivos, asfixiantes para quienes trabajan con ellos, se miden desde el miércoles. El premio, una final.

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El futuro

Suena raro, pero la primera similitud se encuentra en el diseño de sus carreras como técnicos, que ambos tienen claro prácticamente desde antes de iniciarlas. Guardiola, pese a ser contradictorio en muchas cosas, esa la tiene clara: la experiencia que comenzará el próximo verano en Inglaterra, en el City, un paso que consideraba necesario en su devenir deportivo, habrá prácticamente colmado sus aspiraciones como técnico. Tiene claro que no estará en la primera línea de fuego hasta los 60 años. Su verdadero anhelo es tutelar y educar a niños alejado por fin de la presión.

Al Cholo todavía le quedan varios pasos más antes de hacerse a un lado. De momento no piensa abandonar el Atlético, donde siente que está haciendo algo que la historia recordará, pero tiene claro que entrenará en Italia, donde jugó, y quizá en Inglaterra, aunque eso dependerá de la selección argentina. «Fue mi vida», suele decir, y tarde o temprano terminará en ese banquillo porque siente que el círculo se cierra ahí.

El mensaje

Tanto en el Bayern como antes en el Barça, Guardiola hizo del mensaje una de sus principales armas. Ya fuera ante el púlpito mediático, desde donde siempre marcó la agenda, ejerció incluso de portavoz del club y controló la toxicidad del entorno, como, sobre todo, en un camerino cargado de hombres con grandes ombligos. Para conseguirlo, ha procurado aplicar las enseñanzas de su fallecido padre futbolístico, Johan Cruyff. «Con él sentías que era posible dominar el fútbol. Johan llegó y dijo: ‘Seguidme’. Te animaba a seguir su instinto como entrenador, no tanto la lógica», decía el propio Pep al periodista Jordi Basté en una proclama que él mismo ha aplicado. A diferencia de Simeone, en sus prédicas siempre intentó introducir el argumento futbolístico. Nunca rechazó la explicación táctica, además de poner a disposición de sus jugadores un sinfín de herramientas técnicas con el fin de que cualquiera pueda descifrar sus ideales sobre el campo.

Eso, las herramientas, también las pone Simeone para sus chicos. Tampoco le importa entrar en los detalles tácticos que gobiernan los partidos, pero tiende a enfatizar el aspecto sentimental del fútbol. Las apelaciones a la piel, a los sentimientos, son constantes. Ninguno de los dos soporta no saber qué se dice de sus equipos.

Los detalles

Guardiola propuso, e impuso, desayunos y almuerzos en grupo, control exhaustivo de las comidas -Messi no olvidará el día en que le prohibieron las bebidas gaseosas y le mostraron cómo trocear el pescado-, la insistencia en llevar una vida ordenada -el técnico siempre se las apañó para saber si sus jugadores pisaban o no las discotecas de Barcelona- y, por supuesto, el control médico, su gran caballo de batalla en el Bayern. Cuando era entrenador del Barcelona, no lograba entender por qué Jeffren se pasaba más tiempo en la camilla que entrenando. Así que encargó analizar el desodorante y la colonia del futbolista por si tenían algo que ver. En Múnich, incapaz de entender la pandemia de lesiones que ha limitado al Bayern durante sus tres temporadas en el banquillo, no dudó en enfrentarse a una eminencia como Hans-Wilhelm Müller Wohlfart, que acabó renunciando después de 38 años en la entidad. Simeone no analiza colonias, pero obliga a sus jugadores a pesarse antes y después de cada entrenamiento, sintetiza en no más de 10-12 minutos de vídeo el rival siguiente, pone a disposición de los chicos el plan de la pretemporada antes del último partido del año y escudriña a los oponentes hasta el extremo.

Las ‘locuras’

«Trabajo, trabajo y más trabajo», es el mandato del Cholo, aplicable en la misma medida a Guardiola. A uno le gusta trabajar en casa y al otro le encanta permanecer mucho más allá de ocho horas en el despacho de la Säbener Strasse, la ciudad deportiva del Bayern. Ambos exprimen a sus futbolistas hasta el extremo. Ambos los hacen indudablemente mejores. Ambos, también, suelen tener una fecha límite. «Es tan intenso, que los jugadores acabarán agotados de Pep», pronosticaba Thiago Alcántara a Martí Perarnau en el libro Herr Pep. «Te hace mejor. De hecho, te hace mucho mejor», dice Juanfran, y sólo hace falta recordar a jugadores como él, como Miranda, como Godín, como Filipe, como Gabi… para darse cuenta de ese crecimiento, casi exponencial. Ambos se asientan sobre un grupo de confianza. Guardiola traza una obra en la que Manel Estiarte es su ángel de la guarda. Por supuesto, le acompañará en su viaje a Manchester -junto a Domèmech Torrent, Carles Planchart y Lorenzo Buenaventura-. Estiarte definía su obsesión: «Te lo llevas a comer a un restaurante para que se olvide del fútbol, pero a los 32 minutos ya vuelve a las andadas. Los ojos se le van al techo, hace que sí con la cabeza, te escucha pero ya no te mira, ya está pensando otra vez en el lateral izquierdo, en las coberturas del mediocentro, en los apoyos al extremo…».

Simeone hace lo mismo, y además lo explica. Coge las servilletas, los vasos, los tenedores, los cuchillos y lo que haga falta para dibujar un sistema táctico. Por si eso fuera poco, en Simeone aparece el horóscopo, herencia de Nilda, su madre, creyente a fuego. «Creo mucho en ello», dice, y mira de qué signo son los jugadores antes de ficharlos porque cree que, basándose en eso, ha de tratarlos de una manera o de otra. Depende.

Y el fútbol

El fútbol es lo que separa definitivamente a Guardiola y a Simeone. Al Bayern y al Atlético. El balón contra los espacios. Atacar para defender o defender para atacar. Buscar el gol masticando o tragando sin más, según llega la comida a la boca. Aquí, no se parecen en nada.

@FCabezas78

@EJCASTELAO

 Tomado de El Mundo España

 

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