DEL NOBEL

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Por una curiosa convención universal, el premio más reconocido y anhelado es, en cualquiera de sus menciones, el Nobel. No será siempre justo, sobre todo cuando se refiere al relacionado con la paz, pero no por eso deja indiferente a nadie.

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En un siglo más marcado por la guerra, virtual o real, como el que comenzó hace apenas 16 años, lo que sea “una paz honorable” será siempre discutible. Durante el siglo XX se escenificaron los dos conflictos planetarios más destructivos de la Historia, escoltados por salvajes conflictos armados de menor alcance. Pero todo pareció culminar en forma auspiciosa después de la caída del Muro de Berlín, la muerte de la despiadada lógica nuclear llamada de la “Mutua destrucción asegurada”, el fin de la bipolaridad EEUU-URSS y, encima de todo, la humanización del derecho internacional y la imparable expansión de la defensa de los derechos humanos, que vinieron a relativizar, durante la Guerra Fría, los principios universales de la No Intervención y respeto a la autodeterminación de las naciones. No los eliminó, por supuesto, ni podía hacerlo sin condenarnos a ser de nuevo un mundo colonizado, pero proscribió su maliciosa utilización para legitimar la más brutal opresión de pueblos por sus respectivos tiranos. Amparados en nobles principios, denunciaban con histérica vehemencia las críticas mundiales a las asquerosas tropelías que su natural dictatorial les empujaba a cometer.

En el siglo XXI, por desgracia, se atiza el fuego de la guerra como arma extrema de fanáticos fundamentalistas, ya no en nombre de la raza pero sí de la religión y del nacionalismo, agresivamente entremezclados. Considerar enemigos jurados a quienes profesen otras religiones o sustenten ideas basadas en la tolerancia y el respeto a quienes piensen distinto, es el combustible que alimenta los renovados conflictos que se reproducen en los  recientes años. Se dice que Huntington lo había predicho, cuando habló de la guerra de civilizaciones o religiones, pero resulta fácil rebatirlo si recordamos que los fanáticos son reducidas minorías, abominadas por la inmensa mayoría del Islam. Y de la liberación nacional con las armas en la mano, teoría de la que se apropió el fundamentalismo ideológico, debe distinguirse entre las justas guerras por la independencia  y el dogma guerrero que rechaza lo que sea distinto a la pólvora. Esa teoría no fue creada por Marx y Lenin, sino por Brissot, Danton y otros líderes de la revolución francesa, y fue usada no para expandir la libertad y la igualdad sino para conquistar por la fuerza países enteros. Si no que lo digan Napoleón y otros que sin tener los méritos del célebre corso, fueron bestias sanguinarias, tales los cultores del leninismo, con Stalin al frente.

El presidente Juan Manuel Santos acaba de recibir el Premio Nobel de la Paz por su gran esfuerzo por llevar a las FARC a la mesa de negociaciones, pese a que solo menos de la mitad de los electores colombianos votaran por el SI en el plebiscito. El documento que concretó el acuerdo no convenció a la mayoría, la que, sin embargo, dejó en claro su respaldo a la paz negociada, sin varias de las concesiones otorgadas por los voceros del gobierno. No corresponde sino a los colombianos determinar cómo conciliar la aspiración de paz con las víctimas de 68 años de violencia. 68 y no 52, como se suele decir, pues en mi opinión el punto de partida fue el asesinato de Gaitán el 9 de abril de 1948 y no la fundación de las FARC en 1964.

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Pero en fin ¿merece ese premio el presidente Santos? Creo que lo merece y debe ser felicitado por eso. Pensemos que seis presidentes que lo antecedieron trabajaron tenazmente por la paz con las guerrillas, y especialmente con la mayor de ellas, las susodichas FARC. Pastrana fue el que más lejos llegó en sus concesiones, incluyendo la amplia zona de exclusión del Cajuán que si bien fue aprovechada por Marulanda para fortalecerse y lograr que se le reconociera como “parte beligerante”, despejó ante el mundo que aquella supuesta guerra de liberación no apelaba a las armas porque “la oligarquía le cerrara los canales democráticos” ni buscaba sinceramente la paz. Y no lo hacía porque durante aquella negociación Marulanda todavía creía –y no le faltaban razones- que dada su propia fortaleza en contraste con la debilidad relativa del ejército colombiano, estaba en condiciones de tomar el poder, como en Cuba y Nicaragua.

Y mientras las FARC creyera en semejante axioma sus negociaciones serían especiosas, oportunistas, falsas. Pero una vez que Uribe y Santos debilitaron militarmente a la gente de Marulanda, la mayoría del secretariado de las FARC perdió la fe en la victoria. Fue entonces –pensaría tal vez Santos- que la negociación de paz cobraría sentido en la medida en que  el otro graduara sus aspiraciones y se limitara a buscar lo posible:ni más ni menos que el retorno a la vida política legal sin armas empuñadas. En las guerras lo primero es sobrevivir, así sea renunciando al poder como ya antes había renunciado a la popularidad.

Eso se manifestó en algo más que un simple detalle: Marulanda se negó a aceptar la desmovilización y el desarme, mientras que Timochenko sí lo hizo. No me corresponde, más que a los colombianos que han sufrido por décadas esta tragedia, determinar cuán excesivas fueron las concesiones de Santos, pero avanzar hacia una paz ahora tangible es de histórica importancia. Si consolida una relación con Uribe y Pastrana  con un mejor acuerdo, Colombia unida cerraría con brillo una etapa oscura de su vida

 

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