EL PRECIO DE LA DIGNIDAD

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La revolución es un ejercicio continuado de cinismo. Basta observar las andanzas del pundonor y la noción de dignidad en Venezuela. Durante más de tres lustros, el argumento más usado para explicar la popularidad de Hugo Chávez fue que él le había devuelto la dignidad al pueblo venezolano, que les había dado nombre a los marginados perdidos en la chácena oscura del anonimato, que había sacado del foso a los tierrúos.

Se hablaba de “visibilidad”, de “ganancia simbólica”, de “empoderamiento”. El Comandante, cierto es, había hecho de la dignidad su bandera y repetidamente se ufanaba de haber sido el valeroso adalid que, como caballero andante, había recobrado el honor del pueblo latinoamericano. Estribillo y reiteración de Fidel Castro, sus discursos eran un calco de los de la revolución cubana. La dignidad era el mismo significante vacío.

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Hoy no hay más que ver a millones de venezolanos mendigando bolsas de comida de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción, mejor conocidos como CLAP, a los presos políticos denigrados, aislados y torturados y a la mayor parte de país implorando respeto por sus derechos políticos, para preguntarnos ¿qué hizo la revolución con la dignidad del pueblo venezolano?

Kant plantea la incompatibilidad entre el precio y la dignidad. Para el filósofo alemán, las cosas que pueden ser sustituidas por algo similar o equivalente tienen precio, mientras que aquello que no puede ser tasado y no acepta homólogos tiene dignidad. Chávez, sin embargo, sustituyó la dignidad que tanto mentaba con el precio del barril de petróleo y puso a toda la población venezolana a mendigar por los beneficios que ese petróleo brindaba.

Y como dice el refrán castellano, “quien de mano ajena come el pan, come a la hora que se lo dan”. Disfrazando su falso altruismo bajo el nombre de misiones o programas sociales, la revolución fue un inmenso y fraudulento aparato diseñado para acabar con la dignidad del pueblo y dominarlo. Al diluir la propiedad privada y abultar el tamaño del Estado hasta dimensiones demenciales, al imponer el Estado por encima del individuo, el chavismo perfeccionó los mecanismos de dependencia y sometió a la sociedad en la que hoy malvivimos.

Como señala Javier Gomá, “podría definirse la dignidad precisamente como aquello inexpropiable que hace al individuo resistente a todo, incluso al interés general y al bien común: el principio con el que nos oponemos a la razón de Estado, protegemos a las minorías frente a la tiranía de la mayoría y negamos al utilitarismo su ley de la felicidad del mayor número.”

La inmensa concentración del 1S da cuenta de una sociedad que se levanta de sus cenizas y está decidida a cambiar. Pero no hay posibilidades de transformación sin un cambio en el discurso público. Y se me hace que un paso indispensable para recuperar la libertad es sacar de la retórica política el discurso de la dignidad y el orgullo, sustituirlo por el de la sana delimitación entre lo público y lo privado. La dignidad y el respeto son también valores cardinales de la psicología del malandro que en su manera de entender lo eleva por encima de toda norma.

 

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