LA SALIDA DE MADURO

El gobierno decidió dar el paso hacia una dictadura del siglo XXI. Pide rebelarse contra la Constitución, desconoce a la Asamblea Nacional y convierte en normal la subordinación del CNE y del TSJ a las instrucciones de Maduro.

En su continuada destrucción de la institucionalidad lo que más avergüenza es el alma genuflexa de unos exciudadanos que invirtieron las funciones de los organismos que integran: un CNE contra las elecciones y un TSJ contra la justicia. Ellos serán responsables del modo como va a concluir esta fase final del régimen.

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Un presidente débil, inseguro y sin soluciones se tambalea hacia el abismo con indecisiones y contraindicaciones que pueden arrastrar al país a regar con sangre el árbol de la libertad. Esto es lo que quiere evitar la MUD y los que coinciden, incluso dentro del oficialismo, en la necesidad de aligerar los tiempos para poner en manos de la gente un tipo de desenlace que tenga el mayor consenso y los menores costos. La cúpula, como en todo lo demás, responde: tiempo no hay.

El referendo es la fórmula directa y democrática para asegurar la gobernabilidad inmediata y posterior al posmadurismo, para encarar ahora la crisis humanitaria y comenzar a introducir el programa de reconstrucción de la economía, de las instituciones y de la democracia sobre nuevas bases. Pero hay que entender que para cerrar la siembra de odios, regenerar a la sociedad venezolana, rescatar valores y practicar una nueva cultura cívica se va a requerir de entendimientos entre los dos agrupamientos que estuvieron contendiendo en los últimos años.

Estos acuerdos, al margen de la dinámica mayoría/minoría que predomina en lo político, se están dando en la base de la sociedad. Pero entre las diversas élites, desde la militar a la profesional, están taponeados por incomprensiones, prejuicios, intereses de hegemonismo o rezagos de la visión que aplasta la necesidad de cambio al simple quítate tú para ponerme yo. En los sectores populares y entre los jóvenes el dalo por hecho como el sí va, son la expresión de una cultura abierta al acuerdo cotidiano y al pacto cívico.

La reacción buena frente al riesgo de la quiebra del país es el crecimiento de la convicción de que Maduro y su cúpula se han hecho incompatibles con una solución pacífica, democrática y constitucional. La respuesta mala es la desesperanza y la apatía. La peor es la de reforzar y justificar la carta gubernamental de la violencia, el último recurso para impedir que el pueblo, ejerciendo su derecho irrenunciable a la manifestación, exija una votación. Es lo único que se le pide al CNE.

Pero Maduro y Diosdado le está cayendo a mandarriazos a cualquier posibilidad de que sea el pueblo quien decida sobre su permanencia o no en el poder. Le huyen al referendo porque les falta altura política para entender que es la salida más conveniente para ellos, para el PSUV y para el país que lo pide desde su hambre y sus sufrimientos.

La negativa refleja una aparente fortaleza, pero sin pueblo y sin comunidad internacional, cualquier azar puede hacer que estalle masivamente una  protesta social que ya está diciendo que no resiste más. Al furor de las colas, a la movilización de las vanguardias en las calles, a la creciente presión de gobiernos y a las medidas gubernamentales que profundizan las calamidades para subsistir, se está uniendo la presencia de armas en los saqueos que han comenzado a intensificarse. Tic Tac.

La mecha está prendida. El mantra chavista que repite la cúpula es un chiste: candelita que se enciende, candelita que se apaga. La única solución es abrir con el referendo un proceso de transición con transacción. Antes que las campanas doblen, tal vez, por todos.

 
Simón GarcíaSimón García

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