HISTORIAS DE MUERTE

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El Universal, desde octubre de 2014, mantiene una sección diaria en la que le cuenta a sus lectores y usuarios interesantes historias de personas que han superado una situación muy complicada de salud, profesional, económica o sencillamente humana. Se trata de reseñas de personas que han realizado esfuerzos épicos para tratar de llevar una vida normal y, si es posible, ubicarse más allá del promedio, por encima de gente que no ha tenido tamaños tropiezos. Algunas veces se logra. Otras no tanto. Pero la idea, con sus altibajos, es mantener una sección inspiradora y que sirva para que la sociedad encuentre ejemplos y modelos a seguir.

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Se ha comentado, siempre ocurre, que secciones como esas son usuales en países en los que las personas viven con una normalidad generalizada y razonable. No como está la Venezuela actual, donde la mayoría ya cumple las condiciones de héroe por el solo hecho de salir a la calle y regresar vivo. Para muchos periodistas no resulta atractivo investigar, buscar, encontrar y hablar con personas normalísimas con vidas extraordinarias. Sabemos que se dice que es un fastidio. No obstante, es una de las secciones más leídas. No solamente en El Universal. En el mundo también. Al humano le interesa el humano. Esa es la premisa fundamental. No todo tiene que ser Maduro y la lloradera diaria. Pero bueno, ese es otro tema. Nos ocupa hoy, lo contrario a historias de vida. También las hay y de sobra. Son historias de muerte. Las más fáciles.

Barrio Las Maticas. Cerca de Machiques. Dorimerla. Niña de 17 años, madre de tres hijos de padres diferentes. Vive en un rancho de tierra pisada más allá de la carretera más cercana. Depende de la comida que lleva a su casa el hombre de turno, hasta que salga preñada otra vez. Y así hasta alcanzar unos 10 o 12 muchachos de unos 10 o 12 hombres diferentes. Así es por ahí. Es lo normal. Antes de la revolución y peor durante la revolución. A más pobreza peor. Eso basta. Pero esta vez no corrió con la suerte mínima que necesita la vida en miseria para seguir existiendo. El tipo resultó un borracho de carterita en el bolso de la comida y droga en los bolsillos. Piedra de la dura. Caña de la más barata. Un día cualquiera se le fueron los tapones. Violó a dos de las niñas y, al ser descubierto, le cortó el cuello a su mujer de turno y huyó como todo un prócer. Historia de miseria y de pobres.

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Santa Mónica. Caracas. Pareja en proceso de divorcio. Médico él, economista ella. Acoso diario. El médico, muy educado y todo, no quería que su economista lo dejara por un abogado. Pues resolvió liquidar ese asunto con más rapidez que los tribunales. Llegó a su antiguo apartamento, abrió la puerta, le metió dos tiros a su mujer, otro más en la frente a su rival y luego se voló la cabeza. Se salvó el bebé que dormía su última noche con padres vivos.

La Lagunita. El Hatillo. Miranda. Familiares directos de personajes de la alta política y del alto gobierno. Uno abogado, el otro de casualidad sacó cuarto año de bachillerato. Distintos, pero tenían en común la cercanía al poder, a los vicios, al dinero fácil, a la corrupción y a las drogas. Narcos los chamos. De la categoría “a mí no me pasará nada nunca y si me pasa no saben quién es mi familia”. Pues no fue así. Cayeron cargados de coca. Enfrentan cargos por más de 15 años y terminaron de dejar al descubierto qué clase de hombres nuevos son y en qué clase de red del vicio está metida su familia. No hay muertos, pero sí hay humanos cadáveres antes de tiempo y cadáveres políticos en el camino.

Historias de muerte. Eso es lo que sobra. Son las más fáciles de encontrar y contar.

 
Elides J. Rojas L.Elides J. Rojas L.

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