¿JUEGO TRANCADO O PARTIDA FINAL?

Pareciera que estamos en un juego trancado. Para dilucidarlo miremos el campo de juego. Allí vemos que el gobierno y la oposición copan por turno las mismas posiciones de bateo o de captura  de la bola. Parecen jugar a la pelota.

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El empate

En nuestro contexto estas posiciones son espacios como la AN y el CNE. Los equipos alternadamente ganan y pierden el favor de la fanaticada y con tiempo suficiente cualquiera puede ganar todos, o la mayoría de, los órganos del Poder Público Nacional. Pero juegan de modo distinto y, en este sentido, pareciera que el gobierno juega béisbol y la oposición softball. En realidad el equipo de la oposición, que a ratos parece una caimanera, juega más bien fútbol y ya sabemos lo difícil que es batear jonrón con un balón, aunque al otro no le va mejor tratando de hacer gol pateando una pelota de spalding cuando tiene la pelota en su terreno. Por su singularidad es el juego más interesante, difícil y peligroso en la política nacional desde antes de la Guerra Federal. Hay mucha incertidumbre sobre las próximas jugadas, pero menos sobre si es el estado terminal del partido.

Aunque ambos buscan anotar puntos a su favor lo hacen con racionalidades distintas, por lo que sus juegos deben analizarse bajo criterios propios para cada caso. Grosso modo, la oposición busca desalojar constitucionalmente al gobierno actual y mantener las jugadas sobre el terreno legal y político, mientras que el gobierno persigue quedarse a todo trance con todo el poder sin ahorrarse amenazas de mudar el torneo al terreno de la confrontación total. La oposición promueve un juego plural, mientras que el equipo gubernamental quiere jugar solo, sacando al contrario mediante su anulación legal o política. Por cierto, ambos pujan por hacer que el otro juegue como el uno quiere. En cuanto a poderío se refiere el gobierno tiene el músculo policial y judicial para encarcelar selectivamente a algunos opositores, pero carece de la fuerza nacional e internacional para hacerlo con todos sus oponentes. Estas verdades la saben ya muchos, entre ellos los militares.

En rigor, y desde sus respectivos entendimientos, cada uno hace lo que debe hacer. La oposición presiona para que la suerte del régimen se dirima electoralmente, usa sus competencias constitucionales  para sancionar leyes, establecer controles al gobierno y espera el vencimiento de los lapsos legales para nombrar reemplazos en los otros poderes públicos, mientras que el gobierno busca postergar tanto como pueda la solución electoral. Desde esta perspectiva pareciera que el  juego está trancado, pero “ahí está el detalle” diría Mario Moreno.

El gobierno cree que con postergar la salida electoral gana tiempo para desgastar electoralmente a la oposición, anular legalmente a la AN y aguardar la recuperación de los precios petroleros, pero yerra en la definición del problema y de su solución. Su mayor inconveniente no es la baja del precio petrolero, pues somos es el único productor de crudo que tiene bajas reservas internacionales y cuyo PIB desciende, incluso con precios altos. Tampoco lo es no controlar la AN, pues muchos gobiernos mantienen la gobernabilidad y gobernanza con minoría parlamentaria.

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La partida final

Sí lo es la debacle de su capital electoral, el rechazo a su liderazgo y a los efectos de sus políticas. Lo es la disminución del Estado pues no tiene la exclusividad de la violencia, no ejerce la soberanía sobre todo el territorio nacional y perdió la unidad de mando. Hoy es más dependiente de poderes foráneos, de un solo producto de exportación y de los mercados internacionales. Tiene espantados a los  inversionistas, a las fuentes de crédito externo y el aparato productivo nacional, incluyendo Pdvsa, está en ruinas.

Yerra el gobierno al pensar que sólo juegan él y los partidos, sin darse cuenta que se ha sumado protagónicamente la mayoría nacional. Las pinzas del TSJ y del CNE no sirven contra este jugador y la MUD no lo controla enteramente. Para tener ganados a los guardianes del juego no bastan ya cuotas de poder y beneficios, pues analistas informados dicen que nunca antes habían visto a los árbitros armados tan agitados como ahora. El problema de fondo es su modelo y su incapacidad para abandonarlo, sumado a que el nuevo actor hace de la calle el nuevo tablero de juego y allí el gobierno tiene pocas cartas a su favor.

Claro que el juego está trancado en lo  institucional. Pero globalmente no porque lo dinamizan  nuevos jugadores y también  el tiempo quien actúa sin que nadie le gane. Visto desde la barra lo racional sería dialogar porque la correlación de fuerzas actual hace imposible la gobernabilidad sin la oposición, no digamos gobernar en su contra. Tras bastidores se dialogan transiciones. La calle presiona. F. Mires dice que el gobierno tropieza consigo mismo. Añadimos que por su propio juego también se topa con la economía, el colapso de los servicios, el legado recibido, y con millones de participantes protagónicos voceando que desean ver terminada esta partida.

 
Daniel AsuajeNo photo

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