El Pacto de Múnich
LA PAZ QUE LLEVO A LA GUERRA

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Por mediación del dictador italiano Benito Mussolini (y a iniciativa de Hermann Göring), el primer ministro británico (Arthur Neville Chamberlain) y su homólogo francés (Édouard Daladier) aprobaron la incorporación de los Sudetes (pertenecientes a Checoslovaquia) a Alemania. Ningún representante de Checoslovaquia estuvo presente.

Mucho se ha escrito sobre el camino que condujo a la II Guerra Mundial y sobre la humillación y enorme error de cálculo que supuso la vergonzosa venta de Checoslovaquia a la Alemania Nazi a cambio de una paz que apenas duró un año.

La reunión de Múnich de 1938 supone el culmen del apaciguamiento y, aún hoy en día, se sigue usando como sinónimo de claudicación ante regímenes brutales y se analiza sus fatales consecuencias.

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De Izquierda a derecho, Neville Chamberlain (Gran Bretaña), Edoard Daladier (Francia) y Adolf Hitler (Alemania)

La mayor parte de la responsabilidad sobre lo acontecido en Múnich recae en le PM británico Neville Chamberlain que, favorable a la opinión pública y la prensa británica de la época, propició en varios viajes la liquidación de Checoslovaquia en aras de una “paz para nuestro tiempo”.

Cuando Hitler anexionó la totalidad de Bohemia, Moravia y convirtió a Eslovaquia en un Estado vasallo vinieron las lamentaciones y las justificaciones.

Pero vamos por partes.

La opinión pública británica, la prensa y el Partido Conservador (salvo notables excepciones como Sir Winston Churchill) eran proclives a la política de apaciguamiento con el régimen nazi. El portavoz de semejante postura fue el elitista diario The Times que desde sus editoriales marcaba la política a seguir por la bancada conservadora.

Las motivaciones apaciguadoras del gobierno y de gran parte de la opinión pública británica se debían a varios factores. Por una parte, se había extendido la sensación de que Alemania había sido tratada de manera en exceso injusta en los tratados de Versalles y, por tanto, las políticas de Hitler para deshacerse del corsé impuesto tras la I Guerra Mundial eran vistas incluso con simpatía.

De hecho, Londres ayudó a romper el orden de posguerra al pactar con Alemania un acuerdo Naval en 1935 que iba diametralmente en contra de lo firmado en París. Mediante semejante acuerdo el Reino aceptaba el rearme naval germano por encima de las estipulaciones de Versalles, pero sin que superase el 35% de la potencia naval británica. Hitler no deseaba enemistarse con los británicos a quienes consideraban una rama de la raza aria y consideraba que las políticas navales de Tirpitz habían situado a UK en el bando contrario de la I Guerra Mundial, error que no estaba dispuesto a repetir.

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Hitler quería a Checoslovaquia porque tenía una de las mejores industrias de armamento del mundo.

A esto hay que sumar la sensación entre la opinión pública británica de que su participación en la I Guerra Mundial no había servido para nada.

La decadencia y dependencia de Inglaterra para con los EEUU mezclada con su tradicional aversión a los asuntos continentales aumentaron el deseo aislacionista de los británicos. Los horrores de la larga Gran Guerra habían reportado pocos réditos al Imperio y, aunque había un gran sector anti alemán en el Foreign Office para el que era evidente la necesidad de cortar el camino a un adversario directo, esa elitista visión no se trasladó al pueblo que fue movilizado y enviado a luchar (y a morir) a las trincheras a lo largo de la frontera francesa.

A mayores del miedo por la guerra que se había instalado en los corazones británicos, hay que sumar el hecho de que en los años 30 se había perfeccionado el armamento y, sobre todo, la aviación, arma que permitía a Alemania salvar la insularidad y trasladar la guerra a los hogares británicos.

Económicamente, la carrera armamentística necesaria para hacer frente al creciente poder alemán tampoco era muy popular en el mundo de las finanzas ni entre el público que podía ver sus impuestos incrementados en una época ya de por sí marcada por la carestía. Los créditos de guerra con la banca estadounidense y la creciente carga del Imperio, hicieron que el gabinete hiciese esfuerzos por reducir el presupuesto militar, algo sin duda excepcional en los años treinta.

Por estas razones, sin duda entre muchas otras, la opinión pública británica no era muy favorable a embarcarse en otra cruzada anti alemana. Por eso no se actuó con contundencia cuando Hitler comenzó a desmantelar paso a paso el Tratado de Versalles. Muchos ingleses no consideraban lesivo la introducción de un servicio militar obligatorio o la remilitarización de una región alemana: la Renania. Por eso se avinieron a pactar antes que a actuar. Los franceses que sentían un pánico enorme a entrar en guerra comenzaron a ir a la zaga de los británicos y a no actuar sin una garantía británica.

La anexión de Austria tampoco exacerbó los ánimos del gobierno británico, al fin y al cabo, uno de los puntos de Wilson plasmados en los Tratados de París venía a confirmar el principio de las nacionalidades para la configuración del nuevo mapa de Europa. Así que, aunque había una cláusula que prohibía específicamente la unión de Austria y Alemania (Anschluss), se permitió semejante movimiento.

Curiosamente era a Mussolini a quien más le inquietaba la idea de la desaparición del Estado tapón entre Alemania e Italia. La aquiescencia del Duce para a anexión fue largamente agradecida por Hitler que, aunque trató a su aliado como un subordinado, nunca abandonó personalmente a Mussolini.

La siguiente pieza en el puzle del Führer era Checoslovaquia.

Tras la anexión austriaca la situación Checoslovaca había empeorado sustancialmente al verse rodeado por el Reich y para Hitler era la “una lanza apuntando al corazón del Reich”. El camino para aniquilar el tratado de Versalles pasaba obligatoriamente por la destrucción de Checoslovaquia.

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En esta ocasión se apoyó en el partido de los alemanes de los Sudetes, comandado por el inefable Konrad Henlein, para crear inestabilidad en la región y así obligar al Reich a intervenir en defensa de sus “nacionales”. La cuestión era que, a diferencia de Renania y Austria, los Sudetes nunca habían sido un territorio alemán y su escarpada orografía otorgaba a Checoslovaquia una defensa formidable contra un posible ataque alemán, por lo que, desde su independencia, el ejército checoslovaco había invertido importantes sumas en su fortificación. Sin los Sudetes Checoslovaquia se encontraría indefensa.

Checoslovaquia resistió hasta el final, y es que su posición diplomática no parecía débil en absoluto. Tenía una alianza defensiva con Francia y con la URSS (siempre que Francia entrase en guerra). La debilidad francesa fue la perdición checoslovaca, puesto que Francia no pensaba dar un paso sin el apoyo británico, así que al final todo dependía de la Corte de Saint James.

Al final, la presión inglesa hizo que el presidente Benes se viera obligado a entregar los Sudetes en una reunión en la que ni siquiera estuvo presente. Chamberlain, primero en Berstersgaden y después en Múnich, había evitado una segunda contienda con Alemania y el precio había sido mandar a Checoslovaquia al matadero. Hitler le firmó un acuerdo de paz perpetua que no valía ni el papel en el que estaba impreso. Papel que Chamberlain aireó a su regreso a Londres bajo el orgulloso lema “Paz para nuestro tiempo”.

A principios de 1939 Hitler ocupó la totalidad del país, desgajó Eslovaquia y puso un gobierno títere en Bratislava.

La paz de la era Chamberlain no duró más allá de un año y muchos historiadores y analistas han caído en la trampa de la historiografía menos crítica con el Imperio Británico. El tremendo error de cálculo que supuso Múnich y la enorme vergüenza de vender a un país democrático como Checoslovaquia fue enmendado defendiendo que Gran Bretaña no estaba preparada para la guerra en 1938 y que Chamberlain había ganado un año crucial para preparar la RAF y ganar posteriormente la Batalla de Inglaterra. Pero si analizamos los datos con lupa como hicieron Peter Calvocoressi y Guy Wint llegamos a conclusiones bien distintas.

Ambos autores destacan que la tesis de que Chamberlain ganó tiempo para su país es tremendamente errónea, puesto que si Gran Bretaña y Francia hubieran ido a la guerra en 1938 la batalla de Inglaterra no se hubiera tenido que librar.

Puede que en 1938 Gran Bretaña no estuviera preparada para la guerra, ni Francia lo estuviera, pero tampoco lo estaba Alemania. De los países en liza los únicos preparados para la guerra eran los checoslovacos y las democracias occidentales desaprovecharon semejante as en la manga. Cualquier alianza que contase con Checoslovaquia contaba con un ejército muy bien preparado, tan bien preparado como el alemán en todas las ramas importantes (salvo en la capacidad movilizadora por mera cuestión de población).

Alemania podía igualar división por división a Checoslovaquia, pero ésta última la superaba en sectores tan importantes como artillería y carros de combate.

¡El que se arrodilla para conseguir la paz, se queda con la humillación y con la guerra! Churchill

¡El que se arrodilla para conseguir la paz,se queda con la humillación y con la guerra! Churchill

Las divisiones que en 1940 destruyeron al ejército francés no existían en 1938 y muchas de ellas se formaron gracias al material bélico sustraído a Checoslovaquia o gracias a la producción de la formidable fábrica Skoda. Incluso en septiembre de 1939 Hitler solo contaba con seis divisiones blindadas de las diez que acabaron con Francia y, de esas seis, cuatro tenían tanques checoslovacos.

Checoslovaquia era la sexta potencia industrial de Europa y tenía una de las mejores industrias de armamento del mundo, hacia 1939 producía más armamento que Inglaterra y Estados Unidos. Con la invasión de Checoslovaquia, Hitler asimiló esta formidable capacidad y todo el material bélico checo. Además, los planes de movilización checoslovacos eran excelentes y podían contener a los alemanes durante meses si los franceses hubieran tenido el honor de mantenerse fieles a su alianza.

Los militares alemanes eran conscientes de su debilidad y de la dificultad de tomar Praga en pocas semanas. De hecho, fue una suerte para Alemania tomar Checoslovaquia de forma política porque cuando los militares alemanes inspeccionaron las defensas checas se maravillaron ante la cadena de fortificaciones que llegaban hasta la misma Praga.

No sabemos lo que habría hecho Stalin, puesto que como se dijo, la intervención soviética estaba supeditada a un ataque previo de Francia. Pero lo que sí sabemos es que la URSS mandó bombarderos a Checoslovaquia y movilizó sus fuerzas al este de Polonia, a la vez que amenazó a Varsovia con no renovar el Tratado de Amistad Ruso-Polaco (que sería papel mojado en agosto de 1939). Lo que nos indica que sí existía en el Kremlin una cierta voluntad de ayuda a Checoslovaquia. Así, en el peor de los escenarios posibles para Hitler, Alemania podría verse envuelta en 1938 en una guerra en tres frentes.

De tales consideraciones militares se sostiene que la intervención de Hitler en Checoslovaquia estuvo sustentada en cálculos políticos y no militares. Desde una óptica militar, atacar Checoslovaquia con apoyo francés (aún sin apoyo británico) era una locura y hubo movimiento de sables para derribar a Hitler si tal tesitura se presentaba.

Para Francia, no actuar en 1938 fue un error fatal basado en unos pésimos cálculos militares.

Aunque su ejército no se había puesto al día en estrategia, en 1938 se encontraba frente a cinco divisiones alemanas mal armadas y fácilmente superables. Es peligroso aventurar qué hubiera pasado, pero difícilmente la actuación del ejército francés hubiera sido más decepcionante que en 1940.

El caso inglés era distinto ya que su ejército era “irrelevante tanto en 1938, como en 1940”, así pues, los británicos ponen el acento en que no podían hacer frente a una campaña de bombardeos en una fecha tan temprana como 1938. Lo que no tuvo en cuenta el Estado Mayor Imperial (Gran Bretaña) es que en 1938 los alemanes tampoco estaban en posición de llevar a cabo esos bombardeos, menos sin sus bases en Francia y Bélgica.

De verse obligada a luchar contra Checoslovaquia los bombarderos alemanes estarían ocupados en ese escenario. Pero, aunque aceptemos la tesis de que Chamberlain ganó un año crucial para Inglaterra, hay que estudiar sus datos de producción. No se aceleraron de forma significativa hasta 1939 y, si los británicos temían la derrota en 1938, tenían también razones para temerla en 1939 cuando sus defensas aún eran ineficaces. Gran Bretaña estaba desastrosamente mal equipada en 1938, pero no hubiera luchado con una mayor desventaja que en 1940.

Como dice Peter Calvocoressi, “evitar entrar en guerra en 1938 fue no solo un acto vergonzoso, sino también estúpido e inoportuno. La rendición de Múnich (…) aseguró la derrota de Francia y, lejos de dar tiempo al rearme, sometió a Gran Bretaña a una batalla que estuvo a punto de perder”.

Título original: Checoslovaquia 1938

Publicado en 2014 por David Alonso

 
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