SIMEONE DESPUÉS DE DEL BOSQUE

CARLOS TORO

El fútbol, como la vida, es una radiografía de contraste. Vicente del Bosque, fuera de sus casillas, abandona una selección cuya atmósfera pasó de golpe de mirífica a mefítica. Diego Pablo Simeone permanece en un ilusionado Atleti que camina hacia los 100.000 socios y un estadio a estrenar. Sometidos a dudas preliminares, ambos personajes las han despejado en sentidos opuestos. Del Bosque, estrambote aparte, ha seguido una vía lógica y ya trazada. Simeone, otra sinuosa y dubitativa hasta última hora.

simeone

La familia atlética se felicita porque el argentino ha logrado establecer entre su persona y el club una simbiosis deportiva y afectiva que los hermana en la supersticiosa idea de un futuro común o de la ausencia de futuro. «Si se va El Cholo, se acaba el Atleti», repiten muchos aficionados. Así lo creen, incluso los ateos. Aquellos que en las obreras barriadas del sur cantan, puño en alto, eso de «ni en dioses, reyes, ni tribunos está el supremo salvador».

Algunos de nosotros, una minoría aconfesional para la que el cholismo no es, como el luteranismo, una variable religiosa reivindicadora de una influencia y un poder propios frente al rigor excluyente de la Iglesia oficial y dominante. Algunos, digo, pensamos heréticamente que Simeone ha tocado techo en el Atleti. Que ha exprimido con un éxito indudable, aunque incompleto, a unos jugadores que se hallan emocionalmente exhaustos y a quienes les costaría recibir con un nuevo entusiasmo las viejas soflamas. Una plantilla que, curtida hasta abrasarse por el fuego de campamento, ya no puede asimilar con el mismo ardor la enésima arenga de un líder para quien sus propias palabras pueden sonar gastadas por frecuentes y excesivas.

La intensidad va en detrimento de la duración. Es una ley física que el Atlético ha llevado a la máxima expresión. Simeone ha instalado al Atlético en una dinámica triunfal o en sus aledaños. Y con toda justicia figura en el santoral rojiblanco. Pero, sin renunciar a la mentalidad conocida, en la que basarse sin hacerse esclavo de sus rigideces, el equipo precisa ahora de una idea más creativa de sus posibilidades y obligaciones como conjunto grande. Debe cambiar el percal por la seda. Practicar un mejor fútbol y hacer del juego un placer además de un deber. Tal vez con Simeone no sea metafísicamente posible.

Tomado de El Mundo España

 
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