CATÁSTROFE

Venezuela se encuentra en crisis desde los cataclísmicos hechos de 2002, el referendo revocatorio de 2004 y los 12 años subsiguientes de polarización y conflicto. Sin embargo, tras la muerte de Chávez y la caída de más 50% de los precios petroleros, ha ocurrido algo verdaderamente espantoso. Un caos de dimensiones colosales se ha instalado en el país, del mismo modo que un colapso nervioso neutraliza a una persona dejándola incapacitada para recordar el pasado o procesar los acontecimientos del presente.

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En tiempos de guerra, esto les sucede a los soldados, víctimas y civiles inocentes que quedan atrapados en el lugar equivocado, en el momento equivocado. También ocurre durante los desastres naturales. El cerebro se aísla, postrado, catatónico; los ojos vidriosos. Y se utilizan las mismas palabras para explicar todo, como si no pasara nada fuera de lo común.

Pero sí está pasando algo. La gente se muere de hambre. La falta de alimentos, agua, medicinas y protección crea zombies. La ausencia de explicaciones lógicas mata la esperanza. La zozobra trae consigo la aceptación pasiva de rutinas intolerables: esperar en las colas para comprar nada, con dinero sin valor; presenciar pasivamente cómo vándalos armados hasta los dientes saquean un camión; asistir a la muerte lenta aunque constante de los niños; y observar la muerte rápida por las armas de fuego que pululan en todas partes.

No se trata de la selva. Es algo mucho peor que la selva. En la selva existe un vínculo invisible entre depredador y presa, entre comensal y bocado. Sin embargo, en las civilizaciones humanas, se supone que existe una noción de decencia en toda vida humana, el reconocimiento de la existencia del espíritu en todos los seres humanos. No obstante, cuando las relaciones con los otros se deterioran, cuando la memoria se desactiva, cuando el análisis de la situación es difuso y cuando no hay nadie confiable a quien recurrir, el contrato social, el compacto humano, la civilización desaparecen como el humo que se desprende de las cenizas de un bosque calcinado.

Las implicaciones van más allá de lo que la política, la economía y las ciencias sociales pueden enseñarnos. Cuando finalmente se comprendan las dimensiones de la catástrofe en Venezuela -y se mantengan ocultas ante los ojos del mundo- muchos derramarán lágrimas.

Traducción: Maryflor Suárez R.

 

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