UNA DIFÍCIL RESPUESTA

Para un trabajo académico que realizan, dos estudiantes de arquitectura en la Universidad José Antonio Páez me hicieron una entrevista. El tema era el Bulevar de la Avenida Bolívar en el centro de la ciudad, y su pregunta más concreta era “¿por qué esa zona no funciona como un bulevar sino como una simple vía de paso peatonal, donde la gente no permanece y disfruta del espacio urbano que se le ofrece?”. ¡Vaya pregunta!

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Empecemos por revisar la historia, esa que nos cuenta lo que era el centro de Valencia de las primeras décadas del siglo pasado: Un vecindario amable, donde vivían familias que se conocían mutuamente, se relacionaban entre sí y se ayudaban unos a otros. Sin faltar, como en todo pueblo grande, los chismes y habladurías.

Por aquellos años, ya Venezuela era un polo de atracción para la inmigración: gentes provenientes de todas partes comenzaron por adquirir las viejas casonas, cuyos propietarios vendían aliviados, en su afán de mudar sus residencias hacia las zonas más frescas y menos pobladas al norte. Las viejas casonas, construidas durante la época colonial, sufrieron modificaciones en su distribución interior y en sus fachadas, para ser convertidas en establecimientos comerciales. Las familias de los afanosos comerciantes vivían en la parte posterior. Así fueron desapareciendo patios, ventanas con rejas, y zaguanes.

El traslado del Concejo Municipal a la urbanización “Lomas del Este” y luego a un edificio no diseñado para tal fin en la Zona Industrial, quitó a los valencianos un motivo para acudir al centro histórico. Posteriormente vendrían los traslados de los tribunales desde el edificio adosado a la Catedral al “Palacio de Justicia”, eternamente inconcluso; de la Asamblea Legislativa desde el Capitolio, que compartía con la Gobernación, a otro edificio ¿o adefesio igual al de la Alcaldía? en la misma Zona Industrial y vecino al municipal. Dichos traslados le quitarían a la población nuevos motivos para acudir al centro. Poco a poco el centro se fue quedando solo…

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La construcción de centros comerciales en la zona norte fue el golpe final. Ya los valencianos residenciados en las urbanizaciones del norte no tendrían que acudir al viejo casco histórico, y los pocos comercios que fueron quedando languidecían por falta de clientela. Una vida artificial se fue creando en el sector, que se quedaba solo y deshabitado al atardecer, para revivir a la mañana siguiente gracias a otro fenómeno social: la actividad del llamado eufemísticamente “comercio informal”, que fue proliferando gracias al deterioro de la economía en los últimos años de la era democrática, y que se incrementó exponencialmente con el llamado “socialismo del siglo 21”. Las industrias redujeron al mínimo su personal, la construcción decayó, el desempleo aumentó de forma alarmante. Los nuevos desempleados se dedicaron a la buhonería, a cuyos tenderetes acudieron masivamente los habitantes de la zona sur de Valencia, de menores recursos económicos. El casco histórico se convirtió en su gran centro comercial. Pero igualmente se quedaba solitario al atardecer, para renovar su febril actividad al día siguiente.

El golpe de gracia se lo ha dado la administración municipal del actual Alcalde, al expulsar a los buhoneros del centro, en lugar de organizarlos y dotarlos de espacios apropiados, sin que obstruyan el paso de vehículos y peatones, y sin contaminar el entorno con sus improvisados tarantines.

El centro de Valencia se ha quedado sin gente; y sin gente no hay vida.

 

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