DOLOR DE MADRE

Entre llorar a un Chávez y llorar a un hijo.

Resulta difícil no odiar a quien nos ha hecho daño. Si fallece, en lo más recóndito de nuestro cerebro sentimos una pizca de alegría. Como cuando eliminamos a alguna alimaña casera: Ya no fastidiará más. Algunas religiones preconizan el odio y la venganza contra quienes nos han perjudicado; otras, como la católica que profesamos, nos enseñan que debemos amar al prójimo, que cuando nos golpeen una mejilla pongamos la otra; y que perdonemos a quien nos agrede y nos ofende. Pero nuestros instintos naturales nos impulsan a responder a la agresión con más de la misma violencia, o por lo menos recurrir a la defensa personal quienes han aprendido esas artes.

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Es difícil no odiar a quienes nos odian; cuesta sentir condolencia por la muerte de alguien que nos ha arruinado la vida. Le es arduo no sentir un fresquito en el cuerpo y en el alma al vecino que se entera de que el azote del barrio ya no lo asaltará ni robará más. Ha sido eliminado de la lista de los vivos.

Es imposible reprimir un chispazo de alegría cuando nos enteramos de la muerte de alguien que se ha llenado los bolsillos a costa del hambre de sus coterráneos. Puede haber quien lo llore: mujer, hijos, familiares, gentes que se beneficiaron de sus dádivas, entregadas para comprar conciencias. Lágrimas de cocodrilo, plañideras tarifadas, no más que eso. Pasado el tiempo, los amigos comprados se buscarán otro “cliente” que les crea sus zalemas y adulancias a cambio de una canonjía, un contrato, un “no me des ponme donde haiga”.

Muerto el perro, se acabó la rabia, podrá pensar alguien; pero no es así. El alma del difunto seguirá pagando penas por cada cuerpo inocente enterrado, por cada boca que ayuna, por los labios que se secaron de tanto pedir agua limpia, por tantas manos que buscaron desperdicios en los basureros, por tantos padres que lloraron viendo a sus hijos partir. Por tanta indiferencia ante la tragedia colectiva provocada por quien debía evitarla: el difunto mismo que ya nadie llora sinceramente y cuya muerte manipulan para su propio provecho.

La misma suerte corren los dirigentes corruptos, no importa si presidentes o alcaldes, si reyezuelos o dictadores. La muerte prematura los priva del disfrute de sus bienes mal habidos.

Asombra que los familiares del difunto, otrora poderosos y ungidos de poder, reclamen que a su enfermo no lo hayan atendido como se debía y, según ellos, se lo merecía. Por supuesto que merecía una atención médica de primera, como todos sus compatriotas la merecen, pero la muerte lo sorprendió esperando un viaje a otro país donde la medicina es mejor, sin pensar en que el simple petitorio implica el reconocimiento de a dónde han dejado caer ellos mismos la calidad de la asistencia médica propia. Cuchillo para su propia garganta.

No nos sorprendemos cuando la madre del menor de los Chávez reclame que su hijo enfermo no haya sido llevado a Cuba, claro reconocimiento de lo que todos los venezolanos sabemos desde hace tiempo: que el sistema de salud venezolano no sirve para nada. Su muerte (o “partida física”, según Cilia) ha despertado sentimientos encontrados entre población. Cientos de improperios se pueden leer en las redes sociales, publicados por venezolanos que han sufrido y siguen sufriendo los desmanes del grupo de bandidos que una vez lideró Hugo, su otro hijo muerto.

Pero debemos respetar el dolor de una madre que ha perdido unos hijos, así sean esas “joyitas” que han acabado con nuestro país.

Quizás quienes la insultan nunca han pasado por algo tan doloroso.

 

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