ANTÓN CHÉJOV: “ESCRIBIR, NO PREDICAR”

Desprecia la exageración romántica, y a ratos se adhiere al pacifismo rural de Tolstoi o al naturalismo activista de Zola, pero aún así el tratar de enmarcar a Chéjov en una sola corriente es tarea imposible…

 Kiko Méndez-Monasterio

… quizá esa soledad literaria haya contribuido a un menor reconocimiento de su obra. Junto a Guy de Maupassant y Borges, Antón Pavlovich Chéjov (1860-1904) es de los pocos escritores que ha logrado un alcance universal gracias casi exclusivamente a sus cuentos, aunque también escribiera novela y teatro.

Su familia, campesina y humilde, llegó a Moscú huyendo de las deudas de su padre, y durante un tiempo se sostuvieron sólo con el talento de Antón, que escribía relatos cómicos para las revistas. Ese escribir por necesidades económicas se transformó al poco tiempo en una necesidad distinta, que hasta le hizo aparcar su profesión médica para dedicarse por entero a sus personajes. “La medicina es mi esposa, la literatura mi amante” decía, y quizá por eso retrató la infidelidad en La dama del perrito, de una forma tan diferente -más amable, o al menos más inevitable- a como lo hiciera Tolstoi en Ana Karenina.

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Comparte con Oscar Wilde, en apariencia, su desprecio a las moralejas literarias, pretende escribir, no predicar. Si para el irlandés “no hay libros morales o inmorales, hay libros bien escritos o mal escritos”, para el ruso “el escritor tiene que liberarse del subjetivismo y saber que las malas pasiones son inherentes a la vida, lo mismo que las buenas. Para un químico no hay nada sucio en la tierra. El escritor debe ser igual de objetivo”. Sin embargo, es indudable que sus planteamientos narrativos obedecen a un criterio moral, una visión pesimista de nuestra naturaleza, que sabe describir muy bien una sociedad cansada -el anacrónico feudalismo ruso- junto a la confusión de un nuevo mundo burgués que empieza a vislumbrarse, pero que tampoco le convence. Hay en Chéjov, simplificando, algo de “reaccionario de izquierdas”, capaz de oponerse al viejo régimen y a la vez despreciar la vulgaridad de lo nuevo. En esto recuerda, un poco, a las películas de Woody Allen, y algunos de sus textos podrían encajar en esos guiones (e incluso se parecen sospechosamente), como cuando escribe que considera a la electricidad más beneficiosa para el hombre que la castidad, o como cuando habla de los psicólogos: “Un psicólogo no debiera dar la impresión de que entiende lo que nadie entiende. No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los imbéciles y los charlatanes creen comprenderlo todo.”

Descarnado y duro, pero a la vez capaz de inspirar dulzura y piedad, Chéjov se parece mucho al alma rusa, y la lectura de sus cuentos a principios del siglo pasado contribuyó a  una reformulación del género, que vive una nueva edad dorada con el modernismo y que se reivindica como una de las fórmulas mayores de expresión artística. Porque Chéjov, repudiando la literatura convertida en arma política, pretende reafirmar la condición de artista del escritor, mucho más allá de la de  “intelectual”.

“No soy un liberal, no soy un conservador, no soy un progresista, no soy un monje, no soy un indiferente. Me gustaría ser un artista libre, nada más, y me duele que Dios no me haya dado fuerzas para serlo.”

Su muerte

Enfermo de tisis desde muy joven, Chéjov siempre supo que no le daría tiempo a envejecer. Su mujer, la actriz Olga Knipper, recogió así en su diario la muerte del escritor:

“Llegó el doctor Schwörer, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich Chéjov, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: Me muero. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón tomo la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: hacía tiempo que no bebía champán. Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño…”

Era el dos de julio de 1904. Chéjov tenía 44 años.

Tomado de La Gaceta España

 

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