A CARACAS

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Ya no quedan tantos pendejos como los que votaron por Chávez la primera vez.

Los que siguieron haciéndolo, excepto los que reventarían un pendejómetro, lo hicieron por avispados. Eran, y siguen siendo, los que se benefician escandalosamente con jugosos y tramposos contratos con el régimen, los que especulan con la necesidad del pueblo, los que consiguen dólares preferenciales para venderlos allí donde todo el mundo sabe, los que se valen de unas caponas soleadas para acaparar el azúcar, los jabones, el papel higiénico, etc. El “etc” representa una cantidad adicional de negocios que uno ni se imagina, como tampoco las cantidades de dólares que allí se manejan. El repele queda para los que roban por hambre, apoyados en aquello que en mala hora dijera el El Supremo Cadáver, todavía vivo: “robar por hambre no es malo”.

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No hay pasión con la miseria; no importa que un bebé muera de inanición durmiendo, no importa que un hipertenso fallezca a causa de un ACV por no conseguir antihipertensivos en ninguna farmacia, no importa que la gente tenga que hurgar entre las bolsas de basura en busca de algo que todavía no esté tan podrido como para envenenarse. Para ellos es una bendición que el servicio recolector de basura sea ineficiente: así tendrán más tiempo para ir rompiendo bolsas, en competencia con perros callejeros tan famélicos como ellos. No importa nada de lo que nos pasa.

Tenemos “patria”, dijo (otra vez en mala hora) el Supremo Cadáver. El pueblo está harto; ya no son unos pocos “escuálidos”, “lacayos del imperio”, “golpistas de la extrema derecha” (ellos lo fueron de la extrema izquierda), “burgueses” y demás calificativos del bagaje ofensivo del chavismo, falto ya de originalidad y argumentos. Son una abrumadora mayoría los que desean, quieren y anhelan un cambio de sistema político y económico. Ya no se trata tampoco de un regreso al bipartidismo que en sus períodos postreros fue el causante del advenimiento de un aventurero al poder. El pueblo quiere democracia verdadera, libertad para escoger a sus dirigentes, tal como, a pesar y en contra del vendido CNE, lo hizo el 6 de diciembre pasado.

La piara de Miraflores y Fuerte Tiuna sabe que ya nadie los quiere, ni siquiera la propia militancia del partido rojo-rojito, que igual pasa hambre. Tampoco los orgullosos descendientes de nuestros pobladores precolombinos, “dignificados” por la demagogia chavista, quienes han emprendido una heroica marcha hacia Caracas, para estar allí presentes el primero de septiembre. Y hasta un estoico cura viene a pie desde Oriente para estar en la cita opositora.

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El miedo impulsa al régimen a crear obstáculos, sacando toda su fuerza armada, milicianos, policía nacional y cuanto bicho armado y motorizado con el que cuentan, para sabotear la llamada “Toma de Caracas”. Es un claro reconocimiento de que la convocatoria no reunirá a un puñado de “escuálidos”, a los cuales no habrá ni que tomar en cuenta, pues su flaca concurrencia no molestará a nadie. Esta vez no será así: será una marejada de venezolanos, protestando por el estado ruinoso al cual nos ha traído una banda de cleptómanos.

Tal vez ocurra que, como en el puente de San Antonio, la muchedumbre arrase con la tropa obstaculizadora. Tal vez habrá que salvar a pie las barreras que el aterrorizado régimen instalará para impedir el paso de vehículos. En esos momentos, habrá que seguir el ejemplo de los indígenas y el cura. No habrá impedimento alguno para que la abrumadora protesta llegue a su destino: Caracas.

 

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