CON LOS PIES EN LA TIERRA

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Desde el aire, uno alcanza a ver en poco tiempo los cambios geográficos que bendicen a nuestro país, no sólo con la belleza que predomina en nuestro territorio, si no también con aquellas muestras que brotan de la tierra y se hacen visible desde el cielo, que indican las riquezas que están en nuestro subsuelo.

Uno despega desde Valencia y bordea la cordillera de la costa, allí se ven los valles fértiles, los grandes lagos y embalses y esa cordillera que sirve de barrera natural. Cuando cruzas las montañas y te encuentras con el mar, ves en las refinerías y sus luces, los grandes buques petroleros fondeados o partiendo hacia otras tierras.

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Si de Anzoátegui te adentras hacia el sur, ya con la noche y el cielo oscuro, transcurren unos minutos observando el firmamento y casi de inmediato surge un horizonte naranja, color fuego. No es el amanecer, tampoco se trata de un incendio. Son las torres que queman el gas que fluye de cada campo petrolero. Cuando llegas a Bolívar, te dan la bienvenida las luces de empresas mineras que se erigen en Ciudad Guayana, hierro, oro, bauxita, aluminio. Todo ello está allí, aquí en nuestro país.

Pero cuando aterrizas, lo que desde arriba veías, se diluye en la miseria que tenemos por realidad. Calles oscuras, gente ausente, basura, miedo y desesperanza. La señal de radio es aprovechada y surgen las voces que denuncian la emergencia que vivimos.

Me bastó rodar de Puerto Ordaz a Maturín, para escuchar un trabajo periodístico especial sobre la crisis del sector salud. Hospitales degradados a recintos con un techo, que no cuentan con herramientas, insumos o medicamentos, para atender en un país con cientos de heridos producto de la violencia e inseguridad desbordada y miles de niños y ancianos que se encuentran desnutridos producto de la dieta de Maduro. Solo quedan en estos hospitales, los mejores doctores del mundo, los héroes que intentan salvar vidas solo con su voluntad.

Y allí, rodando, mientras escuchaba las denuncias que en el hospital de niños en Caracas tienen meses sin servicio de cocina, y que los que están allí hospitalizados dependen de la pieza de pollo que a veces llega del hospital universitario. Recibía el mensaje que mis hijos tenían bronquitis y que necesitaban antibiótico y medicamentos, que como todo en este país escaseaban.

Me tocaba entonces recurrir a las redes, buscando almas piadosas que me ayudaran a encontrar un medicamento para la salud de mis niños. Apostando a la caridad, sin otra opción más que guardar esperanza. Entre amigos, contactos de Facebook y Twitter logramos atender nuestra urgencia.

Pero no todos corren con tanta suerte y su ruta, su tránsito, no es un vuelo en las alturas, si no en el submundo decadente en el cuál se encuentra sumergida nuestra sociedad.

Y son esas imágenes de ancianos y estudiantes trasladándose en “perreras” (Transporte Público en el Estado Bolívar), abuelas aplastadas por turbas desesperadas por un kilo de azúcar, niños con su carne pegada al hueso, indigentes picando perros callejeros para comer, tiroteos en zonas residenciales en intentos de secuestró, robos tipo comando en clínicas y hospitales; las que nos llevan a que planteemos con mucha responsabilidad una nueva ruta a transitar.

Por aire o tierra, en burro, bicicleta o autobús, este 1ero de septiembre tenemos el deber de marchar todos a Caracas para que la belleza que se ve desde arriba, la podamos vivir con los pies en la tierra.

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Julio César RivasJulio César Rivas

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