CUBA:
TODO SIGUE IGUAL

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Una evidencia compartida por todos, incluso por el propio gobierno, son los cambios políticos, económicos y sociales profundos y sin dilación que requiere la situación cubana. Reformas que se esperaba marcarían una nueva era dadas las excelentes condiciones internacionales alcanzadas por el régimen tras el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y la exitosa negociación con la Unión Europea, además del apoyo sin reservas que le ha brindado la comunidad latinoamericana. Medidas que se esperaba serían anunciadas en el VII Congreso del Partido Comunista Cubano que acaba de celebrarse en La Habana.

Salvo quienes no se hicieron ilusiones por conocer la temporalidad en la que se mueve el castrismo, salvo la integración de nuevos rostros en los estratos dirigentes del partido, pero que no tienen ninguna influencia real, no hubo medidas que marcaran un cambio de política o de estilo en relación al rancio modelo castrista. La decepción ha sido grande; primero para los cubanos, que una vez más vieron como única alternativa de cambio el exilio, luego para la comunidad internacional que esperaba que el acelerado intercambio que se ha establecido con EE.UU. y con la Unión Europea, incitarían al régimen cubano a romper el autobloqueo y a integrarse como un país más en la comunidad internacional. En lugar de las reformas esperadas, la dirigencia histórica optó por administrar dosis homeopáticas cuando se necesita una intervención de alta cirugía. La casta de los comandantes históricos fue ratificada y en la política interna, todo continúa como siempre.

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En materia económica, en lugar de reformas y la creación de un marco legal que permita a los cubanos ejercer actividades comerciales que terminarían creando un sistema económico nacional, sólo les está permitido el simple estatus de vendedores de productos alimenticios: a los llamados “cuentapropistas” (dueños de pequeños restaurantes montados en casas privadas) se les negó personalidad jurídica, para evitar, según los lineamientos del partido, que generen un sistema capitalista e impongan la propiedad privada, es decir, logren ser autónomos, condición reñida con la filosofía del régimen que requiere docilidad y dependencia, por parte de los súbditos. Mientras que se ratifica en los puestos de mando a la vieja casta militar que dirige el poder desde 1959, única habilitada a manejar las relaciones económicas con consorcios y sectores estratégicos trasnacionales. Comunismo para el ciudadano de a pie, relaciones capitalistas para la oligarquía militar.

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¿Era posible para el general Raúl Castro proceder de otra forma? ¿Es posible concebir que se desplace de una vez por todas, la casta de comandantes históricos que han asegurado hasta ahora la hegemonía del poder y se desmonte el entramado simbólico sobre el cual ha reposado el totalitarismo castrista?

Además del hecho crucial de no contar más con el poder carismático de Fidel Castro que la pálida figura de su hermano no puede reemplazar, el general Raúl Castro, como buen leninista, decidió aplicar el axioma del líder bolchevique: para avanzar se “debe dar un paso atrás y dos adelante” que en términos castristas, Raúl Castro tradujo así: “Avanzar con paso seguro, sin prisas, pero sin pausas, con la gradualidad e integralidad necesarias para alcanzar el éxito”.

La clave del VII Congreso no fue el anuncio del comienzo de una nueva era mediante reformas, sino la apertura de un ciclo de cambio y continuidad. Nada de brusquedad: dejar que el ciclo biológico cumpla con la tarea de la desaparición del grupo de los históricos, mientras tanto, ir organizando el futuro entramado de poder, en el que el partido/ejército ejercerá el poder, puesto que “el partido es inmortal”, en cambio los hombres mueren como lo anunció el propio Fidel Castro en la clausura del Congreso que tuvo un aire de funeral porque según sus palabras: “a todos nos llegará nuestro turno”… “Tal vez sea la última vez que hable en esta sala”… “Los hombres mueren, el Partido es inmortal”.

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Para Raúl Castro, el reto es lograr antes del término de su ciclo biológico, la consolidación de una estructura económica más eficiente (sin frijoles no hay revolución dijo una vez) y estructurar el equipo que asegure la continuidad de los mandos tradicionales de poder, esa suerte de “autarquismo político” que es el modelo del socialismo castrista.

En realidad el VII Congreso dejó sentadas las bases del próximo período que consiste en la organización del grupo dirigente que tomará el lugar del grupo de los históricos. De allí la “reelección” de Raúl Castro para continuar ejerciendo el cargo de Primer Secretario General del PCC hasta el 2021 (en el 2018 abandonará sólo la presidencia). Significa que desde ese puesto clave, seguirá ejerciendo el modelo de “poder vitalicio” pues como decía Lenin: “salvo el poder, todo es ilusión”, pero será sobre todo, terminar la tarea de supervisar el nuevo equipo que inaugure la verdadera transición política, cuando a la vieja guardia, a Fidel Castro, la biología los haya descartado al fin del poder.

La clave del “éxito” del castrismo es el inmovilismo y la repetición al infinito de las mismas recetas sobre las cuales se ha sustentado el régimen desde hace más de medio siglo. La retórica bélica, el enfrentamiento con el enemigo histórico, el control de la sociedad por los servicios de inteligencia, el partido comunista como instrumento de control ideológico, todo ello bajo el control hegemónico de las fuerzas armadas que tienen en sus manos el único rubro de economía que existe en la isla: la industria turística. Dicho sea de paso, el mismo modelo que se implementa hoy en Venezuela. Cuando Maduro le otorga el mando de la industria petrolera a la Fuerza Armada, no está haciendo otra cosas que seguir los “lineamientos” dictados por La Habana que a muchos han sorprendido porque en Venezuela se sigue ignorando la filosofía de poder del castrismo.

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Miguel Díaz Canel

Poco se ha comentado el proyecto de reforma de la Constitución anunciado por el general Raúl Castro en su informe al VII Congreso que desde mi punto de vista es el anuncio de mayor proyección emanada del Congreso. Es un punto clave, porque la característica del castrismo es que nada se hace fuera de la institucionalidad concebida por el régimen. Si reformas hay, se harán de manera definitiva y serán mandato contenido en la Carta Magna. Dato de sumo interés porque demuestra que tiene bajo la manga una hoja de ruta que le puede permitir realizar maniobras, tales como la de modificar el organigrama del gobierno tal y como existe en la actualidad y otras modificaciones de envergadura.

Miguel Díaz Canel, quien se supone, deberá relevar del cargo que ocupa hoy el general Raúl Castro y en tanto que presidente, le corresponderá también ejercer la jefatura suprema y la organización de todas las instituciones armadas siendo los militares el verdadero poder, la verdadera columna del régimen junto al ministerio del interior -sería el primer civil en ocupar ese cargo. Opción difícilmente imaginable dado lo que representan las FAR como poder hegemónico en el entramado de poder castrista y dado que Díaz Canel no es militar, es un ingeniero civil apreciado por sus dotes de tecnócrata.

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Alejandro Castro Espín

En relación a este punto, cabe preguntarse acerca del futuro en la cadena de mandos, cuál será el destino del hijo de Raúl Castro, el coronel Alejandro Castro Espín, de 51 años, quien detenta en la actualidad el cargo de mayor poder en Cuba como Coordinador de los Servicios de Inteligencia de las fuerzas armadas y del ministerio del Interior. Cabe la hipótesis de que la reforma de la constitución divida los cargos que ejerce en la actualidad Raúl Castro. Díaz Canel, ejercería entonces una presidencia a la imagen de la de Oswaldo Dorticós; uno de esos presidentes, que según el general De Gaulle, están para “inaugurar crisantemos”. Alejandro Castro Espín aparece como el candidato más idóneo para ejercer el cargo de comandante Supremo de las FAR.

En cuanto a las relaciones con Estados Unidos, Bruno Rodríguez, ministro de Relaciones Exteriores, fue el encargado de anunciar en el VII Congreso, la reanudación de la guerra con EE.UU., al declarar que durante la visita de Obama a Cuba “hubo un ataque a fondo a nuestra concepción, a nuestra historia, a nuestra cultura y a nuestros símbolos”. Por su lado, el general Raúl Castro, en el discurso de apertura del Congreso se refirió a Estados Unidos como “el enemigo”.

Que todo cambie para que todo siga igual.

 
Elizabeth BurgosElizabeth Burgos

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