Las Estatuas
CHÁVEZ EN MARGARITA

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Hemos ido perdiendo el arte de hacer plazas, iglesias y estatuas.

Como son artes que tienen que ver con lo urbano quizás la clave de estas tres mermas tenga que ver con la desacralización del espacio público. Lo que antes tenía un sentido religioso y político ahora es puramente funcional, recreativo en el mejor de los casos.

Las estatuas son las que están pasando más aceleradamente a la categoría de especies urbanas en extinción. Hasta las más recientes parecen tener expresiones de susto o excesivo pudor, como pidiendo perdón por usurpar un mismo espacio por demasiado tiempo.

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El escultor, como el arquitecto, vive en tiempos donde no hay conciencia de lugar, ni de heroicidad, ni dioses, ni dogmas, ni ágoras, ni mandamientos. Ya no tenemos creencias, sólo opiniones, y, cuando simulamos un fervor patriótico nos atascamos en disparatadas caricaturas.

Recuerdo el caso de la estatua de José Martí en Chacaíto. Si alguna secta decidiera socavar la imagen del héroe y poeta no hubiera logrado un efecto tan contundente e irremediable. Hasta donde le seguí la pista, la estatua carece de plaza. Está colocada, y quizás sea este el único acierto, sobre una isla. Un segundo error fue proporcionarle a un hombre que murió joven y en combate una especie de andadera que le otorga un aire senil. No contentos con esto, la escala de la estatua es levemente inferior al 1:1; cómo esos muebles imperceptiblemente más pequeños que utilizan en los apartamentos modelo para que luzcan más espaciosos y engatusar al comprador.

Véase también el caso del Bolívar que en 1988 se colocó en el Parque Vargas (no sé si continúa en el mismo lugar).  Una de las excusas para su desproporción es que debía tener 7 metros y el presupuesto lo achicó. Creo que el problema no fue de altura sino de concepto. Se quería hacer un Bolívar civil, no militar, y la idea se desarrolló con mucha inconsistencia. Bolívar está arropado por un manto como de plomo que le pesa hasta paralizarlo, al punto que la zancada que está dando parece ser el última. Este maltrecho tributo que se hizo en tiempos de Lusinchi a la civilidad de Bolívar, no estaba dedicado al Libertador, sino a levantar la imagen de los políticos civiles de finales del siglo XX, cuando la anti-política empezaba a agarrar cuerpo y las instituciones civiles iniciaban su agonía.

Guzmán Blanco entendió la magia del Bolívar ecuestre y pretendió perpetuarse con una estatua

En ésta aparece montado a caballo, vestido con casaca y saludando con tanta efusividad que lo llamaron “el saludante”. Los caraqueños también entendieron su propósito y fue lo primero que derribaron al final del guzmancismo. El saludante y otras de sus estatuas fueron despedazadas. Sólo se conservan dos pedazos, una mano y parte de un torso que aún deben estar en el Museo John Boulton.

Las primeras estatuas del dios Hermes eran pilares de unos dos metros apoyados sobre una base cuadrada; en el tope tenían una cabeza barbuda y en el frente un falo erecto.

Su propósito fundamental: orientar al viajero. A algunos les parecerá una expresión muy rudimentaria, a otros les recordará las obras de Marisol Escobar.

En su libro Mortales e Inmortales, Jean Pierre Vernant nos explica que el origen de las estatuas surge de la necesidad de “hacer visible lo invisible”, “darle en nuestro mundo lugar a entidades de otro mundo”, “inscribir lo ausente en lo presente”. Para Vernant los griegos al principio no manejaban el concepto de “imagen” sino el de “dobles”, formas que no se conciben como “apariencias” sino como “apariciones”. No son ilusiones, creaciones del pensamiento o imitaciones de una divinidad; son más bien presencias, sueños, fantasmas, talismanes.

Dada esta procedencia mágica, tenía más importancia el material que la forma, tanto, que la imagen suele estar cubierta, protegida. La fuerza de los primeros ídolos no radicaba en ser visto, sino al contrario, en estar ocultos, apartados del público, creando la expectativa de la aparición que ocurrirá en el momento oportuno del rito. Contemplar el objeto sagrado demasiado tiempo puede incluso enloquecerte.

Este ídolo oculto se va a convertir en estatua expuesta, en una imitación del Dios que no tiene en si misma valor sagrado.

El arte comenzará a independizarse de lo religioso.

Una vez que el ídolo pierde su sentido secreto, una vez que es expuesto y desnudado públicamente, necesita adquirir la significación y la estructura de una imagen, de algo que estará al descubierto y deberá ser bello. Comienza a relacionarse con el espacio y pasará de la esfera privada a la pública. Ya no es una entidad secreta con el privilegio de ser sin parecer, ahora depende de su apariencia para existir. Para Vernant, la presentación del ídolo en la ciudad, convertido en estatua de mármol, coincide con los nuevos templos volcados al exterior, cuyos frisos y ornamentos predominan en la fachada. El Dios tiene ahora residencia fija. “Lo divino se hace espectáculo”, permanente y localizado.

A la estatua ya no se le pide que opere en el mundo como una fuerza eficaz, más bien debe actuar en el ojo del espectador trasmitiendo algunas lecciones y muchas emociones. La estatua es una representación liberada del ritual y sometida al juicio de los ciudadanos.

Todos los monumentos de una ciudad ofrecen una valiosa lección, incluso los mutilados, los erradicados, o los adefesios impuestos por el poder más mezquino. Los monumentos agredidos y abandonados, como la estatua de Colón o la de María Lionza, nos obligan a confrontar el simplismo de nuestros barbarismos.

Algo escuché de una estatua de O’Higgins que estaban fundiendo en Haití y no dio tiempo de traer para la inauguración de una plaza. Decidieron colocar una versión en yeso que pintaron de color bronce. El gobernador debió acortar su discurso porque una lluvia pasajera le estaba dando al héroe aspecto de albino pecoso. Al final resultó una estatua velada, más que develada, y nadie sabe dónde se encuentra.

Comprender el sentido de la estatuaria en un mundo de descreídos es labor del artista. Redescubrir la relación entre la estatua, la plaza y la ciudad, es labor del arquitecto. Ambas son tareas muy cuesta arriba, o muy cuesta bajo. En esa pendiente suelen estrellarse los políticos que para perpetuarse utilizan imágenes de sus héroes. Quieren “inscribir lo ausente en lo presente”, y tanto se aferran a esta ausencia que la ridiculizan. Al que le gusten las estatuas que se haga una propia, como Guzmán Blanco, y que sus fracasos derriben la suya y no la de su predecesor.

Digo esto porque ahora tendremos una nueva estatua de Chávez en Margarita, y conociendo los antecedentes de experiencias similares, es razonable temer por su destino.

 
Federico VegasFederico Vegas

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