EL ATRASO DE LA CLASE POLÍTICA

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Ya no nos inspiran ni nos guían. No comprenden los anhelos y aspiraciones de la población, los estilos de vida, las motivaciones y las formas de ser de la generación del milenio, y ni siquiera de las generaciones anteriores.

No entienden de economía, menos aún de la economía colaborativa y de los nuevos formatos de intercambio de productos y servicios a través de millares de plataformas electrónicas. La clase política anda a la zaga de la sociedad. No sólo en Venezuela sino en el mundo entero. Enfrentamos el desgaste y corrosión de los sistemas políticos y jurídicos incapaces de dar forma y respuesta a las necesidades y propósitos de la gente.

Hay momentos de la historia marcados por la inspiración política, períodos en los que los agentes políticos han sido los impulsores de la sociedad, los bueyes que tiran del pesado carruaje de la comunidad. Pensemos, por ejemplo, en la revolución americana. En la visión de avanzada y las mentes brillantes  de Thomas Jefferson, James Madison, George Washington, Alexander Hamilton, Benjamín Franklin o John Adams que moldearon el ideal libertario y democrático que latía informe en el espíritu de los tiempos.

O pensemos, para no ir muy lejos, en la generación del 28, en Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Andrés Eloy Blanco, Raúl Leoni, Miguel Otero Silva y todos aquellos políticos que impusieron un sueño sobre la Venezuela palúdica y aletargada de tiempos del gomecismo.

Una generación de líderes que despertó a la población y guio a Juan Bimba para convertirlo en el ciudadano democrático a tono con los avances culturales del siglo XX. Hoy, muy distinto, la clase política es un lastre que frena el desarrollo de la sociedad.

El vacío no está solamente en los políticos sino en la política como entramado para dar cuenta de los cambios, nuevas visiones y urgencias de la población. El quiebre de las ideologías ha dejado una retórica pública simplona y vacía que, incapaz de convocar la idea de progreso e impotente para llamar a la esperanza, acude a la queja, el miedo y el resentimiento como fórmula para movilizar a las masas. En el fondo, se ha roto el pacto social que los individuos firmaban con el Estado para el logro de la convivencia.

No sólo el Estado se ha mostrado incapacitado para cumplir con las funciones para las que fue creado, como el cuido de la soberanía, la libertad y la seguridad de los individuos, sino que su aparatoso crecimiento lo ha convertido en lo que Octavio Paz caracterizó como ogro filantrópico.

El Estado, territorio por excelencia de los políticos, es un mecanismo lerdo y pesado incapaz de seguirle el paso al movimiento mercurial de la gente. Lo vemos de mil maneras. Las ordenanzas municipales, las leyes y el ordenamiento jurídico en general, las organizaciones sindicales, no son capaces de seguirle el paso a la innovación tecnológica o a la proliferación de nuevas empresas producto de la creatividad humana. Mucho más pasa hoy en el mundo del arte, la literatura y los negocios que en el mundo político.

Y algo perverso fija la atención de los medios en el discurso de la voluntad de poder que nada tiene que ver con el instinto de creatividad que sigue moviendo a la humanidad.

 

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