LA PAZ TIENE SU PRECIO

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Después de 52 años de conflicto, más de 250.000 muertos y millones de desplazados, el gobierno de Juan Manuel Santos en Colombia, anunció un nuevo acuerdo de paz con la guerrilla tras un largo periodo de negociaciones en La Habana. Aunque aún queden algunos obstáculos para la iniciativa — el acuerdo tendrá que pasar por referéndum — parece ser probable que el acuerdo se llevará acabo. Esto representa una victoria importante para el gobierno de Santos, quien se la ha jugado con todo en búsqueda de lo mismo. ¿Pero es también una victoria para Colombia?

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Por largos años a lo largo del siglo XX, Colombia fue prácticamente un estado fallido y las FARC podían luchar contra su gobierno más o menos hasta un punto muerto. Pero la Colombia de hoy es diferente, es mucho más fuerte. Desde hace más que una década, la capacidad de las FARC para sobrevivir militarmente ha dependido de su capacidad para escapar a países vecinos, colocándolos fuera del alcance de las autoridades colombianas. Actualmente, con la llamada Marea Rosa desapareciendo a lo largo de la región, el plazo para que las FARC disfruten de tal santuario  luce cada vez menor, y sin ello serían abrumados. Así que muchos colombianos se preguntarán: ¿Tiene sentido una paz negociada hoy en lugar de una probable rendición de mañana?

Sea o no sea buen negocio, probablemente es inevitable y la paz va transformar a Colombia. Sin lugar a dudas la paz le traerá muchos beneficios a la hermana república. Los secuestros, asesinatos y grandes desplazamientos que durante mucho tiempo han sido la norma en ciertas zonas del país, serán menos frecuentes. Actualmente campeón regional en inversiones del extranjero, la economía colombiana probablemente se beneficiará aún más del resultante aumento de estabilidad y la necesidad de nuevos proyectos de infraestructura y desarrollo necesarios para el progreso de territorios previamente fuera del alcance del gobierno central.

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Pero la paz tiene su precio.

Al haber concedido en gran parte una amnistía para los culpables de los delitos del pasado, el actual gobierno colombiano ha establecido un precedente que hará poco para desincentivar posibles “revolucionarios” a futuro. Mientras que las FARC sin duda comenzaron como una organización ideológica, ya hace muchos años que ese movimiento Marxista fue corrompido por el narcotráfico (un fenomenito que bien conocemos por estos lares). Resultará difícil aislar los delitos políticos de los narcóticos, y la integración de tantos revolucionarios con poca o ninguna experiencia laboral fuera de narco-industria y el conflicto  armado, para la sociedad colombiana seguramente representara un gran reto, con efectos secundarios que resonarán más allá de sus fronteras.

Asimismo con este acuerdo, el gobierno le pide a muchos de sus ciudadanos que renuncien la justicia que bien se merecen por un bien mayor, un antiguo dilema que para nosotros los venezolanos, con la transición política cada vez más cercana, tiene relevancia.

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Paradójicamente, gracias a la presencia de un enemigo existencial unificador, la política colombiana tradicionalmente ha logrado evitar la mayor parte de la polarización ideológica que marca su región. Los colombianos han logrado esquivar los peores efectos de los ciclos viciosos (auge y caída, socialista y nacionalista) que plagan a otros los países latinos. A diferencia de sus vecinos, durante el último siglo, Colombia jamás tuvo un gobierno revolucionario socialista, ni un golpe de Estado, y nunca han dejó de pagar a sus acreedores internacionales. Pero durante los últimos años, ha surgido una nueva polarización sin precedente en las instituciones políticas colombianas, incluyendo investigaciones politizadas, culebreo y todo lo demás que implica la polarización

Cuando Simón Bolívar expuso su visión de una gran unión de países sudamericanos, el Libertador predijo que Colombia sería su universidad. Hoy en día Colombia tendrá mucho que aprender y rápido.

 
Daniel Lansberg RodríguezDaniel Lansberg Rodríguez

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