EL TESORO PERDIDO DE JUAN VICENTE GÓMEZ

En la enfermería no había médico a esa hora, así que Eutimio fue quien atendió al anciano. No había mucho que hacer con aquel viejo golpeado una y mil veces. Lo enviaba la Seguridad Nacional y era evidente que no querían que se muriera allá. Como preso político, era extraño que no lo trasladaran a La Modelo, con adecos y comunistas.

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Eutimio examinó la cara deformada por los golpes. Revisó su cuerpo y al tacto supo que tenía por lo menos tres costillas rotas. Debía estar cerca de los setenta y se preguntaba qué habría hecho para ganarse aquella golpiza. Tomó un trapo y lo humedeció para colocarlo en la frente del hombre, quien respiraba con dificultad, dejando oír un silbido. El apaleado por los esbirros abrió un poco el único ojo medianamente sano. Parecía ver al enfermero, pero en verdad estaba delirante. De pronto, comenzó a mover los labios y Eutimio acercó la oreja. “Sí mi general. No se preocupe, mi general. Para eso soy hombre y aguanto. Sí mi general. Sigue ahí. Cuatro baúles con morocotas de las buenas, otro con las joyas y otro con lo que usted sabe. Si mi general, entre Magdaleno y Belén. La ceiba se ve desde la carretera. No se preocupe, no le voy a fallar”.

Eutimio miró al hombre y supo que estaba en sus últimos momentos. Lo que había dicho seguramente era producto de la fiebre, aunque paró la oreja cuando oyó lo de oro y joyas. Quién sabe que sería eso. El enfermero pensaba en su propia pobreza, cuando entró el médico, acompañado del director de la cárcel del Obispo. Se veían contrariados. El jefe decía al doctor que cómo era posible que trajeran aquel hombre en ese estado y ahora él cargaría con ese muerto. Al médico tampoco le hacía gracia tener que firmar un certificado de defunción por “muerte natural”, cuando todos conocían los métodos de la Seguridad Nacional. El enfermero oyó un estertor y miró al viejo. Acababa de expirar. Ya no tenía nada que hacer allí, pues no era empleado funerario. Pidió permiso y se fue.

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En verdad no era enfermero, pero aprendió algo de auxilios. Y eso le permitió conseguir el empleo que nadie quería en aquella cárcel. No era vigilante, ni preso. Fue a las habitaciones de los guardias y ahí encontró al sargento Ramírez, un andino amistoso. Se saludaron y Eutimio informó lo del viejo muerto. El sargento se le quedó mirando raro y luego preguntó: “¿No sabes quién es? Ese viejo fue el único espaldero del general Gómez. Un indio colombiano que andaba con él, desde que salieron de Cúcuta para agarrarse el gobierno aquí en Caracas. Tenía grado de coronel, pero probaba la comida antes que se la dieran al general, por si estaba envenenada. Dormía atravesado en la puerta del cuarto de Gómez y le llevaba las mujeres escondidas en la oscuridad de la noche”.

–Caramba –dijo Eutimio— con razón estuvo hablando de mi general para acá y mi general para allá. ¿Era de mucha confianza de Gómez entonces? Y el sargento que sí, era de suma confianza, y le protegía hasta la plata. Bueno, plata no. Morocotas de oro, que en ese tiempo Gómez guardaba cerca, por si acaso. Su tío de San Cristóbal le había contado que el general sólo creía en el oro. “Eloy Tarazona se fue en el 36, al morirse su jefe, y dicen que tenía una finca al otro lado, en la Don Juana, cerca de Cúcuta. Se rumora que el “negro” Sanz andaba detrás de eso, que envió un tipo a convencer al viejo de darse un paseo por aquí, cortesía del general Pérez Jiménez. Cuando llegó a Caracas lo llevaron a la Seguridad. ‘Suelespuma’ le dio con todo, pero no pudo sacarle nada”. Eutimio no habló más.

Al rato se despidió, mientras su mente volaba: “Así que eso era. Baúles con morocotas, Magdaleno, Belén. Eso creo que queda en Carabobo. Yo una vez fui de niño. Se llega desde Maracay. Como que me voy a dar un paseo por allá. Quien quita que vea una ceiba desde la carretera”.

 

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