“EL TRABAJO LIBERA”

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Los planes quinquenales de Stalin

En la década de los años 30 del siglo pasado, muchos intelectuales occidentales desencantados por la crisis capitalista mundial ocurrida en ese terrible 1929 fueron completamente hechizados por el éxito del Primer Plan Quinquenal de la Unión Soviética. Mientras que el resto del mundo se hundía en la recesión económica, la URSS gobernada por el puño de hierro de Iósif Stalin era un modelo de desarrollo económico y de infraestructura en un país tan rural y atrasado como había sido la Rusia zarista. Más de un pensador occidental, aunque tuviese serias reservas contra el comunismo y  el autoritarismo, pensó que el modelo autoritario soviético era una alternativa muy seductora ante la crisis de la democracia liberal.

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Obviamente, dichos pensadores ignoraban que el éxito de la industrialización estalinista se había logrado gracias a la mano de obra esclava de los Gulags y la apropiación de los recursos del agro ruso para reinvertirlo en la industria pesada soviética, generando en el proceso  grandes hambrunas en Ucrania, Kazajistán y muchos lugares del Cáucaso. Sin conocer ese  aspecto, muchos intelectuales occidentales concluían  que lo que haría cambiar al mundo era la denominada  Dictadura del Proletariado, pero con una aclaratoria: de la fórmula leían solo la primera, ya que los “nuevos comunistas” sólo conocían al proletariado de oídas, siendo lo fundamental para ellos la dictadura. Todas las revoluciones comunistas del siglo XX terminaron en lo mismo: planificación centralizada desde el Estado, partido único en el poder, hegemonía de lo militar sobre lo civil y especialmente trabajo forzado.

La lógica de lo anterior obligaba a la “vanguardia revolucionaria” (que rara vez provenía del proletariado) a tratar de generar una manera de convertir  el trabajo humano en un imperativo moral y un deber con la sociedad, sin recurrir a incentivos materiales. Se presumió que esta transformación se daría si se obligaba a que las personas laboraran sin salario de por medio, obligándolos “provisionalmente” a trabajar por el bien del colectivo y no por egoísmo individual, para así crear una nueva conciencia humana fundamentada en el altruismo social.

La resolución de Maduro

El problema de trabajar bajo coacción es que no crea motivaciones  a la gente para ser productivamente eficiente, donde es necesario pensar y  tener buenas ideas en el contexto de innovación de una sociedad económicamente moderna. El trabajo forzado era sólo eficaz para aumentar la producción en el campo, pero rara vez en una fábrica, por lo tanto las revoluciones socialistas posteriores a la creación de la Unión Soviética se hicieron profundamente agraristas, como lo fueron el Gran Salto Adelante en la China de Mao o el Holocausto de Camboya.

Con base a lo anterior podemos entender la orientación de la resolución 9855 del Ministerio del Trabajo en Venezuela. La resolución implica la creación de un régimen transitorio, obligatorio, estratégico, de “inserción temporal” de trabajadores de empresas públicas y privadas  para cumplir actividades agrícolas en el país bajo la tutela del Estado, para así resolver el problema del desabastecimiento alimentario que sufre el país. Pero más allá del marxismo inspirador de esta retrógrada propuesta, implementar el trabajo forzado en Venezuela recae  en la ideología militarista que sustenta del populismo chavista.

Coaccionar el trabajo permite anular toda organización de conflicto de clases en Venezuela, aboliendo en el proceso toda la solidaridad y auténtica conciencia de clase entre los trabajadores. En resumen, el trabajo bajo coacción permite suprimir la institucionalidad laboral y especialmente la  política democrática en el conflicto de la producción material de la vida.

La política democrática  en el Socialismo del Siglo XXI es prescindible. Para construir el hombre nuevo, el mismo no debe velar por sus intereses sino las de su colectividad concebida como un todo monolítico e inamovible. Política en democracia implica acordar, negociar, transar, debatir y luchar no existencialmente para construir lo que es común a todos los hombres, pero que seguirá siendo diverso y nunca igual, porque a la larga  la Dictadura del Proletariado se convierte en Dictadura contra el Proletariado.

La democracia se va haciendo, se ajusta a las preferencias de la gente, no es normativa. En consecuencia es modificable, ajustable y muy llena de incertidumbres, al contrario de la utopía. En cambio en las utopías, el poder se ejerce lejos de institución alguna, sin reglas ni contrapesos de poderes, suprimiendo la intermediación en la relación Estado-individuo.

El militarismo

Sería una injusticia el achacar el grueso del autoritarismo revolucionario  al modelo dialéctico y materialista de los asesores económicos del Presidente de la República. Este deseo autoritario de implementar ingeniería social nace no de las universidades públicas, sino de los cuarteles, donde el militarismo entendiendo al mismo como la ideología que quiere transferir las lógicas militares al resto de la sociedad, llegó al poder a Venezuela en 1999.

La ambición militarista de que sólo desde las Fuerzas Armadas se podía construir un modelo de sociedad se fundamenta en la Leyenda Negra del Venezolano, la cual apunta a que la población del país sólo puede prosperar con base al prestigio personal del jefe único, siendo  la virtud principal en este contexto la lealtad y la obediencia, más que la competencia y la iniciativa. Bajo estas premisas, el trabajo no es un medio para satisfacer necesidades, sino una obligación moral con el colectivo, donde no existen organizaciones de lucha de clases, sino multitudes, que laboran con base a la rutina y el conformismo. Lógico entonces creer que el trabajo forzado es la única manera de liberar al ser humano de sus más bajas pasiones. Basta con recordar  el lema de los campos de concentración y exterminio del régimen nazi: “El trabajo libera”.

El  populismo militar necesita una visión pesimista del ser humano,  en donde se justifique que las personas sólo aprenderán a hacer lo mejor para ellos a través de la coacción y la amenaza, especialmente en el mundo económico. En contraste a este fatalismo antropológico, cabe mencionar que Australia fue fundada como una colonia penal en el siglo XVIII, usando convictos como mano de obra forzada para la economía. Los convictos predeciblemente no tenían incentivos para trabajar mucho y hacerlo bien.  Con el tiempo lo que se instituyó fue que los carceleros les permitieran vender el trabajo de los presos a sus empleadores, dándoles progresivamente el derecho de ser propietarios y contratar a otros convictos, lo que originaba que cuando cumplían su condena, recibieran tierras y volvían a tener derechos civiles y políticos, entre ellos la propiedad privada y el sufragio.

De igual manera, las revoluciones democráticas contra el comunismo en los 80 se lanzaron a construir sistemas políticos de libertad, ya que en la utopía comunista el sistema de explotación era peor para la clase obrera que en la economía de mercado. En el comunismo del siglo XX, el Estado usurpaba los intereses de la clase obrera y por lo tanto, el proletariado había perdido el valor de su trabajo, su destino y su significación.

El militarismo que sostiene al Socialismo del Siglo XXI, más que marxista es fuertemente marcial, donde a cambio de que la ciudadanía acceda a determinados Derechos Sociales, esta debe renunciar a sus Derechos Políticos y Civiles, justamente aquellos derechos que sirven de base a los Sociales (T.H. Marshall dixit).

La conciencia sobre el sentido del trabajo propio empero no se impone a través de la coacción sino asegurando la libertad de cada trabajador de cometer sus propios errores. Esta es la única forma de que pueda apropiarse del fruto de su propio trabajo.

Tomado de POLISFMIRES.BLOGSPOT.COM

 
Rafael QuiñonesRafael Quiñones

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