LA BALA QUE NUNCA EXPLOTÓ

Después de trece años, un artículo del «JAMA» relata por qué Ronald
Reagan sobrevivió a un atentado con una bala explosiva que quedó aplastada en
su pulmón, y a escasos centímetros del corazón.

Myriam López Blanco

¿ Qué diablos ha sido eso?», dijo el presidente Ronald Reagan después de oír como un estallido de petardos en su limusina. Eran las 2.35 de la tarde, del 30 de marzo de 1981, y acababa de levantar su mano izquierda para saludar a la multitud, cuando el jefe de la Unidad del Servicio Secreto saltó sobre él y le empujó hacia el interior del coche. El presidente, completamente aturdido, no se enteró de que había recibido un balazo hasta que no le descubrieron el pecho en el Centro Médico Universitario George Washington, diez minutos después.

La perspectiva histórica de este atentado -recientemente publicada por primera vez en la revista JAMA- pone de relieve la importancia que tuvo la rápida disponibilidad de un personal médico competente y de un equipo moderno de diagnóstico, y terapéutica, a la hora de salvar la vida del presidente.

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El final feliz también fue fruto de la rápida y acertada decisión del agente McCarthy de dirigirse directamente al hospital, y a la fuerte constitución física de Reagan. Era la primera vez que un presidente titular de los EEUU sobrevivía tras ser alcanzado por la bala de un asesino. Los otros cuatro -Lincoln, Garfield, McKinley y Kennedy- no tuvieron la misma fortuna.

Aplastado en el suelo de la limusina, bajo el cuerpo protector del agente del Servicio Secreto, Reagan sintió un dolor atroz en la espalda y pensó que McCarthy había roto una de sus costillas al saltar sobre él. Paralizado por el dolor, tosió fuertemente y, al ver sangre y espuma en la palma de su mano, le dijo: «No sólo me has roto una costilla, sino que creo que la costilla me ha atravesado los pulmones».

Minutos después, cuando Reagan entraba en la sala de urgencias del hospital, las rodillas le flaqueaban y tenía serias dificultades para respirar. En un instante, los médicos del George Washington se encontraron con una tremenda responsabilidad entre las manos: casi simultáneamente, llegaron a la sala de emergencia un presidente jadeante; su secretario de prensa James Brady, inconsciente, con una herida de bala en la cabeza que parecía mortal, y el agente de Servicio Secreto Timothy McCarthy que fue alcanzado en la parte derecha del pecho.

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A primera vista, el fuerte dolor en el pecho, la hipotensión y la palidez, parecían indicar que el presidente había sido víctima de un infarto. Pero pronto comprobaron que había una entrada de bala de un centímetro y medio en el costado izquierdo, y ninguna herida de salida. Así que el proyectil estaba dentro, y el ruido que había oído Reagan en el coche no fue más que el impacto de las balas rebotando en las paredes blindadas. Le insertaron un tubo en el pecho para expandir el pulmón izquierdo. Una primera radiografía reveló la presencia de un fragmento metálico a la izquierda del corazón, y una segunda constató que la bala estaba entera. Pero todavía ignoraban el calibre. Dehecho, el personal médico ignoraba muchas cosas. Se limitaron a cumplir con su trabajo, luchando por sacar adelante la vida del presidente bajo los ojos vigilantes del Servicio Secreto.

El primer proyectil se extrajo del agente McCarthy; era del calibre 22. El disparo le había alcanzado la parte baja del pecho, y el plomo había atravesado  el pulmón, el diafragma y el hígado, hasta alojarse en los músculos del lado derecho. Se trataba de una bala a la que llaman «devastadora», porque está diseñada para que haga explosión en el momento del impacto. Se supone que el presidente tuvo la gran suerte de que «su» bala chocó antes con las paredes del coche que con su abdomen. Y, afortunadamente, el explosivo falló también en la mayoría de los otros casos. Excepto la de Brady, que se hizo pedazos, todas las balas extraídas de las víctimas estaban intactas.

Una vez identificado el proyectil del presidente y su localización, el paso siguiente era sacarlo de su cuerpo. No es que siempre sea obligatorio extraer las balas, pero, en este caso, los médicos tomaron la decisión de hacerlo. El tubo enchufado al hemitórax izquierdo no dejaba de drenar sangre y temían que, de continuar así, empeorase su estado.

Operar fue la mejor decisión que se pudo tomar porque la «devastadora» está rellena de un compuesto llamado azida de plomo que se utiliza como detonador de explosivos, y habría tenido que extraerse tarde o temprano.

A pesar de haber localizado la bala, hubo serias dificultades para encontrarla, lo que hizo pensar que podría haber emigrado hacia la vena central pulmonar, y obstruido el corazón. Pero otra radiografía reveló la presencia de la bala aplastada en el pulmón, unos centímetros a la izquierda del corazón. Es decir, peligrosamente cerca.

Esta proximidad les hizo plantearse la idea de coser y dejar la bala dentro, pero poco después se palpó con la punta de un catéter y pudo ser extraída fácilmente a través de una incisión pleural. La bala pasó directamente de las manos del cirujano a las de un agente del Servicio Secreto.

La recuperación

La operación duró una hora y veinte minutos, y el presidente estuvo bajo los efectos de la anestesia durante dos horas y cuarenta minutos. Perdió entre 3.000 y 3.500 ml. de sangre. Y a las siete y media de la tarde de aquel mismo día estaba lo suficientemente lúcido como para escribir notas como: «¿Estoy vivo?», o, «Si hubiera recibido en Hollywood la misma atención que he recibido
aquí, me habría quedado allí para siempre».

Pero al presidente le esperaba un postoperatorio un poco complicado. El 31 de marzo, fue trasladado a la «suite presidencial», provista con un cristal antibalas en las ventanas y un equipo vigilando a todas horas desde el tejado del hospital. En los días siguientes, su temperatura subió hasta 39º C, tenía escalofríos y las radiografías del pecho mostraban una opacidad en el lado izquierdo. Se pensó en una infección pulmonar. Después, disminuyó la secreción de esputos y se barajó la hipótesis de que hubiese también una obstrucción bronquial. Pero los resultados de los análisis descartaron ambas ideas: no se encontraron patógenos en los cultivos. Ronald Reagan se recuperó y dejó el hospital el 1 de abril, doce días después del atentado, llevando un chaleco antibalas con él. Seis semanas después, estaba completamente recuperado y participaba activamente en los asuntos de Estado.

Tomado de @salud.elmundo.es

 

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