Venezuela adelgazada
DESCAPITALIZACIÓN ACELERADA

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Cuando comience el nuevo año escolar, muchos estudiantes constatarán con pesar que algunos de sus profesores, tal vez los mejores, ya no están. Se han ido del país. Algunos se han jubilado, otros han cambiado de profesión. Los estudiantes no serán los únicos en percibir este vacío. Los sentirán también los enfermos; cuyos médicos han decidido buscar otros horizontes, las empresas que han perdido sus gerentes; los centros de investigación con cada vez menos investigadores calificados; el industrial o el contratista que no consigue técnicos de buen nivel. Muchos de los ausentes estarán prestando su formación, su experiencia y su talento en el exterior.

Y qué decir del enorme número de universitarios de pre y posgrado que buscan fuera del país el ambiente y la oportunidad que la condición venezolana les niega.

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Una reciente investigación del IESA demuestra que la mayor pérdida es la migración del talento joven. El 71% de la muestra de emigrantes estaba integrada por jóvenes entre 25 y 36 años, 54% con títulos de posgrado. Muchos de estos jóvenes –y no tan jóvenes– se han marchado con la esperanza de volver. Algunos inclusive con el compromiso de hacerlo. Para nadie está claro, sin embargo, cuándo será el momento. El país, en todo caso, siente desde ya una descapitalización acelerada de lo que tiene de más valioso. Sin embargo, más que lamentarse o juzgar a quienes han tenido que tomar la decisión de irse, el país tendría que ver con preocupación la dimensión del vacío que representa esta enorme pérdida de potencial, especialmente si se mira desde la perspectiva de la reconstrucción, que es cuando quienes se han ido serán seguramente más necesarios y mejor bienvenidos.

La comprobación estadística dice mucho sobre la dimensión de la pérdida de talento que ha significado el éxodo forzado de tantos venezolanos de todas las profesiones y de todas las condiciones. Dice mucho también de las motivaciones, de las causas y de las circunstancias.

En una perspectiva de futuro, sin embargo, es más necesario insistir en las consecuencias, tanto en las de corto como en las de largo plazo. Si sentimos ya en la vida diaria –personal, de las empresas, de las instituciones, de la economía en general– la pérdida del valiosísimo capital humano que ha emigrado, de seguir la tendencia la sensación no hará sino acrecentarse. Si miramos con algo más de distancia y nos preguntamos con quién contar para la recuperación del país, resulta inevitable no pensar en los millones de jóvenes con talento e ilusiones y en los muchísimos profesionales con experiencia que han tenido que emigrar. Inevitable no pensar en lo que esto significa para la productividad y la competitividad en un mundo en el que, sobra decirlo, pesa cada vez el saber, la innovación, el conocimiento.

La constatación no puede ser más dolorosa cuando se piensa en la formación truncada de las nuevas generaciones, en la descapitalización de las empresas, en la pérdida de ese patrimonio invalorable que se expresa en talento y experiencia. Si de manera inmediata la fuga de talento hace más difícil pensar en el desarrollo del país, su recuperación representa una tarea de décadas, comenzando con la recuperación de las condiciones básicas y sobre todo con la más difícil, la de la confianza en el país, en sus oportunidades y en sus posibilidades, sin visiones románticas y sin apelaciones de falso patriotismo.

Más allá de la estadística, importa madurar la conciencia de que quienes se fueron son necesarios. Los necesitamos. Ojalá podamos contar con ellos. Así lo han entendido los países que están tratando de atraer a sus expatriados y de motivarlos para insertarse en una economía animada por la voluntad de recuperación. Son países dispuestos a trabajar aceleradamente en la capacitación de su gente, en la elevación del nivel de sus universidades y centros de investigación, en la promoción de iniciativas productivas. Son países que lejos de provocar la fuga de su mejor capital, creen en el talento de su gente y alientan su desarrollo.

 

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