Venezuela oscura
LA BÓVEDA DE OPACIDAD

Una de las cosas que más llama la atención cuando uno se ausenta por un tiempo y regresa al país, es la total opacidad que existe en cuanto a la más mínima información de carácter económico para poder tomar decisiones. Con razón le oíamos decir recientemente a un analista de Goldman entrevistado por Bloomberg News, que uno de los factores de mayor incertidumbre del mercado petrolero era saber que, en verdad, estaba pasando con la producción de Venezuela. Las indicaciones de fuentes terciarias, comentaba el experto, precisan que la producción está cayendo de manera sustancial. Pero verificarlo tiene el mismo grado de dificultad que verificar informaciones procedentes de Corea del Norte.

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Tal opacidad sobre la variable ancla de la economía venezolana no es poca cosa. Pero es sólo la punta del témpano de hielo en materia de opacidad. ¿Cuál fue la inflación oficial del mes de mayo? Es más ¿cuál fue la de enero hasta abril? ¿Cuál es el nivel de reservas operativas? ¿El nivel real de abastecimiento? Y por supuesto, el costo al consumidor final de los productos más comunes de uso diario y su nivel de abastecimiento. No hablemos de los verdaderos niveles de inventario en la cadena productiva. Hay uno que, aparentemente, sí se conoce: cero en el caso de la cebada que necesita Polar para producir cerveza, o el nivel de operatividad del parque termoeléctrico.

El resultado de esta bóveda de opacidad es que el agente económico queda reducido a utilizar las cifras que emanan de fuentes secundarias y terciarias; rumores de la “tuitósfera”, o su propia experiencia personal. El problema resulta en tratar de entresacar la verdad entre informaciones parciales que se contradicen entre sí, pero que, por otro lado, dan una respuesta inequívoca: si el Gobierno emplea tanto esfuerzo en ocultar las cifras, debe ser porque estas son muchísimo peor de lo que nos suponemos.

La consecuencia más evidente de descontar información fragmentada producto de la opacidad, la dan los mercados financieros, en los que, por cierto, no vale la retórica. Basado en el rendimiento de los bonos soberanos venezolanos, éstos le asignan al país un riesgo que arroja un rendimiento 30% por encima de los Bonos del Tesoro de los Estados Unidos, mejor dicho, 3,000 puntos básicos en jerga financiera. Lo peor: no hay ningún país que se acerque a esta cifra, ni aquellos en plena guerra interna como Siria e Iraq.

Volver a la transparencia que una vez caracterizó a la economía venezolana, probablemente, rectificaría en mucho estas variables. Pero ¿quién convence de esto a unos burócratas atemorizados de tener que rendir cuenta por las consecuencia de sus acciones, y atrincherados en una retórica que ya ni ellos mismo se creen?

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Aurelio ConchesoAurelio Concheso

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