MADURO Y FUJIMORI

El economista venezolano Jesús Alexis González compara las “puestas en escena” del Maduro de nuestros días y el Fujimori de 1990 y 2000. Su relato comparativo es ciertamente impresionante. No es propiamente que exhume cosas inéditas. Es su inteligente manera de agrupar el material para la preparación de conclusiones que permitan despejar la tragedia que atormenta a los venezolanos bajo el crepitante gobierno de Nicolás Maduro. ”Despejar” acabo de afirmar. Es la premisa de la salida de este infierno, anhelada por la gran mayoría de los ciudadanos… o las víctimas, por mejor decir.

fujimori

La Carta Democrática Interamericana fue inspirada por la torcida manera como actuó el líder peruano contra las instituciones democráticas, a fin de asumir la condición de dictador. Confiaba, sin duda, en las bobaliconas respuestas del orden hemisférico a los graves problemas que debía afrontar. El tiro se concentraba como es natural en la cabeza del sistema: la OEA, que fue fundada en la IX Conferencia Interamericana celebrada en Bogotá en medio de los ardores desatados por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

Como bien recuerda Jesús Alexis, Fujimori disolvió el Congreso peruano en 1992 y de seguidas se apropió del Poder Judicial, una de cuyas partes orgánicas es el Ministerio Público. Lo simpático es la causa invocada para incurrir en tan salvaje atropello contra la Constitución. Dijo pura y simplemente que “no le permitían adoptar con rapidez las medidas urgentes para resolver la crisis peruana”. Maduro apela al mismo argumento aunque, como era de esperarse, lo está haciendo de manera más tosca. Tomó por asalto el TSJ días antes de instalarse la nueva Asamblea, la emanada del voto popular del 6 de diciembre de 2015, que le proporcionó a la MUD las dos terceras partes del cuerpo legislativo.

Los asaltantes no llenaban los requisitos para ser electos, aparte de que en su mayoría son funcionarios del gobierno y militantes del PSUV. Y a partir de ese momento, revueltos en un solo haz, los desvergonzados magistrados y la cúpula del poder han dictado sentencia tras sentencia para “disolver” el Poder Legislativo más representativo y valiente de las últimas décadas. Dándoselas de sutil, el presidente desliza que la AN se está auto-disolviendo. Por cierto, tratando de imitar hasta en esas tonterías a su mentor, le ha dado por cambiar el sentido de conceptos aceptados por lingüistas y psicólogos tan mundialmente reconocidos como el suizo Jean Piaget. Me refiero –y permítanme la digresión- al vocablo “adolescencia”, que a Maduro “no le suena” por considerarlo denigratorio contra los jóvenes, pero que un sabio como Piaget  identifica como la fase en la que el pensamiento evoluciona de lo concreto-infantil a lo conceptual-adulto.

Los asesores del régimen alimentan la práctica de arremeter contra los DDHH, echar la Constitución a la basura y perseguir pobladores, estudiantes, diputados, periodistas y dirigentes cívicos combinándolo todo con el escarnio de los perseguidos.

Piensan irrisoriamente que insultando y difamando a sus víctimas las destruirán moralmente y debilitarán su capacidad de respuesta. La única diferencia entre Fujimori y Maduro consistió en que mientras “el chino” promovió un plebiscito destinado a “legalizar” aquella vagabundería que lamentablemente el pueblo respaldó, Nicolás y los suyos le han cogido pánico al pueblo, a las consultas electorales, porque temen con razón que las perderían todas. Como abominan de la democracia y la libertad de conciencia, se valen de la fuerza para evitar que la gente vote. Pero el pueblo quiere y necesita decidir, razón por la cual irá al referendum revocatorio y a las elecciones para gobernadores de estado. Irá a pecho descubierto, sin miedo. Lo demostró el 6 de diciembre. Lo volvió a demostrar con el fabuloso firmazo que desbordó con creces el 1%. Lo ratificó de manera impresionante el 1 de septiembre del presente año. Y batirá todas sus marcas en la movilización de millones de juramentados con el cambio que se desplegarán por el territorio nacional los días 26, 27 y 28 de los corrientes.

Con todo, Fujimori gozaba de popularidad y no obstante su descaro despertó a la OEA al punto de ser obligado por ésta a repetir las elecciones que lo sacaron del poder. Hoy está en prisión, pero no por someterse al organismo hemisférico, sino porque con posterioridad salieron a la luz asuntos infectos que lo condenaron. Para evitar la repetición de semejante perversión antidemocrática, la Asamblea General de la OEA aprobó la Carta Democrática Interamericana en septiembre de 2001 en el octavo período de sesiones celebradas –y no por casualidad- en Lima. Es, como bien afirma en su obra “La Cláusula Democrática” el internacionalista Emilio Nouel:

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  • En ella se contempla un procedimiento para dar respuesta expedita y colectiva a situaciones de hecho que tengan lugar en contravención de la institucionalidad democrática en cualquiera de los países miembros de la OEA

Aunque de los labios de Maduro no se cae la palabra pueblo, la verdad es que perdió el asidero social. Nadie nunca fue tan impopular, ni tan rechazado. Si tuviera principios, si creyera que en el soberano está la solución, se habría sometido valientemente a su dictamen, aprovechando el RR.

Perder no es trágico en esa democracia que escarnece. Si bien repite la política errónea que le entregó su caudillo, se diferencia en el terror que tiene a “contarse”. Chávez se jactaba de lo que Maduro denigra. Y en cuanto a la CDI, calificada por él como instrumento del imperio, tendría que recordar que el presidente venezolano que ordenó firmarla fue el jefe eterno cuya memoria jura tan curiosamente respetar.

 

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