Venezuela prepara
MÉDICOS DE GUERRA

Un carrito de curas sin insumos y con una botella de refresco como recipiente para descartar agujas; residentes que levantan informes médicos con réplica, lo que debería indicarse y lo que puede hacerse; estudiantes que se gradúan sin poder cumplir el récord de cirugías pero con un saco de historias de pacientes que fallecieron esperando por entrar al quirófano. Del otro lado de la crisis humanitaria están los médicos y el futuro de la profesión en el país. La Facultad de Medicina de la UCV está golpeada por la deserción de alumnos de los posgrados y la fuga de profesores: 62% de la plantilla está conformada por jubilados y en los últimos dos años 120 docentes han renunciado

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Hospitales en completa ruina

A las 6:40 pm del viernes 8 de abril las puertas de la emergencia del Hospital Dr. Miguel Pérez Carreño se cerraron bruscamente. “No hay salida ni entrada para nadie hasta nuevo aviso”, ordenó una funcionaria de la Guardia Nacional Bolivariana. Minutos antes habían llevado sobre una grúa a un hombre bañado en sangre y en estado crítico. En instantes, más de seis policías se desplegaron en el centro de salud. “Seguramente ocurrió otro enfrentamiento entre bandas y policías”, dijo un residente que está habituado a escenas como esa.

Momentos con aires de guerra se viven diariamente en el Pérez Carreño. Los médicos se han acostumbrado al sonido ambiente que generan las sirenas de las patrullas, a los toscos pasos en los pasillos de los funcionarios que con armas largas se pasean por el área de emergencia y a los gritos ahogados de familiares que piden un milagro que resuelva la falta de insumos, medicinas, materiales quirúrgicos y equipos dañados.

Esa noche no hubo descanso, la emergencia de obstetricia estaba full. Mientras futuras mamás, de entre 16 y 21 años de edad, se quejaban porque llevaban más de doce horas esperando, Gladys Pinto suturaba a una joven que sufrió un desgarre luego de dar a luz precipitadamente en un cubículo de observación. Punzada tras punzada la joven de 21 años reflejaba en sus ojos intenso sufrimiento. Previamente, le habían hecho una Revisión Uterina Bajo Anestesia (RUBA), técnica que se enseña a los residentes y que la crisis obligó a bautizar como RUSA porque allí la hacen Sin Anestesia. El método consiste en retirar toda la placenta y examinar el útero. El dolor inaguantable debe ser controlado mentalmente por cada madre. No hay camas disponibles, así que la recuperación la tiene que hacer en una silla.

En los hospitales y maternidades se realizan muchos partos sin las mínimas medidas sanitarias poniendo en riesgo la vida del niño y de la madre

En los hospitales y maternidades se realizan muchos partos sin las mínimas medidas sanitarias poniendo en riesgo la vida del niño y de la madre

En la emergencia pediátrica, Hipólito García no encontraban un tensiómetro para examinar a una niña de 4 años de edad que llegó casi desmayada. Resolvió con un equipo propio. En todos los hospitales de Caracas es común que los médicos residentes e internos de pregrado tengan insumos salvavidas en sus bolsos, que aparecen en medio de un aprieto como los regalos que reciben los competidores de la historia de Los juegos del hambre. Guantes, gasas y equipos que en cualquier momento saben que necesitarán porque en su lugar de trabajo no hay.

Las promociones de residentes que se está formando en los hospitales del país, en medio de la crisis humanitaria palpable en los centros de salud, padecida por millones de venezolanos  y declarada por la Asamblea Nacional, tendrá una titulación adicional, la de la medicina de guerra, la que se practica a diario en los hospitales.

En la Maternidad Concepción Palacios, el principal centro obstétrico del país, José Gregorio Velásquez, interno de pregrado, camina por la emergencia, un pasillo tétrico, oscuro y con olor a orina y recuerda su rural en Delta Amacuro. Compara su trabajo allá, en la frontera este del país con el de la Maternidad, en pleno centro de la capital, y asegura que no hay tanta distancia entre las dos realidades. En ambos sitios faltan insumos tan básicos como solución fisiológica para hidratar a los pacientes. “Uno hace el mejor esfuerzo para aplicar los conocimientos aprendidos. Resolver con lo mínimo y lo más rápido posible, pero no es fácil. Aquí en la Maternidad y en el hospital Vargas los pacientes han tenido que comprar hasta los recolectores de orina. En mi bolso guardo guantes para casos de emergencia. También hacemos la revisión uterina sin anestesia, lo cual es contraindicado. Si un inspector de salud evalúa las condiciones en las que estamos trabajando los médicos, nos botaría a todos y cerraría los hospitales”.

Médicos tratan de culminar una operación quirúrgica con la ayuda de la luz de dos celulares, tras un corte eléctrico sufrido en el centro hospitalario.

Médicos tratan de culminar una operación quirúrgica con la ayuda de la luz
de dos celulares, tras un corte eléctrico sufrido en el centro hospitalario.

Doble indicación. Estudiar Medicina en Venezuela se ha convertido en un doble desafío. “Los profesores nos enseñan de dos formas: lo que se debe hacer y lo que podemos hacer. Terminamos aplicando una medicina de guerra o de los años setenta y dejamos de ofrecerle al paciente el mejor tratamiento”, confiesa Ana María Marcano, consejera de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela y estudiante de quinto año.

Como esperando la llegada de algún producto básico a un supermercado, una larga cola se extiende frente al Hospital Universitario de Caracas. Pedir una cita médica en este centro asistencial también depende del último dígito de la cédula. Las personas llevan exámenes, récipes y algunos materiales médicos como gasas y adhesivos. Estar enfermo no es el único requisito para entrar, también lo son algunos implementos para ser evaluado. La escasez de insumos y fármacos se alivia con la compra obligatoria que deben hacer los pacientes y con las donaciones de los médicos.

Pero hay cosas que no se pueden comprar en farmacia ni suplicar por las redes sociales, como la electricidad. El viernes 29 de abril se fue la luz en el Clínico y a pesar de que tiene planta eléctrica las complicaciones fueron notorias. Se suspendieron los planes quirúrgicos y una paciente falleció, lo que desató la ira de familiares, que amenazaron a los residentes con denunciarlos por prestar un mal servicio.

Los residentes llevan la carga y son la cara ante los pacientes de las fallas de insumos e infraestructura del lugar. En medio de la aguda crisis, la línea de la mala praxis médica se hace difusa. Una forma de cuidarse es elaborar las historias médicas con doble indicación: lo que se debe hacer y lo que se puede. Médicos del HUC señalan que esa es la única prueba legal de que un tratamiento ineficiente es consecuencia de las carencias presentes y no de un diagnóstico inexacto.

“Las muertes van y vienen”. De eso hablan los estudiantes entre clase y clase. La semana pasada falleció un hombre de 60 años de edad con una fístula enterocutánea y un cuadro agravado de desnutrición. Sus drenajes eran vaciados en bolsas de mercado porque no hay bolsas para colostomía en el país y la alimentación no era la ideal. Ese hombre que ingresó hace cuatro meses con ánimo de boxeador perdió la vida esperando una cirugía.

Otro paciente cardiópata murió el 20 de abril. Su patología de base se podía controlar para posteriormente darle de alta, pero por falta de recursos se mantuvo en una sala sometido a múltiples infecciones, junto con otros 16 enfermos y un solo baño para asearse y hacer sus necesidades. Un enfermo con VIH positivo que ingresó en enero con tuberculosis ósea requería ser operado para una descompresión medular, pero por su condición debía conseguir el equipo de bioseguridad de los médicos. En tres meses la lesión avanzó y en abril, cuando se consiguieron todos los materiales y pudo ser intervenido quirúrgicamente, el daño ya era irreparable. Dejó de caminar.

Joseph Sáez, representante de los residentes de Cirugía General del HUC, lamenta tener que desarrollar sus habilidades en lo que él mismo califica de hospital de guerra. Los pacientes esperan entre 50 y 60 días para operarse una hernia. Los fines de semana no hay insumos para atender emergencias quirúrgicas. “No hay rayos X desde hace 2 años. No hay reactivos para pruebas sanguíneas ni adrenalina. No hay suturas intestinales, se utilizan unas que se dejaron de usar hace 40 años. La hidratación ideal para los pacientes diabéticos es la solución fisiológica, pero en el hospital no hay y no se consigue en ninguna parte. Se juega a hidratar al paciente con solución glucosada. Le tomamos la glicemia capilar y cuando le sube le ponemos insulina. Es un irrespeto al paciente y conlleva a un mayor porcentaje de complicaciones y morbilidad”.

Al convivir con esta realidad cualquier estudiante cuestiona su misión de vida. “Es sumamente difícil tener en los libros un esquema de antibióticos para manejar cierta infección y cuando vas a la práctica usas otros porque no hay. Juegas con la vida del paciente sin estar seguro de que puedas curarlo. Uno se sumerge en una preocupación y pregunta: ¿será que estoy haciendo más mal que bien? ¿Estamos ingresando pacientes en los hospitales para acompañarlos a morir o para tratar de salvar sus vidas?”, reflexiona Juan Marcano, estudiante de quinto año.

Los pasillos del HUC son oscuros. Allí estacionan los carritos de curas, un amasijo de metal cubierto de tirro, sin medicinas y con botellas de refresco para descartar agujas. Las puertas de las habitaciones se sostienen con botellones de agua sucia. Las neveras manchadas parecen guardar telarañas en lugar de medicamentos. Los baños son productores de infecciones. En el mismo sótano donde están los servicios de cardiología y radioterapia se apilan bolsas de basura de todo el hospital. Hay 25 quirófanos, pero solo funcionan 7 máquinas de anestesia. No hay suficientes adjuntos o médicos especialistas que supervisen a los residentes, por lo que el trabajo de estos es limitado.

Un residente es un médico general que está haciendo una especialidad. Orianna Infante es residente de Anestesiología. Cobra sueldo básico de 14.000 bolívares más bonos por guardia, que sumados a los cestaticket, aún a monto de 2014, no llega a 30.000 bolívares mensuales. De 14 residentes que comenzaron el posgrado con ella, solo quedan 9.

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Aprender sobre carencias. A escasos metros del hospital, en el Instituto de Medicina Tropical, reina una tranquilidad disfrazada. Los pasillos desolados no reciben a muchos invitados. La mayoría de las puertas tienen las cerraduras destruidas. Desde septiembre de 2015 han robado 12 veces. Equipos, insumos y archivos de investigación han desaparecido. Los estudiantes de segundo año recaudaron 400.000 bolívares para reponer los reactivos y materiales con el fin de poder continuar con las clases de Microbiología. En lo que va de año, de las 15 prácticas obligatorias no han hecho ni una. La Medicina, profesión práctica, se ha convertido en demostrativa o netamente teórica.

Las batas blancas que recorren la Universidad Central de Venezuela esconden las desilusiones de jóvenes que se preocupan por el futuro de la medicina en el país. Desde el primer año de la carrera las carencias que los persiguen los obligan a reinventar su profesión. Emmanuel Angelosante y Alejandro Deseda ven clases junto con otras 50 personas en un salón diseñado para 15. El calor no es el principal adversario, sino la lucha por observar, escuchar y utilizar los materiales. De 500 jóvenes que se inscribieron con ellos en 2015 se han retirado alrededor de 150.

En los laboratorios se turnan los microscopios, mientras en Gastroenterología deben comprar la resma de papel y el tóner de la impresora para presentar el examen final. Los equipos de endoscopia parecen antigüedades exhibidas en un museo con prohibición de manipulación. De 40 o 50 electros que se deben realizar para la cátedra de Cardiología solo se ejecutan 3 o 4. “Es una prueba de aguante y se debe ser autodidacta. Uno comienza la carrera con mucho entusiasmo, pero poco a poco lo vamos perdiendo”, dice Isabel Sánchez, de tercer año, antes de entrar a Fisiología y llenarse de paciencia para compartir el único equipo de electrocardiograma que hay.

Para evitar la incertidumbre de no saber cuándo llegarán los reactivos necesarios para elaborar prácticas, los profesores encargados de los laboratorios se han atribuido la responsabilidad de buscarlos por su propia cuenta. AlessandroBifolco, estudiante de quinto año, asegura que si no fuera por ellos los pocos laboratorios que quedan activos en la universidad estarían cerrados.

Pero no todo es oscuridad. La descuidada estructura del Instituto Anatómico José Izquierdo alberga un curioso síntoma de mejora: la nueva sala de preparación de cadáveres. Un espacio moderno, con equipos nuevos y restos de polvo de la renovación, que planean usar pronto. Desde 2011 los estudiantes habían dejado de diseccionar cadáveres y aprendían por medio de videos y fotografías. En marzo se inauguró la sala, cuyo costo fue 5,6 millones de bolívares, que financió el Banco Central de Venezuela.

El profesor Marco Álvarez, director del Instituto Anatómico, asegura que las clases de disección se han activado en Bioanálisis y ya hay cinco cadáveres para ser utilizados por los profesores. Falta conectar una planta eléctrica donada para evitar daños en caso de que se vaya la luz e implementar un sistema de traslado de cuerpos desde la mesa de preparación hasta las piscinas de formol y glicerina. Sin embargo, por el alto número de alumnos y la falta de reposición de cargos docentes no se ha elaborado un cronograma para comenzar las clases de disección en cátedras como Anatomía. Sin profesores, de nada sirve la estructura.

 

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