LOS NUEVOS BÁRBAROS

La UE recurre a un espacio tapón susceptible de servir de muro de contención

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Tras el colapso del imperio soviético dos libros paradigmáticos buscaron explicar hacia dónde se dirigiría el mundo tras el fin de la Guerra Fría. Se trataba de El Fin de la Historia de Francis Fukuyama y de El Choque de las Civilizaciones de Samuel Huntington. Mientras para el primero el planeta tendía a homogeneizarse bajo la democracia y el libre mercado, para el segundo se entraba en una etapa de confrontación entre las siete grandes civilizaciones globales, siendo particularmente notorio el enfrentamiento entre Occidente y el Islam. Un tercer libro de mucha importancia, que buscó dar respuesta a la misma interrogante, no obtuvo la resonancia de aquellos. Su título era El Imperio y los Nuevos Bárbaros y su autor era el actual miembro de la Academia Francesa, Jean-Christophe Rufin. El no provenir de la esfera anglosajona fue quizás la razón que determinó la falta de resonancia universal de aquella obra. De hecho, el único libro escrito por un francés que ha alcanzado resonancia global en las últimas décadas ha sido El Capital en el Siglo Veintiuno de Thomas Piketty.

Recurriendo a un símil con el Imperio Romano y los territorios bárbaros no asimilados que lo rodeaban, Rufin dividía al mundo pos Guerra Fría en dos grandes espacios. El imperial, conformado por el hemisferio Norte y el bárbaro, representado por el hemisferio Sur. Según él no había articulación posible entre los mismos. Se trataba de dos esferas humanas llamadas a evolucionar en dirección contraria. Una hacia la prosperidad. La otra hacia una era de cataclismos políticos, económicos y sociales. El “Nuevo Imperio” (el hemisferio Norte) buscaría por tanto resguardar su florecimiento y su estabilidad de los sobresaltos inevitables en los que se sumiría el Sur. A tal fin, se abocaría a la construcción de una zona de delimitación con este último. La misma se identificaría con aquellas fronteras “blandas” que utilizaban los romanos y que fueron conocidas con el nombre latino de “limes”. Según Rufin el Nuevo Imperio crearía así un espacio “tapón”, por vía de una cadena de estados colindantes a los que se les permitiría beneficiarse parcialmente de la prosperidad del Norte. Países como México o Turquía formarían parte natural de esa cadena que estaba llamada a actuar como muro de contención frente a los flujos migratorios provenientes de un Sur sacudido por crisis continuas.

De más está decir que Rufin erró en su análisis prospectivo del Sur. Este último, lejos de adentrarse en una era de cataclismos, evidenció crecimiento económico, superación de pobreza y estabilidad política. En efecto la globalización económica, diseñada a imagen y semejanza de los intereses de los países del Norte, no solo terminó volviéndose contra sus creadores sino que dio vuelo a las condiciones para el emerger del Sur. Al promover la inclusión dentro de la ecuación laboral mundial de 1,3 millardos de chinos o 1,2 millardos de indios, dentro del contexto de una carrera hacia la mano de obra de menores costos, los países occidentales terminaron socavando su capacidad competitiva. En el proceso externalizaron hacia el mundo en desarrollo millones de empleos de cuello azul y de cuello blanco, a la vez que transfirieron masivamente tecnología de punta hacia China. Bajo el liderazgo de este último país el hemisferio Sur pudo integrarse crecientemente, llegando a representar para 2011 el 75% del crecimiento de la demanda global. Cierto, el crecimiento chino se ha desacelerado. Esto, unido a la falta de expansión económica en la mayor parte del mundo desarrollado, ha creado una contracción económica en los países en vías de desarrollo. No obstante, es claro que el Sur ha estado muy lejos de adecuarse a la visión apocalíptica que planteó Rufin.

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Vigencia

La Primavera Árabe, sin embargo, trajo consigo dosis mayúsculas de desorganización y anarquía societarias, amén de una terrible guerra civil en Siria. Ello ha desatado la mayor crisis de refugiados vivida por Europa desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, ante el impacto de la misma, la Unión Europea está respondiendo exactamente como lo anticipó Rufin. Es decir, recurriendo a un espacio tapón susceptible de servir de muro de contención frente a ese impacto migratorio. El acuerdo firmado con Turquía le ofrece a ese país la posibilidad de ser integrado al “Imperio”, así como ayuda económica y ausencia de visa para sus ciudadanos. Ello, a cambio de contener el impacto humano que amenaza con desbordarlos.

Cabría recordar que también EEUU recurrió a su propio espacio tapón en México, Centroamérica y República Dominicana. Al integrarlos a su esfera económica y al trasladar a ellos, sobre todo al primero, una parte de su aparato industrial, sin duda siguió de cerca la prescripción de Rufin. La insurgencia de Trump frente a esta realidad, particularmente en el caso México, amenaza ahora con revertir la misma. De una manera u otra, el libro de Rufin ha cobrado renovada vigencia.

 
Alfredo Toro HardyAlfredo Toro Hardy

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