LO PEOR QUE PUEDE PASAR…

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Cuando algunos analistas pronosticaron que vivir durante el 2016 añoraríamos al 2015, pocos imaginaron que temeríamos todavía más al año 2017.

Si bien los analistas anticipamos un deterioro mayor de las condiciones de vida, del soporte político del régimen, de las capacidades de salir buenamente de la crisis y del clima social reinante, no sabemos qué es lo peor que puede pasar. Quizá ello dependa del cristal con el cual se mire.

Para la cúpula gobernante tal vez lo peor que puede pasar es que cristalice el revocatorio este año, verían materializarse sus miedos a perder privilegios y el fantasma de ser enjuiciados dominaría sus pesadillas. Para otros, incluidos muchos psuvistas, lo peor que puede pasar es que Maduro continúe al mando pues quien nos ha traído hasta la crisis no parece tener luces ni voluntad para sacarnos de ella.  Algunas noticias de prensa refieren que para algunos lo peor es seguir viviendo y han optado por el suicidio. De acuerdo con algunos siquiatras hay personas que optan por enfermarse mortalmente con el mismo fin. La opción sicopática de patria o muerte podría ser la opción elegida por algunos del régimen.

Este temor a lo que pueda pasar en el futuro inmediato es también compartido fuera del país.  La comunidad internacional tiene miedo de ver a Venezuela convertida en foco de  desestabilización para la región y más allá, por el impacto económico-financiero de su ruinosa economía, por el desplazamiento de refugiados hacia otros países o por el desencadenamiento de un conflicto armado interno.

Sea que la cúpula logre mantenerse o que salga, desde nuestra perspectiva lo peor por venir es que no se llegue a ningún acuerdo entre la oposición, el gobierno y el país para hacer viable una salida a la crisis y las acciones de un nuevo gobierno. Para crear este caos el gobierno se bastó a sí mismo. Para profundizarlo tanto la oposición como la cúpula pueden hacerlo sin ayuda del otro, pero para salir se requiere que todos, o al menos los que tienen mayor poder, trabajen en la misma dirección.

Actualmente cada actor tiene su agenda y todos los relojes marchan asincrónicamente. En la oposición cada quien tiene su propio plan para salir de la crisis y aunque formalmente arriban a acuerdos, cada quien sigue con su propia ruta de vuelo. En el gobierno las cosas no lucen mejor, la agenda de la cúpula militar no son necesariamente la de los civiles que hoy son sus prisioneros político-administrativos. Las agendas de las facciones del PSUV  tampoco son las mismas entre ellos. Este nivel de fragmentación del poder y de dispersión de las agendas torna bastante complicado decidir con quienes hablar y sobre qué negociar.

Dialogar con todos es inviable. Un viejo refrán aconseja hacerlo con el dueño del circo y no con los payasos. En las circunstancias actuales parece que son los militares quienes tienen el sartén por el mango. En la dictadura chilena tenerlos como contraparte negociadora fue obvio pues eran formal y realmente el poder. En Venezuela el poder formal lo tiene Maduro, el poder real lo tiene la cúpula militar. La misma fue ratificada no porque le son leales, sino porque no le dieron otra opción al Presidente. Buscarlos o admitirlos como partes negociadoras sería un acto muy complicado de realismo político. De realismo pues el nuestro no es tanto un gobierno cívico militar, como sí un gobierno militar con algunos civiles (no muy cívicos, por cierto). Complicado porque salta las formalidades institucionales.

El otro punto es la agenda de negociación. Lo formal es la sustitución del actual equipo de gobierno. Sin duda que el respeto a las formas democráticas y del estado de derecho son parte de los acuerdos. La libertad de los presos políticos, no impedir el revocatorio este año, abrir inmediatamente un canal para la ayuda humanitaria, son parte de los temas, pero lo realmente sustantivo, lo de fondo, lo que hará posible o imposible todos los demás acuerdos es definir qué va a pasar con la cúpula gobernante, especialmente con la militar, cuando los perseguidos de hoy sean gobierno.

Nadie tiene hoy el poder suficiente para agenciar solo una salida viable. Nadie puede solo. Es necesario negociar, acordar, concertar agendas. Venezuela se parece a un globo que está siendo inflado hasta sus límites. Sabemos que de seguir inflándolo va a estallar, pero no se sabe cuándo ni por dónde. Es hora de negociar o todos los relojes se sincronizarán con la hora de  los hornos.

N.R. Versión editada por razones de espacio

 
Daniel AsuajeNo photo

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