LA UNASUR POPULISTA…
TIENE FECHA DE VENCIMIENTO

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Por debajo de los fines proclamados subyacían las ambiciones de Lula y Chávez por erigirse en los grandes líderes de la región.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) es uno de los varios organismos creados en lo que va del siglo XXI con el declamado objeto de favorecer la integración regional en el ámbito de América Latina y por iniciativa de los gobiernos populistas que predominaron en el área en buena parte del período.

La semana pasada, también, se convirtió en el primero de ellos en emitir señales de que su funcionalidad a esa clase de regímenes tiene fecha de vencimiento. Se avecina un debate entre sus miembros, probablemente acerca de su orientación futura, pero no debería descartarse que lo sea sobre su existencia misma.

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Tres de esos cuatro organismos fueron concebidos a fines de 2004. La Unasur fue la evolución de la idea original del entonces presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, de crear un consejo de defensa sudamericano. Los otros dos nacieron por iniciativas del líder de Venezuela, Hugo Chávez: la Alianza Bolivariana para América (Alba, después renombrada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y Petrocaribe. Por debajo de los fines proclamados subyacían las ambiciones de Lula y Chávez por erigirse en los grandes líderes de la región.

Después, en 2010, nacería la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), impulsada por un Chávez ya mucho mejor instalado en el escenario regional y con un propósito que generó un consenso bastante extendido aunque no mucho éxito: neutralizar la influencia de la Organización de Estados Americanos (OEA), que tradicionalmente ha sido sensible a la política de Estados Unidos para la región.

Los nuevos organismos resultaron políticamente bastante provechosos para el bloque populista, al que inmediatamente se sumaron los Kirchner en la Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua y Leonel Fernández en la República Dominicana, entre los que más duraron en los gobiernos de sus países. También otros líderes de administraciones fugaces, como Manuel Zelaya en Honduras y Fernando Lugo en Paraguay. Con mayor independencia, mantuvieron buenas relaciones con ellos los gobiernos de Lula y Dilma Rousseff en Brasil, y los de Tabaré Vázquez y –especialmente– José Mujica en Uruguay.

Pero si a varios de ellos les sumó algo en materia de liderazgo político, al mismo tiempo les resultó en general desventajoso a sus países en el terreno económico.

Desde hace al menos diez años la oposición venezolana acusaba a Chávez de haber financiado su prestigio con petróleo barato o gratuito. Ya en diciembre de 2006, dos días después de que el comandante fuera reelegido por segunda vez consecutiva, me lo advirtió Teodoro Petkoff en Caracas: “Con la gorda chequera que carga, Chávez proseguirá tratando de erigirse en el líder de la región. Varios gobiernos están interesados en relacionarse con Chávez, lo aprovechan y le sacan la plata que pueden.”

En ese contexto nació y creció la Unasur, cuyo primer secretario general fue el expresidente argentino Néstor Kirchner, que murió el 27 de octubre de 2010, menos de seis meses después de haber asumido y cinco meses antes de que el organismo entrara en plena vigencia y cobrara vida jurídica con la ratificación parlamentaria de su adhesión por parte de Uruguay.

A Kirchner lo sucedieron la colombiana María Emma Mejía (2011-12), quien había sido ministra de Educación y canciller del presidente Ernesto Samper en los noventa; el venezolano Alí Rodríguez (2012-14), canciller y ministro de otras tres carteras, además de otros cargos, con Chávez, y finalmente el propio Samper.

Samper, un liberal que fue girando hacia la centroizquierda, presidió Colombia en 1994-98 y asumió la Secretaría General de la Unasur el 22 de agosto de 2014. Es señalado habitualmente como amigo de los gobiernos populistas de la región y especialmente del chavismo, aunque encabezó varios esfuerzos para promover un diálogo entre el oficialismo y la oposición venezolanos, y –tal como recordamos la semana pasada– en 2015 presionó públicamente a Caracas para que realizara las elecciones parlamentarias que el presidente Nicolás Maduro demoraba en convocar y que fueron ganadas holgadamente por la oposición el 6 de diciembre.

La gestión de Samper debió haber terminado ya pero el Consejo de Cancilleres de la Unasur acordó prorrogarla hasta el 31 de enero de 2017 “para asegurar un proceso tranquilo y efectivo con el fin de escoger su sucesor”, informó el propio Samper en un comunicado en el que aclaró que tomó “la decisión de no renovar su mandato”.

La Celac carece de un órgano ejecutivo. La Alba y Petrocaribe dependen demasiado de Venezuela.

La Unasur parece entonces el primero de esos organismos en condiciones de desembarazarse de la influencia del populismo.

La prórroga del mandato de Samper puede tener varias lecturas. Por un lado, aunque a esta altura parecen de resultado imposible, no están formalmente terminadas sus gestiones en procura de un diálogo entre el oficialismo y la oposición en Venezuela. Por otro, a la hora de definir la orientación de la Unasur seguramente sea mejor conocer cuál será el futuro político de Brasil y Venezuela. En el primer caso, ya el desenlace se produjo, con la destitución de Dilma Rousseff. En el segundo, el 31 de enero de 2017 se habrá develado si el chavismo ya dejó el gobierno –por las buenas o por las malas– o si se produjo el milagro de que aún siga agonizando en él.

Parece probable que el 31 de enero Samper sea sucedido por un dirigente de perfil más afín a la ideología que está pasando a predominar en el ámbito regional, más republicana en lo político y aperturista en lo económico, y nada más, o nada más que lo que eso significa. Al fin y al cabo, todos los organismos internacionales representan destinos bien pagos para funcionarios y exfuncionarios.

Sin embargo, no debe descartarse que el debate sobre el futuro de la Unasur sea más profundo y alcance a su propia existencia. La proliferación de organismos regionales, muchos de los cuales se superponen en sus objetivos y sus jurisdicciones, no ha resultado en una mayor integración efectiva y en una mejor calidad de vida para los ciudadanos de los respectivos países.

Al respecto, conviene no olvidar lo que me dijo hace casi dos años el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti: “Hemos agregado instituciones y ellas no necesariamente han expresado madurez. Por ejemplo: la Unasur, a mi juicio, no fue un avance, fue un retroceso, porque es imaginar a América Latina sin México, y eso, lejos de ser una apuesta de futuro, es un retroceso de visión. El hecho de que México tenga un tratado de libre comercialización con Estados Unidos no lo aleja culturalmente. México es una parte sustantiva de nuestra vida cultural, de nuestra manera de ver y pensar el mundo. Sin embargo, esa fue la dirección que se imprimió. Entonces, ha habido mucha expansión institucional, pero no necesariamente progreso”.

 
Alejandro J. LomutoNo photo

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