LAS PROFECÍAS INGENUAS

Venezuela no sólo atraviesa una crisis económica. Nuestra crisis humanitaria no es sólo alimentaria o medicinal. Estamos corroídos por el crimen y la corrupción, carcomidos desde adentro.

El pesimismo es un estado de ánimo. Y nadie duda de que Simón Bolívar, desterrado y cercano a la muerte, dejó colar su desánimo y desesperanza en la carta a Juan José Flores el 9 de noviembre de 1830.

Es preferible ver la botella medio llena que medio vacía, pero, juicios subjetivos aparte, ¿qué mejor descripción de la situación actual de Venezuela que la profecía pesimista de Bolívar en la tan discutida misiva al general venezolano a la sazón presidente de Ecuador?

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Podríamos decir que Bolívar hizo un calco fotográfico 200 años antes de lo que vemos hoy con nuestros propios ojos: la futilidad de la revolución, o más propiamente dicho, el fraude para los que araron por ella, la ingobernabilidad y el caos que consumen y horadan el país, la expoliación y apropiación del poder por un imperceptible tiranuelo, la emigración masiva de sus más capacitados jóvenes, la desolación y devastación en medio de la ferocidad y el crimen, el reino del caos primitivo.

Que distantes de las apreciaciones del padre de la patria son las del gobernador del Estado Miranda, Henrique Capriles, quien estima que, con un cambio de gobierno, Venezuela se recuperaría en un año. Capriles Radonski fundamenta su optimismo en un manoseado argumento: el de la abundancia natural. Al respecto afirma que si uno se come una mandarina y deja caer la semilla, enseguida nace una mata de mandarina: “Venezuela es un país muy generoso.”

Los venezolanos, obviamente, no hemos comido ni hemos dejado caer en el suelo tantas semillas de mandarina como los chinos o los españoles que sólo entre ellos cubren más de la mitad de la producción mundial de mandarina.

Pero más allá de la debilidad del argumento de la generosidad, lo que alarma de este tipo de profecía ingenua es que, primero, se fundamenta sobre los mitos y vicios culturales que una oposición responsable debería más bien desmontar, y, segundo, que desconoce la profundidad del proceso de deterioro y decadencia que está detrás del auge y colapso de la revolución bolivariana.

Siendo el primer exportador mundial de petróleo y con una población de menos de cinco millones y medio de habitantes, el tejido institucional de la democracia venezolana tomó más de tres décadas en construirse.

Venezuela no sólo atraviesa una crisis económica. Nuestra crisis humanitaria no es sólo alimentaria o medicinal. Estamos corroídos por el crimen y la corrupción, carcomidos desde adentro. Tendemos a ver el síntoma en lugar de la enfermedad. Maduro y la revolución bolivariana son expresiones de una cultura que llega a su fin. El caos seguirá al caos si el liderazgo no inocula en el pueblo un vigoroso espíritu de cambio y transformación.

 

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