EL OTRO YO DEL OTRO HUGO

La identificación de los venezolanos ha sido por mucho tiempo un salto al vacío, un suspenso que nos conduce a esperar lo peor.

No se trata solo de las fotografías con caras de zombies que aparecen en las cédulas de identidad, sino de los errores garrafales con los nombres que transforman a una persona en alguien que no es.

Quien escribe ha sido una de las muchas víctimas de tales desaguisados. Mi papá nacido en Alepo, Siria, llevaba ocho años en el país cuando nació su primogénita, es decir yo. Ni al fallecer, casi cuarenta años después, pudo hablar un español sin que su acento árabe no solo lo delatara sino que también le enredara un poco la lengua.  Cuando fue a presentarme en la Jefatura civil de la parroquia San José de Caracas, dijo querer llamarme Pauline (con E al final) lo que en francés significa Paulina y se pronuncia Polin. Pedirle a un amanuense de aquellos remotos años que supiera francés era un exabrupto, como lo es también hoy. De manera que en vez de Pauline en mi partida quedé Polín, Y así hasta el día de hoy. Mis también remotos encantos de jovencita de apenas 17 años, lograron que al obtener mi primera cédula el funcionario del caso cambiara el Polin por Paulina. La única persona que después de tantos años me llama no Polín, sino Polina, es mi querido vecino de infancia Américo Martín.

Mi primer caso como abogada en ejercicio fue un juicio de rectificación de partida de un amigo con bigotes y vozarrón que aparecía en su partida de nacimiento como una niña hembra de nombre Alberto.  El segundo fue de mucha mayor enjundia: tenía dos primos hermanos con el mismo nombre de pila. Sucedió que cuando su padre fue a presentar (a la misma jefatura civil de Polín) al recién nacido, el mayorcito de dos años se escapó hacia la calle. Mientras el funcionario preguntaba el nombre del bebé mi tío gritaba el del pequeño travieso. Consecuencias obvias.

Que los dos hermanos tuvieran el mismo nombre no parecía ser nada grave hasta que uno de ellos decidió ser militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) en tiempos de la guerrilla de los años 60. La casa de mis tíos fue allanada varias veces en busca del cabeza caliente, pero se llevaban preso al más pacífico de los seres que he conocido: el hermano mayor. El problema solo pudo solventarse con un juicio de rectificación de partida.

De todos es conocida la lucha infructuosa de la diputada Tamara Adrián para que el SAIME reconozca que quien antes fue Tomás ahora es Tamara.

Hugo-Peck

El Diputado Peck

En otras palabras, que cambiar de nombre tiene sus vericuetos judiciales. La cosa no es soplar y hacer botellas salvo que usted se llame Hugo Carvajal, haya sido militar de dudosa conducta y ahora, como premio a su transparente trayectoria, sea diputado del PSUV. De pronto el Hugo permanece pero el Carvajal se desvanece tras dos apellidos de apariencia sajona: Peck y Peck.

La explicación que da el susodicho no puede ser más curiosa: “Soy Hugo Carvajal en la Asamblea Nacional y en todas partes”,   ha declarado para el diario El Nacional. Pero reconoce que también es Peck+Peck porque resulta que ambos abuelos se apellidaban de esa manera y allá por los 80 del siglo pasado, los padres de Carvajal decidieron demandarlos para que los reconocieran como hijos. Sin embargo no fue hasta 2012 cuando activaron su demanda. Y fue en esa fecha  en la que Hugo Carvajal pasó a ser Hugo Peck al cuadrado.

Si uno se pasea por el hecho de que las elecciones parlamentarias fueron el 6 de diciembre de 2015 y Hugo Carvajal ya era Peck y otra vez Peck desde 2012 ¿por cuál de los dos Hugo votaron los militantes del PSUV?  Que diga Jorge Rodríguez el psiquiatra fraudomaníaco, si esa elección es legítima.  ¿Más legítima que la de Tamara Adrián que fue electa como Tamara Adrián y con el firme propósito de luchar para ser reconocida legalmente como Tamara Adrián?

 
Paulina GamusPaulina Gamus

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