CAMBIO ¿Y LIBERTAD?

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-Rectificamos -dejó escapar Raúl con forzada serenidad- o se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio, y nos hundimos.

No fue ese un desahogo, un resoplido circunstancial provocado por la terquedad de las cifras, sino una reflexión largamente meditada y destinada a resumir la principal de las tareas que debía cumplir la revolución en el momento más dramático de su ya larga existencia. Puesta además entre dos opciones terminales: cambiar o sucumbir.

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Estaba por realizarse el VI Congreso del PCC que le proporcionaría el carácter de ley a los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución, nombre oficial de la reforma que, alentada por el hermano menor y sus aliados, se ha iniciado en Cuba, tras la derrota de los delfines de Fidel. Un gran vuelco.  Fidel ya no está al frente. Su tiempo se ha terminado.

Aunque la reforma eludió cuestionar el socialismo en forma expresa, su orientación hacia el mercado -ambigua, pero sin límites- fue desde el principio inequívoca. Las medidas postuladas, si bien de frágil consistencia, abren un camino sin retorno. El socialismo, el marxismo, la etapa heroica de Fidel, siguen dibujadas en el frontis de la revolución, pero cada vez más como viejo ornato despegado de la realidad que dice reflejar.

Si aún no se había formalizado su mando casi absoluto de gobierno, ejército, partido y economía, el VI Congreso le reconocería en forma tajante esa condición. Raúl había enviado una delegación de su confianza a China a estudiar el socialismo de mercado imaginado por Deng Xiaoping y Su Ronhi. No era hombre de teorías, no era un ideólogo, un orador de frases impactantes. Tiene un sentido práctico muy notable y estaba hastiado de la parálisis del proceso iniciado bajo la conducción de su impactante hermano.

Era como un fontanero para reparar las fallas de Fidel sin disputarle méritos ni dejar de ensalzarlo. Eso había llegado a ser con los años en el poder.

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Poco a poco se fue abriendo paso a empellones contra dogmas, prejuicios, frases aprendidas y cándida fe militante, que no le costó mucho pues nunca fue hombre de doctrinas. Raúl fue acercándose al pragmatismo absoluto del renovador líder chino, sintetizado en su célebre apotegma: que el gato sea blanco o pardo no importa, lo que importa es que cace ratones.

Lo primero fue desplazar el fidelismo como ideología. Facilitaba semejante tarea el cansancio de la militancia, incluido el del propio caudillo. No obstante armar el nuevo modelo lucía y luce complicado así no fuera imposible ¡Y vaya que las dificultades parecían insuperables!

No obstante, Raúl contaba con dos factores a su favor.

El primero, la normalización de relaciones con EEUU, ahora con Obama en la presidencia; y el segundo, la extendida sensación de que el embargo y la esperanza de derribar la dictadura revolucionaria ya no servían sino para consolidar el militarismo autocrático. La mesa estaba servida para el cambio, sobre todo después de la enfermedad del caudillo, quien desconsolado declarara a dos asombrados periodistas norteamericanos de la revista Atlantic que “el modelo cubano no le sirve ni a los cubanos”

¿Es realmente inaplazable el indicado viraje? ¿Cuba podría colapsar si no lo emprende cuanto antes?

Esas dos preguntas cruciales se insinuaron en el pasado. Fidel pagó el precio de colocar su revolución al servicio de la URSS para eludir o posponer las respuestas. De hecho durante 30 años se mantuvo a remolque de Moscú revelando así la magnitud del fracaso del modelo cubano, incapaz de sobrevivir por sí mismo. Sin embargo, la caída del Muro de Berlín y el subsecuente naufragio del campo socialista, dirigido por la URSS, hundieron a la Isla en el tenebroso Período Especial en Tiempos de Paz, un infierno de privaciones que obligó al caudillo a apoyarse en desesperadas medidas de mercado, concebidas como paso atrás para volver a la carga, una vez superada la emergencia.

Quien quiera resumir en una clave la magnitud de la distancia que con el tiempo separó a los dos hermanos, la respuesta la encontraría en el tipo de medidas de mercado que en su momento ambos adoptaron, presionados por la necesidad y adicionalmente porque la revolución no fue nunca acicate para el desarrollo y el mejoramiento de la calidad de vida de los cubanos.

Cuban President Raul Castro, left, shakes hands with U.S. President Barack Obama during a meeting in Revolution Palace, Monday, March 21, 2016. Brushing past profound differences, President Obama and President Castro sat down for a historic meeting, offering critical clues about whether Obama's sharp U-turn in policy will be fully reciprocated. (AP Photo/Ismael Francisco)

Para Fidel, ir al mercado fue una decisión táctica, provisional, un momento de “retroceso” con el fin de tomar tierra en el infructuoso regreso a las viejas andadas. Para Raúl, el mercado no era asunto táctico sino estratégico, parte integrante del socialismo, conforme al ejemplo de la China post maoísta. En rigor, China ha crecido impetuosamente asumiendo el capitalismo de hecho, no de palabra, incluso el de connotaciones salvajes. Socialismo y mercado son antagónicos. Socialismo “de” mercado es una falacia a conciencia diseñada por el pos maoísmo y tal vez –como se verá- por el pos fidelismo.

EL CALVARIO

Para un hombre casado con la jefatura, líder indiscutido desde el asalto al Cuartel Moncada en 1953, ser desplazado del mando, como ocurrió en 2012, no era concebible mientras conservara su aliento de caudillo. Solo la muerte o un ya extremadamente difícil derrocamiento armado, podía dar espacio a algún sucesor. Por eso tuvo que resultarle trágico avistar el fin de su liderazgo y de sus ideas y sueños. Que su hermano menor ocupara el solio fue más amargo que dulce. Entre los dos se tejió una relación más paterno-filial que fraternal. La devoción de Raúl por Fidel permaneció intacta muy a pesar de la distancia que comenzó a separarlos. Por eso no dejó de ser irónico que el viraje, cada vez más sorprendente de la política del nuevo jefe, pareciera no afectar el afecto que creía deberle, pese a que decretaba la muerte del fidelismo como praxis e ideología.

No es posible inducir un cambio desde la ortodoxia leninista (rodeada de fijaciones ideológicas) hacia el predominio del mercado, sin remover a los dirigentes que controlaron el partido, en general adictos al fidelismo y fanáticos de Fidel. El caudillo había construido una administración paralela dependiente de él y configurada por jefes nuevos emanados de la Juventud Comunista y del Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe (GCACJ) De allí emanaron hombres como Carlos Lage y Pérez Roque, quienes según muchos, serían los verdaderos sucesores de Fidel.

Raúl a su vez acumulaba poder, controlando las empresas militares agrupadas en GAESA y fundiendo los ministerios del interior y defensa, después de la caída de su rival José Abrantes. Al colocar al frente del Ministerio a Abelardo Colomé, reunificó bajo su directa influencia los dos más poderosos Ministerios, el de Defensa y el del Interior. Ninguno de los delfines de Fidel, con su vicaria ostentación dirigente, podría,como en efecto ocurrió,contra el silencioso Raúl. Los delfines fueron puestos de lado y el hermano menor, con sus aliados directos, se impuso sin disputa en el mando.

Me gustaría dramatizar libremente, para mejor comprender, el momento en que el cambio de jefatura se hizo visible, público, ostentoso.

  • Dalia lo condujo amorosamente a la mesa del comedor. Apenas un saludo inaudible, un gesto impreciso a los familiares que lo acompañaban a sobrellevar el silencioso desayuno. Dalia lo conocía muy bien. ¡Tres décadas conviviendo con aquel personaje rutilante! Ella era, tal vez, la única capaz de interpretar sus silencios, interrumpidos con cada vez menos frecuentes arrebatos de optimismo. Luces de luciérnaga despertarían en su ánimo destellos chispeantes, dejando asomar pedazos del oculto río de sus pensamientos. Nadie mejor que ella lo había seguido en su biológica declinación. No era la vejez. Era demasiado asertivo como para dejarse dominar por la melancolía natural de los años. Era la sensación de que la obra de toda su vida estaba por desvanecerse.
  • En la sala lo esperaban sus edecanes el personal de seguridad que lo acompañaría ese día. Tenían horas sin manifestar cansancio o aburrimiento, hasta que el comandante llenó el umbral de la puerta. Los militares chocaron los tacones y se llevaron enérgicamente la mano a la visera, los civiles se dieron a tributarle una ruidosa salutación.
  • Razones de seguridad recomendaban que nadie supiera de antemano cual sería “la máquina” que llevaría al líder máximo. Una pequeña multitud aguardaba ansiosa la llegada del mito. Lo condujeron al vehículo asignado. Pronto la tropilla se puso en marcha. Los semáforos en verde, las bocacalles protegidas, francotiradores en lo alto de los edificios. La vía estaba libre y segura.
  • La llegada del caudillo al Congreso despertó un entusiasmo algo más vivo que lo usual. Fidel captó el aire de culpa en el salón. Era su última carrera. Los nutridos aplausos continuaron mientras caminaba lentamente hacia el proscenio. Llevado por dirigentes y edecanes subió los escalones con lentitud. Abrazó a su hermano, saludó al octogenario Machado Ventura, curiosamente encumbrado a pesar de su edad. Lo colocaron al lado de Raúl. La sesión transcurrió con los aburridos discursos de costumbre, pero no quedaba duda de adónde iba su obra. No habló, para satisfacción de los promotores del cambio. Una intemperancia suya podría desordenar algo el clima reformista, ya hecho carne en el partido.
  • Se somete a votación el informe del compañero Raúl, propone, solemne, el director de debates. Lo aprueban por aclamación. Fidel levantó lentamente también la mano aprobatoria. Se somete a votación la postulación del compañero Raúl Castro a la presidencia del Consejo de Estado. Otra vez la tormentosa aclamación. Fidel alza la mano en silencio. Todo había concluido.

No obstante, con el timón en la mano, Raúl tendría que protagonizar un cambio tan profundo que pondría a prueba sus condiciones y su liderazgo. Trabajó sin descanso en los preparativos del VI Congreso. Las interrogantes elementales eran de dónde provendría la masiva inversión foránea que se necesitaba con urgencia, y cómo soportar la terapia de choque destinada a rebajar radicalmente el empleo redundante y el gasto social (comedores populares, tarjeta de abastecimiento, salud, educación y deportes) si la economía, brutalmente estatizada y centralizada, no respiraba ya.

El programa de ajustes debía actuar por el lado de la demanda y por el lado de la oferta. La primera, excesiva, la segunda, sumamente precaria. Y sin darle prioridad ¡ni soñar con préstamos provenientes de organismos multilaterales o de Gobiernos que dispusieran de ingresos redundantes!

EL REGRESO DE BRUJOS

El salario medio de los cubanos está muy por debajo de un dólar diario, medida que suele usarse para determinar la pobreza de los países. La de la Isla sería terminal, y de allí esos complementos del salario que han sido los comedores laborales, donde diariamente acuden millones de trabajadores. Reciben comida subsidiada en 80%, la tarjeta de abastecimiento, subsidiada igualmente en el mismo porcentaje y sin la cual todos deambularían en la extrema miseria. La medicina socializada y la educación gratuita, se llevan alrededor del 50% del presupuesto.

Ese ingreso “indirecto” complementaría el precario salario formal a fin de proveer una pobreza general más o menos soportable. Pero el duro ajuste postulado por Raúl incluye, además del despido de más de un millón de empleados públicos en dos o tres años, la eliminación de los comedores (decisión que arrancó en cuatro ministerios) y la gradual desaparición de la tarjeta, proceso ya iniciado al punto de calcularse que los bienes que incluye, se reducen en cantidad y calidad, de modo que no alcanzan sino para unos quince días.

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Por sus dimensiones, considero que se trata de un sacrificio sin precedentes. Deja muy atrás los criticados “paquetes” de políticas neoliberales. Por cierto, son medidas inevitables si se quiere construir una economía productiva y competitiva, capaz de sostenerse por sí misma y de mantener un crecimiento continuo sin inflación y con niveles de vida crecientes para todos. Pero en lo inmediato su magnitud depende de las hondas deformaciones derivadas de políticas paternalistas acumuladas durante largos años.

En síntesis, se trata de forjar una economía que apunte al mercado, y se abra a la inversión en el marco de reglas atractivas. Tratar de lograrlo es el propósito actual de la reforma raulista, pero sus escasos avances provienen de los grandes temas que deja por fuera, a saber: poder judicial imparcial y no sumiso a gobiernos autocráticos; apertura política con libertad de medios; y respeto a los derechos humanos.

Semejante callejón sin salida condujo a las negociaciones con EEUU y simultáneamente con la Unión Europea. Se presume que no habrá rápidos avances si no comienza la apertura política, y se sabe que las inversiones tienen plazos ineludibles de maduración. Sin embargo, el avance en la normalización de relaciones con EEUU ha sido muy importante. Los logros en los más diversos campos hacen pensar en su irreversibilidad.

¿Cómo armonizar el notable acercamiento a EEUU con la relación tradicional con Venezuela, declarada enemiga de la potencia norteña?

“Con maña todo se puede” dijo alguna vez el Libertador Bolívar. Las negociaciones, como se sabe, se acompañan de protocolos secretos. EEUU tolera la amistad cubano-madurista sin dejar de presionar para que Venezuela se reconcilie con la democracia y se abra a un diálogo real con la oposición. Cuba, respalda a Maduro pero no lo acompaña en sus desangeladas denuncias sobre invasión gringa, rociada de golpes de estado, guerra económica, magnicidio y demás zarandajas,

Castro no puede esperar por años de maduración de prometidas inversiones porque su drama es el día a día. Aún con la economía venezolana en ruinas, Maduro todavía puede proveer la mitad o menos del petróleo que le entregaba a Cuba, así como suministrarle divisas para el pago de servicios humanos básicamente prescindibles.

En síntesis, en el mediano plazo la alianza con EEUU tomará el rango de principal, pero en el corto plazo, Maduro todavía tiene algo que dar. El futuro de Raúl está en el norte, el presente –si bien precario- en Venezuela.

Son muchos los acuerdos tejidos con el castrismo a lo largo de años, incluidos los de orden militar y de inteligencia, sin excluir los relacionados con educación ideologizada y la salud. Desarticular esa madeja se tomará su tiempo, pero Raúl Castro ha sabido moverse en los dos tableros y Barak Obama también.

Pero sigue pendiente la asignatura de derechos humanos y democracia, que Raúl pospone o no sabe o no puede abordar. Puede ser rebasado por el deseo cubano de cambios democráticos y de atención alimentaria. A su avanzada edad, los viejos prejuicios pueden paralizarlo.

El caso es que la carrera sigue, ya nadie detendrá la carrera de los cubanos hacia un nuevo horizonte. Es un caballo arisco. Raúl puede caerse de la montura o simplemente dar paso a lo inevitable.

 

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